Javier dice adiós a su bar de Puente la Reina después de 50 años: “Me da pena, pero he hecho mi ciclo”
Javier Ayerra Echarte tenía 15 años cuando empezó a trabajar detrás de una barra. Ahora cumple 65 y este domingo, 4 de octubre, servirá por última vez en el bar Aloa de Puente la Reina, una localidad situada apenas a 15 minutos de Pamplona en dirección a Estella.
Será el final de 50 años de trabajo y, de momento, también supondrá el cierre de este conocido negocio familiar de comida casera situado en el número 53 de la calle Mayor. Medio siglo en el que Javier ha visto cambiar el pueblo, la hostelería y, especialmente, el Camino de Santiago.
“Me da pena. Yo he hecho el ciclo. Más no puedo estar”, reconoce Javier pocos días antes de bajar la persiana. Su despedida llega, además, después de haber recibido dos homenajes en apenas unos meses por su estrecha relación con Puente la Reina.
Una historia familiar que comenzó en 1976
El origen del Aloa está en la propia familia. Antonio, hermano de Javier, y su tío Alfonso compraron el negocio en 1976. Posteriormente, Javier adquirió la parte de su tío y los dos hermanos continuaron juntos al frente del establecimiento.
“Nos quedamos los dos hermanos con el bar”, recuerda. En 1990 acometieron una importante reforma y levantaron prácticamente un nuevo establecimiento para seguir adelante con el negocio.
Javier ha permanecido allí desde los 15 hasta los 65 años, con la única interrupción del servicio militar. Su hermano Antonio, actualmente con 74 años, continuó trabajando hasta los 70 y después se retiró.
Los números permiten entender mejor lo que ha supuesto aquella vida detrás de la barra. Durante 20 años, Javier solamente cerró el bar tres días al año. “Dos bodas de mis hermanos mayores y un día por el funeral de mi abuela”, recuerda sobre aquellas tres únicas jornadas en las que echó la persiana.
Después de la reforma comenzaron a cerrar un día a la semana. Parecía un cambio enorme después de tantos años sin descanso, aunque Javier matiza rápidamente qué significaba realmente aquel lunes libre. “Había que limpiar el bar, sacar la basura, ir de compras... Es dedicación plena por el negocio y para el negocio”, explica.
Sus tres hijos no quieren continuar con el Aloa
Ahora ha llegado el momento de parar. Javier tiene tres hijos, pero ninguno tomará el relevo detrás de la barra. Él entiende perfectamente la decisión.
“Como han visto cómo he vivido yo, no quiere ninguno pasar lo que he pasado yo”, señala. Habla de jornadas que podían alcanzar las 15 horas y de décadas en las que el negocio prácticamente marcaba cada minuto de su vida.
Por eso, aunque admite que siente pena, tiene clara la decisión. “Creo que he hecho un ciclo de 50 años y creo que he cumplido con el pueblo, con todos los peregrinos que han venido, con todo. Yo he cumplido”.
El establecimiento cerrará de momento. Javier ha valorado la posibilidad de encontrar a alguien interesado en continuar con el Aloa, pero por ahora no existe relevo. “Hemos estado mirando esto y lo otro, pero bueno, no. De momento cierro. No sé si más adelante habrá algún interesado”, explica.
La reacción entre los clientes habituales se repite estos días. “Da mucha pena, es un bar del pueblo, qué vamos a hacer ahora”, le comentan. Javier responde siempre de una manera parecida: “Yo el ciclo lo he acabado. He estado 50 años. Yo más de mí ya no puedo dar”.
Cuando los peregrinos llegaban sin tener dónde dormir
En medio siglo detrás de la barra, Javier también ha sido testigo privilegiado de la transformación del Camino de Santiago a su paso por Puente la Reina. Y sus recuerdos de aquellos primeros peregrinos poco tienen que ver con la realidad actual.
Hubo una época en la que en la localidad no había la oferta de albergues y hoteles que existe actualmente. Muchos caminantes, buena parte de ellos extranjeros, aparecían por la noche sin saber dónde dormir o incluso dónde cenar.
Javier recuerda cómo llegaban al Aloa alrededor de las nueve de la noche y él trataba de darles algo caliente con lo que hubiera quedado en la cocina. A veces era un caldo, una sopa o poco más.
No se trataba únicamente de alimentarles. En algunas ocasiones, ante la falta de alojamiento, Javier los llevaba personalmente en su coche hasta Estella, donde podían encontrar algún albergue u hotel.
Eran otros tiempos. Hoy, explica, este tipo de situaciones se canalizan a través de la Guardia Civil o la Policía Foral, pero entonces apenas había recursos y él terminaba haciéndose cargo de aquellos peregrinos prácticamente por solidaridad.
Ese recuerdo explica buena parte de una frase que repite ahora que llega la jubilación: “He cumplido con todos los peregrinos que han venido”.
Dos homenajes antes de su jubilación
Puente la Reina ya ha comenzado a despedirse de Javier antes incluso de que llegue su último domingo detrás de la barra.
Este verano, durante las fiestas de Puente la Reina, recibió un primer reconocimiento de los gaiteros, coincidiendo con su 25 aniversario. Durante años habían tenido la costumbre de pasar por el Aloa y tocar allí al mediodía. “Me hicieron un pequeño homenaje por cuando andaban y tocaban aquí en fiestas”, recuerda Javier.
El segundo reconocimiento ha llegado hace apenas unos días, coincidiendo con las ferias de Puente la Reina. Esta vez ha sido la Comparsa de Gigantes y Cabezudos la que ha querido agradecerle tantos años de cercanía.
La relación también venía de lejos. Cuando la comparsa pasaba por delante del establecimiento durante sus recorridos, realizaba una parada. “Siempre paraban y les sacaba cerveza, vermú, algo para beber a todos. Era la costumbre”, recuerda.
Ellos respondían tocando una canción antes de continuar el recorrido. Una pequeña tradición repetida durante años que ahora también desaparecerá, al menos tal y como Javier la ha conocido.
El último servicio después de medio siglo
El domingo 4 de octubre será diferente en el número 53 de la calle Mayor de Puente la Reina. Javier atenderá por última vez el negocio al que ha dedicado prácticamente toda su vida.
Se irá con 65 años, dos homenajes recientes y miles de servicios a sus espaldas. También con el recuerdo de aquellos peregrinos a los que daba sopa cuando no tenían dónde ir y de los clientes del pueblo que ahora le preguntan qué harán cuando cierre.
Las opiniones publicadas en internet reflejan precisamente algunos de los rasgos que han acompañado al Aloa durante estos años. El establecimiento mantiene una valoración de 4,1 sobre 5 en Google, con cientos de reseñas.
Entre las valoraciones positivas, un cliente ha destacado la comida de buena calidad, los productos de la zona y los postres caseros, además del servicio profesional. Otro ha definido el establecimiento como una parada obligatoria en Puente la Reina, resaltando la calidad de la comida y el trato recibido.
Pero Javier prefiere resumir estos 50 años con muchas menos palabras. “Con pena, pero eso es lo que hay”. El domingo cerrará la puerta y, por primera vez después de prácticamente toda una vida, al día siguiente ya no tendrá que volver para abrir el Aloa.