Ana, la cocinera que abre un bar con sus tres hijas en Pamplona y triunfa "con callos, manitas y cachopos"
La cocinera lleva 22 años en la hostelería y apuesta por la comida navarra tradicional como el ajoarriero y dos bocadillos que ya tienen sus seguidores.
Ana, en el centro, con sus tres hijas y dos empleados en el bar restaurante N al cubo de Pamplona. Navarra.com
Ana María Castro Rivera se emociona al recordar todo lo que ha habido detrás de las puertas de su nuevo bar. “Nos ha costado sudor y lágrimas, pero bueno, ya estamos aquí”, confiesa desde una cocina en la que asegura perder la noción del tiempo.
Ana, de 50 años, está acompañada por su marido, David, y por sus tres hijas, Naila, Nuria y Noelia. Ellas explican el curioso nombre elegido para el establecimiento: tres hermanas, tres nombres que comienzan por N. De ahí, N al cubo.
Detrás de la barra y de los fogones hay, sin embargo, una historia mucho más larga. Ana llegó desde Bolivia hace casi 25 años y ha pasado buena parte de su vida en Pamplona trabajando en hostelería. Ahora ha conseguido levantar un negocio propio junto a los suyos.
“Cuando la pequeña nació me metí de lleno en hostelería”, recuerda. Por eso tiene muy clara la cuenta: lleva 22 años trabajando en el sector, exactamente la edad de su hija menor.
Antes de lanzarse con este proyecto trabajó durante años en otros establecimientos. Ana recuerda especialmente lo aprendido junto al cocinero Diego Arbol, con quien coincidió en el restaurante Ardoi. “Yo ya tenía experiencia, pero nunca uno termina de aprender”, explica.
De él, asegura, aprendió especialmente a trabajar la gastronomía española, los guisos y sus puntos de cocción. “Me enseñó muchísimo y yo se lo agradezco muchísimo”, reconoce.
La idea de abrir un negocio familiar surgió cuando sus hijas fueron creciendo y comenzaron a buscar trabajo. “Dije: pues mira, abrimos un bar entre nosotras y lo trabajamos”, recuerda.
Antes estuvieron durante un año en un establecimiento de Mendillorri, mientras David se encargaba de preparar el nuevo local de Abejeras. La reforma avanzó lentamente porque buena parte del trabajo salió de sus propias manos.
“Lo hizo mi marido, pasito a pasito. Él puso todo su ser para hacer esto, para hacerme feliz, porque más que todo esto es un sueño mío”, cuenta Ana antes de emocionarse al recordar aquel esfuerzo.
El cachopo que se ha convertido en su plato estrella
Y una vez abiertas las puertas, uno de los platos ha empezado a destacar sobre los demás. “Aquí nos están conociendo más por el cachopo”, asegura la cocinera.
Ana explica que utiliza “carne de primera”, coloca el filete entero y prepara el relleno con jamón gran reserva y queso. “Con esos dos, pues ya les encanta, les encanta”, celebra.
Pero la carta no termina ahí. N al cubo apuesta también por una cocina casera que incluye manitas, callos, ajoarriero y diferentes cazuelas. Incluso adapta los fogones a las peticiones de sus vecinos.
“Algún vecino nos suele decir que le hagamos unos higadicos y se los hago”, explica. Y si alguien llega cuando el servicio habitual de comidas ya ha terminado y Ana continúa en el establecimiento, tampoco tiene demasiados problemas: “Estoy aquí encantadísima de atenderle”.
Ese trato cercano se ha convertido en una de las claves de una familia que asegura sentirse cada vez más arropada en el barrio. “Nos están aceptando. La gente y los vecinos nos aprecian mucho y cada vez vienen más personas. A mí me alegra muchísimo”, reconoce.
‘Atrévete’ y ‘Ferrán’, los dos bocadillos que más salen
Junto al cachopo, hay otros dos nombres que empiezan a repetirse entre los pedidos. Son los bocadillos ‘Atrévete’ y ‘Ferrán’, dos combinaciones muy diferentes.
El primero lleva lomo empanizado y una salsa con un punto picante. Su nombre funciona casi como una advertencia amistosa antes de probarlo. “Por eso se llama Atrévete. Si te gusta el picante, te suele gustar”, explica Naila.
El ‘Ferrán’ permite escoger entre tortilla o salchicha y se completa con queso manchego, mayonesa y tomate natural. “Suele gustar mucho esa combinación también”, cuenta Naila.
La oferta se completa con un menú del día de 16 euros y otro de 25 euros durante el fin de semana, con presencia de cocina navarra y platos tradicionales.
Fachada del bar N³ en el barrio de Iturrama en Pamplona. Navarra.com
Una familia boliviana que ya se siente de Pamplona
Ana recuerda perfectamente sus primeros pasos en la capital navarra. Llegó directamente desde Bolivia y pasó sus primeros días en un albergue de religiosas situado por la zona de la Plaza de los Fueros.
También conserva una anécdota de aquellos primeros días. Cuando alguien le indicaba que debía caminar “todo recto”, acababa perdiéndose porque las calles hacían curvas. “En mi país recto es recto”, recuerda ahora entre risas.
Con el paso de los años, aquella recién llegada ha construido su vida en Navarra. Su hija pequeña nació aquí y las demás han crecido prácticamente toda su vida en Pamplona.
“Me ha recibido muy bien Pamplona y yo lo agradezco”, asegura. Después de casi 25 años, Ana ya no habla de la ciudad como un lugar ajeno: “Aquí estoy muy a gusto. Me considero parte de ser navarrica pamplonica”.
En el negocio también colaboran Maicol y Karen, ambos de Colombia. Noelia, por su parte, acude cuando los estudios se lo permiten, mientras Nuria y Naila están más implicadas en el día a día junto a su madre.
N al cubo abre de lunes a jueves de 8 a 23 horas, mientras que viernes y sábados prolonga la jornada hasta medianoche. Los domingos abre a las 10 horas y cierra a las 17 horas, después del servicio de comidas, para descansar durante la segunda mitad del día.
La terraza que Ana todavía está esperando
A Ana únicamente le queda una espina con su nuevo establecimiento: todavía no dispone de terraza. Según explica, está esperando la tramitación administrativa necesaria para poder solicitarla.
La hostelera asegura que ha realizado gestiones desde que abrió en julio y que le han comunicado que el procedimiento continúa en trámite. Mientras tanto, la ausencia de mesas en el exterior ya le ha hecho perder algunos clientes.
“Hay gente que pregunta: ‘¿No tienes terraza?’. Les digo que todavía no y dicen: ‘Qué pena’, y se van”, lamenta.
Incluso algunos clientes salen con su café hasta unas sillas próximas y después regresan al bar para devolver el vaso. “A mí me da mucha pena, pero bueno, hasta que nos den terraza”, reconoce.
Mientras espera, Ana sigue haciendo lo que más disfruta. Entra en la cocina y las horas desaparecen. “Cuando veo, ya son hasta las siete de la tarde y va a empezar el otro servicio. A mí me encanta trabajar, y más todavía si trabajo a gusto”.
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