Madre e hija en la panadería centenaria de un pueblo de Navarra: “Seguimos repartiendo el pan casa por casa cada día”
Blanca Zuasti Ochoa entra cada día a trabajar a las cuatro de la mañana para mantener viva una historia familiar que comenzó mucho antes que ella en un pueblo de Navarra. Tiene 50 años, lleva desde los 22 en el negocio y pertenece a la tercera generación de una familia dedicada al pan.
La Panadería Ochoa, en Lumbier a solo media hora de Pamplona, conserva una costumbre cada vez menos habitual: repartir el pan casa por casa. La primera hornada sale hacia las 7 de la mañana y después el pan se deja en las bolsas colocadas en las puertas de las viviendas.
El negocio lo abrió su abuelo, Juan de Dios Ochoa. Después siguieron su madre, Blanca Ochoa Ayesa, y su padre, Juan José Zuasti Beorlegui. Ahora Blanca continúa al frente del obrador y de la tienda, con ayuda de una trabajadora.
Su llegada a la panadería fue obligada por una situación familiar complicada. “Mi padre se puso enfermo y había que tomar una determinación. O cerrar la panadería para siempre o esperar. Dejé de estudiar para estar al frente de la panadería. Luego mejoró de su enfermedad y hasta hoy”, recuerda.
La panadería abre todos los días del año salvo el 25 de diciembre y el 1 de enero. Blanca solo se toma una semana de vacaciones con su familia, la última semana de junio, cuando sus hijos han terminado los estudios. Durante esos días, se trae pan de Pamplona para vender en la tienda.
Además de atender a los vecinos de Lumbier, la panadería vende pan en Tabar y recibe clientes de otros pueblos los fines de semana. “Entre semana es más justo, pero llega el fin de semana y vendes más. Una cosa compensa con otra”, explica Blanca.
En el mostrador se vende el pan de siempre: barra normal, pan con el chosne cerrado, pan con el chosne abierto por la mitad y pan integral. También hay magdalenas caseras, tortas de manteca con canela y azúcar, pastas mantecadas y pastas de té.
La panadería también mantiene la venta de prensa y los fines de semana hace el doble de pan para la bodega Azpea. Ese aumento de actividad ayuda a compensar los días más tranquilos entre semana y los meses de invierno.
La madre de Blanca, Blanca Ochoa Ayesa, tiene 81 años y sigue ayudando en el negocio. “No ha tenido otra vida. Mi madre ha sido una trabajadora que le tocó desde pequeña ayudar a mi abuelo y no ha hecho otra cosa que trabajar en la panadería”, relata su hija.
Sus hijos, Iñigo e Iranzu Villanueva, de 19 y 17 años, están estudiando y ayudan en verano o cuando hay algún puente. Blanca prefiere que se formen y salgan al mundo laboral, aunque reconoce que ellos colaboran porque “sale de ellos”.
La continuidad del pequeño comercio no está clara para ella. “Ha cambiado mucho la manera de comprar. La gente compra fuera y no nos damos cuenta de que estamos cerrando todas las puertas de los pequeños comercios y ahora mismo el futuro es muy incierto”, advierte.
Blanca reconoce que se puede vivir de la panadería, pero sin mirar demasiado las horas. “En verano hacemos cajón, pero luego hay que aguantar el invierno, que es duro, y hay que abrir todos los días”, señala una panadera que también recibe muy buenas reseñas por la calidad del producto, el trato y las recomendaciones de la abuela.