Comercio Local

Marino, el librero de un pueblo de Navarra que aguanta desde 1997: “El día que no haya prensa será mal asunto”

Marino Latienda en la librería Caligrama, situada en Zizur Mayor. Navarra.com
Hay servicios que salvan más de una mañana: fotocopias, gestiones de correos, escanear un documento o imprimir lo que se quedó en casa.

Marino Latienda Urroz abre cada día la persiana con la calma de quien ya lo ha visto casi todo en el comercio local de barrio. Tiene 61 años, es natural de Puente la Reina y, aunque su oficio empezó lejos de los cuadernos y los libros, hoy sigue al pie del cañón en una de esas tiendas en las que siempre hay algo que hacer: una copia urgente, un sobre para enviar, un regalo de última hora o el periódico recién llegado.

Desde 1997 está al frente de la librería-papelería Caligrama, en Zizur Mayor, en la calle Parque Erreniega 18, a apenas dos kilómetros de Pamplona. En el mostrador se alterna con su mujer, Itziar Manzano Urbeltz, que se incorpora por las tardes. “Llevamos desde el año 97, casi 30 años. Bien. Con la edad que tengo no nos queda otro remedio. Estamos mi mujer, que viene por las tardes, y yo, así que para adelante”, relata. Van “a turnos”, matiza, porque “tampoco hay tanto jaleo”.

Quien entra en Caligrama lo nota enseguida: es una papelería con alma de tienda de toda la vida. Hay material escolar, cuadernos, revistas, juguetes, detalles para regalar, y todavía se vende prensa del día. También hay servicios que salvan más de una mañana: fotocopias, gestiones de correos, escanear un documento o imprimir lo que se quedó en casa. Y, por encima de todo, los libros, que son la columna vertebral del negocio.

Marino reconoce que sostener un comercio así no es sencillo. “Está muy complicado para las librerías. Toca aguantar con internet y eso que aquí tenemos buena clientela que lee mucho”, expone. El equilibrio llega, dice, combinando lo que se vende con lo que se hace: unas cosas tiran de otras y, con el tiempo, el local termina siendo casi una extensión del barrio.

Uno de los momentos que más le cambió el negocio fue la llegada de la gratuidad del libro de texto en 2008. “Nos hizo mucho daño porque en principio iba a ser a través de las librerías, pero aquí al final los libros de texto los gestionan los colegios. Por eso muchas han cerrado”, explica. Según detalla, el bajón fue directo: “Quitando cuatro cuadernillos sueltos, ya no se vende casi nada y nos mermó bastante a todas las librerías”.

Aun con ese golpe, el negocio sigue vivo y con clientela fiel. Marino lo atribuye a una idea muy simple: conocer a quien entra por la puerta. “Casi conozco lo que va a comprar el que entra. Hay que conocer un poco a la clientela para colocar las novedades de libros y que lo compren”, afirma. En una papelería de pueblo —o de barrio, como él mismo describe esta zona— el trato marca la diferencia.

También describe el entorno con claridad. “Esta zona de Zizur es de gente mayor, pero no es un pueblo clásico como Estella o Burlada. Esto es más pueblo dormitorio de Pamplona. Hay una cosa de cada palo como mucho. La gente gasta, pero no hace mucho pueblo”, comenta. Y, aun así, insiste: por el local “entra gente constantemente”, ya sea por una compra pequeña o por una gestión rápida.

En los últimos meses ha notado un cambio que le ha alegrado el mostrador: más papel y menos pantalla. “Las navidades han sido muy buenas en venta de libros en muchos años. Se conoce que la gente prefiere la lectura y vuelve al papel, al menos la gente de 30 a 40 años”, sostiene. Por eso nunca se obsesionó con el libro digital. “Nunca tuve miedo al libro digital porque se cansa la vista y el papel es el papel”, remata.

Cuando se le pregunta por el relevo, su respuesta es inmediata: “No”. Explica que su hija, Ainhoa, tiene 28 años y está en Malta. “Muy mal le tendrán que ir las cosas para meterse aquí”, afirma. Y amplía el problema a otros sectores que conoce bien: “Tengo un hermano y amigos carniceros que tampoco encuentran relevo. Es difícil. La gente joven no quiere”.

Su idea, por ahora, es seguir hasta la jubilación. “Aquí seguiremos hasta la jubilación y luego ya se verá. Si alguien quiere es un trabajo muy bonito, pero no te puedes hacer rico porque los precios están todos marcados en el 90% de los casos”, señala. En su caso, el calendario está claro: “Estoy contento aunque tenga que estar hasta los 67. No se me hará muy duro”.

El propio Marino llegó a la papelería por una mezcla de oportunidad y gusto personal. “Yo antes de venir aquí era carnicero y me encantaban las librerías. Entraba a pasar el rato. Pillé esta oportunidad y la cogí”, recuerda. El negocio era de una prima suya, Blanca Razquin, que, según cuenta, no disfrutaba de la atención al público y prefería un taller de pintura, donde ya se ha jubilado. “Me comentó y la cogí de traspaso”, explica.

En la trastienda de lo que se ve, hay otra batalla: la de la prensa. Marino se resiste a dejarla, aunque le quite espacio y le dé trabajo. “Soy un forofo de la prensa y la tengo fijo. Me ocupa mucho espacio y hago mala leche, pero la mantengo. El día que no haya prensa será mal asunto”, asegura. El cambio se nota en cifras: “He pasado de vender un lunes 20 Marcas a vender solo cuatro o cinco”. Con las revistas, dice, el bajón también ha sido evidente: “No tienen nada que ver con lo de antes. Se vende el cotilleo y lo básico”.

Las reseñas de clientes en redes sociales suelen ir por el mismo camino: la sensación de tienda que ya no abunda y el trato cercano. “Cada vez quedan menos tiendas de este tipo. Me encanta el olor a libro nuevo cuando entras. Ideal para algún regalito, material para la escuela, hacer copias, escanear etc. Además el señor es muy amable”, recoge un comentario.

Otro insiste en la rapidez cuando falta algo: “Siempre me han dado buen servicio, y cuando no tenían lo que buscaba, que en muy rara ocasión ha sucedido, lo encargaban y en cuestión de dos o tres días me llamaban para que fuese a recogerlo. Muy buen servicio, personal muy amable”.