Carta al director enviada por Claudio Guerra de Andrés.
El pasado 6 de junio se celebró La Fiesta del Agua en los depósitos de Mendillorri, organizada por la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona. La jornada, anunciada con profusión en redes sociales y otros canales de comunicación, prometía actividades acuáticas y diversión para las familias en un sábado que, además, se preveía especialmente caluroso.
Y, efectivamente, la respuesta fue masiva. Decenas de familias acudieron con niños pequeños, toallas, ropa de recambio, silletas, pañales y todo el equipaje imprescindible para una mañana de agua y diversión. Como suele ocurrir cuando se organizan eventos multitudinarios, el principal problema no fue encontrar la fiesta, sino encontrar dónde dejar el coche.
Cualquiera que conozca Mendillorri sabe que aparcar allí no resulta precisamente sencillo. Tampoco ayuda que el transporte público, la línea 12, tenga una parada muy alejada del recinto de los depósitos, especialmente cuando se acude cargado con medio ajuar doméstico y acompañado de varios niños de corta edad.
Después de recorrer el barrio sin éxito, observé cómo numerosos vehículos comenzaban a estacionar ordenadamente junto a una zona arbolada. Uno detrás de otro, ocupando los huecos disponibles sin invadir el paso de peatones ni obstaculizar el tránsito. El primer valiente se abrió camino y el resto siguió el ejemplo. En poco tiempo habría allí cerca de un centenar de coches.
Una vez estacionado, la caminata fue exigente. La vuelta, con tres niños cansados, mojados, hambrientos y poco convencidos de que caminar fuese una actividad recreativa, resultó bastante más memorable.
Fue entonces cuando apareció un vehículo de la Policía Municipal. Los agentes descendieron, se repartieron el trabajo con admirable coordinación y comenzó el verdadero espectáculo del día: La Fiesta de las Multas.
Cuatro pasos, fotografía; cuatro pasos, fotografía; cuatro pasos, fotografía. Una coreografía perfectamente sincronizada que, sin duda, permitirá a los servicios administrativos tramitar diligentemente más de un centenar de sanciones en los próximos días.
Y uno se pregunta si, ante un acontecimiento puntual que apenas dura unas horas al año, no cabía aplicar algo de sentido común. Después de todo, la ciudad es capaz de absorber sin mayores traumas los 19 partidos ligueros de Osasuna y las inevitables soluciones imaginativas de aparcamiento que los acompañan, sin contar los multitudinarios conciertos que organiza el Navarra Arena prácticamente cada semana del año. Resulta llamativo que, en cambio, para una actividad familiar, gratuita y promovida por una entidad pública, el margen de comprensión parezca reducirse a cero.
Entiendo que las normas están para cumplirse y que los agentes se limitaron a realizar su trabajo. Sin embargo, cuesta no pensar que la celebración de La Fiesta del Agua acabó financiándose parcialmente mediante una generosa recaudación sancionadora.
Lo que empezó como una jornada gratuita para las familias terminó convirtiéndose para muchos en una actividad de pago diferido. Una fórmula innovadora de economía circular: primero se invita al ciudadano a acudir y después se le recuerda, mediante notificación administrativa, que lo barato sale caro. Auguro unos 200 euros y una sustracción de 6 puntos.
El año que viene, sin duda, volveremos a tener La Fiesta del Agua. Y, visto el éxito de la iniciativa recaudatoria, quizá también la segunda edición de La Fiesta de las Multas.
Carta al director enviada por Claudio Guerra de Andrés.