"La tecnología, cuando se usa para recaudar más y comunicar menos, no es progreso: es abuso".
"La tecnología, cuando se usa para recaudar más y comunicar menos, no es progreso: es abuso".
A uno ya le quedan pocas sorpresas en esta vida, pero todavía hay mañanas en las que el mundo se empeña en recordarnos que la picaresca no murió en el Siglo de Oro. Simplemente cambió de escenario. Ahora viste traje, se acomoda en despachos alfombrados, se confabula con los poderes políticos y esconde sus trampas en cláusulas, boletines oficiales y laberintos administrativos diseñados para que nadie los lea. Y cuando los usuarios o ciudadanos tropezamos con esas trampas, la culpa siempre recae en nosotros por no haber sido lo suficientemente “listos” como para revisar cada condición o buscar una información que, razonablemente, dábamos por conocida.
Este domingo 5 de julio, sin pañuelicos ni txupinazo, la empresa Dornier y el Ayuntamiento de Pamplona inauguraron sus particulares fiestas recaudatorias: un día antes del inicio oficial de San Fermín y, además, en domingo. En mi calle, de un muestreo de sesenta coches, nueve exhibían el boletín de denuncia como una flor mustia en el parabrisas. Quince por ciento de eficacia.
El truco, como siempre, estaba en la sombra. Carteles discretos en los parquímetros, un anuncio perdido en un BON que no lee ni el gato, y pegatinas improvisadas en la señalización vertical. Todo tan sibilino, tan cuidadosamente confuso, que uno sospecha que la intención no era informar, sino cazar. Y vaya si cazaron.
Lo más irritante, sin embargo, no es la trampa, sino la manera en que la tecnología se ha convertido en cómplice. Uno, que ya ha aceptado resignado la servidumbre digital —me autocobro los yogures, hago mis propias transferencias en el banco, presento impuestos online y hasta introduzco mi propia comanda en la hamburguesería— también utiliza la aplicación de Dornier para pagar el estacionamiento. Les ahorramos tiempo, esfuerzo y personal. Les hacemos la vida fácil. Y aun así, cuando llega la emboscada, la aplicación calla como un sepulcro: ni una notificación push, ni un aviso, ni una mísera línea roja en la pantalla. La misma tecnología que nos cobra al segundo es incapaz de advertirnos de una excepción. Qué casualidad.
Para rematar la faena, Dornier dispone de la posibilidad técnica de activar alertas en Google Maps que avisan al conductor de que está aparcando en zona regulada. No lo hace. No por incapacidad, sino por conveniencia. Avisar, ya se sabe, reduce ingresos.
Pamplona tiene cerca de 35.000 plazas reguladas. Si el 15% fue multado, hablamos de más de 5.000 sanciones en un solo día. Y si el ciudadano no anula en la primera hora, la broma asciende a sesenta euros —treinta con pronto pago—. Ciento cincuenta mil euros en el peor de los casos. Un botín respetable para una operación montada con la discreción de un carterista profesional.
Por eso exijo, con la poca fe que aún me queda en la decencia institucional, que el Ayuntamiento de Pamplona y Dornier devuelvan de oficio todas las multas de ese domingo. Cobrar así, mediante ocultismo informativo y digital, y señalización de mala taberna, roza la estafa. Y no de las pequeñas.
Ante semejante atropello, creo que los ciudadanos debemos recuperar un poco de dignidad. Para empezar, dejando de utilizar la aplicación de Dornier y volviendo al viejo ticket físico, obligando a la empresa a contratar personal y a perder la eficiencia que obtiene gracias a nuestra mansedumbre tecnológica. La tecnología, cuando se usa para recaudar más y comunicar menos, no es progreso: es abuso.
En segundo lugar, conviene exigir transparencia: los datos de sanciones emitidas, los protocolos de aviso y la documentación que justifica activar la regulación el día 5 y no el día 6. Y si hace falta, acudir al Defensor del Pueblo, solicitar información mediante la Ley de Transparencia y reclamar una auditoría del contrato de Dornier. No para vengarnos, sino para que la próxima emboscada les cueste un poco más de trabajo.
Fdo. Javier Mendia Aguilera
(cajero de supermercado, montador de muebles, “funcionario” de Hacienda, empleado de hamburguesería, gestor bancario...)