"Pamplona lleva siglos buscando otra cosa. Busca esos dos minutos en los que desaparecen los personajes y solo quedan las personas."
Hay tipos que llegan a Pamplona convencidos de que el protagonista del encierro son ellos.
Este año uno apareció disfrazado de Joker. Se creía original, pero por aquí el disfraz de gilipollas lo tenemos ya muy visto. Unos cuantos no corrían por las calles de Pamplona; con esas cámaras que llevaban, estaban corriendo a miles de kilómetros.
En internet no huele nada. No sangra nada. No duele nada. Allí la vida no existe. Solo se representa.
Piensan que todo es una pose con la que llevarse unos millones de reproducciones. Que el pantalón blanco nunca se ensucia. Nunca se desgarra. Luego viene el toro o una vaquilla, lo levanta por los aires y la ficción deja de ser ficción.
Hay animales con un talento extraordinario para devolverte a la realidad, aunque solo sea para expulsarte de ella con una cornada en la femoral.
El toro no entiende de selfis.
Le da igual el disfraz, el personaje, el filtro y los seguidores. No sabe quién eres ni le interesa. Solo ve a un hombre al que se le descompone la pose cuando él aparece en escena.
Vivimos rodeados de versiones mejoradas de nosotros mismos. Los selfis que colgamos son nuestra cara más favorecida. La más hermosa que somos capaces de encontrar y, precisamente por eso, la más irreal. Disparamos diez fotografías. O quince. Luego descartamos todas menos una. Y ni siquiera elegimos la que más nos gusta a nosotros. Elegimos la que creemos que gustará más a los demás. Ya no enseñamos quiénes somos, sino quiénes nos gustaría que los demás creyeran que somos.
El toro siempre encuentra la otra versión.
La que no posa. La que no sonríe. La que suda. La que tiembla. La que, cuando oye acercarse seis toros por la cuesta de Santo Domingo, descubre de golpe que el miedo también tiene sonido.
El toro rompe el espejo donde llevabas meses mirándote.
Quizá por eso el encierro sigue fascinando al mundo. Siempre se renueva esa fascinación. Cambian las épocas, cambian las cámaras, cambian las modas, pero esos dos minutos siguen siendo igual de hipnóticos.
Y no es porque sea pintoresco. Ni porque produzca imágenes espectaculares, que las produce. Fascina porque pertenece a una categoría de cosas que cada vez escasean más: las que son completamente reales.
No hay guion. Nadie te da ninguna garantía de nada. Lo extraordinario es que el peligro no aparece porque algo falle. Quien salta en paracaídas sabe que el riesgo empieza cuando el paracaídas no se abre. En el encierro no hay avería alguna. Todo sucede exactamente como estaba previsto. Los toros salen. Corren. Embisten. Y alguien puede morir.
La muerte no es un error del sistema. Forma parte del sistema.
Tal vez por eso la alegría de San Fermín resulta tan difícil de explicar a quien nunca la ha vivido. No nace del peligro, sino del alivio. De descubrir, una mañana más, que habitamos el mundo, que sigue girando a pesar de nosotros; de la suerte que tenemos de ver el sol, que iba a volver a salir sin preguntarnos. The Sun Also Rises.
No se celebra haber vencido a la muerte. Eso no lo consigue nadie. Se celebra algo mucho más humilde y mucho más antiguo: que, una vez más, ha pasado de largo.
El Joker vino buscando un vídeo viral.
Pamplona, en cambio, lleva siglos buscando otra cosa.
Busca esos dos minutos en los que desaparecen los personajes y solo quedan las personas. Esos dos minutos en los que el mundo deja de parecerse a una pantalla y vuelve a tener humedad en los adoquines, sangre, sudor, miedo y legañas. Esos dos minutos en los que la realidad recupera el mando. Y eso es todo.