"En el Ministerio de la Verdad, Winston corregía el pasado para hacerlo compatible con las necesidades del Partido. En Navarra se vota quién tendrá autoridad para ponerle oficialmente los adjetivos a los crímenes".
Winston Smith acudía cada mañana a su puesto de trabajo en el Ministerio de la Verdad. Corregía periódicos antiguos. No debía averiguar qué había sucedido, sino conseguir que lo sucedido coincidiera con lo que el Partido necesitaba recordar en aquel instante. Los documentos rectificados sustituían a los originales. Los originales desaparecían. Al día siguiente, la mentira tenía fecha, archivo y apariencia de verdad. Nadie había cambiado la historia. La historia había sido siempre aquella. La mentira era la verdad.
George Orwell llamó a este procedimiento control de la realidad. Su principio era sencillo: «El que controla el presente controla el pasado».
Por ahora, en Navarra no hace falta destruir los periódicos. A los socialistas les resulta suficiente llamar pseudomedios a los periódicos que les incomodan. Basta con redactar una ley. La verdad deja de ser algo que se descubre para convertirse en algo que se aprueba.
El Parlamento votará este jueves la Ley Foral de Juventud y Justicia Intergeneracional. Su artículo 70 incorpora una enmienda de los aberchándales, respaldada por el PSN de Txibite, que enumera por separado la «violencia terrorista» y «la ejercida por ETA». También contempla programas para que los jóvenes elaboren narrativas sobre un pasado calificado de «controvertido y conflictivo».
Controvertido. Que es objeto de discusión y da lugar a opiniones contrapuestas, según la RAE.
En la Bajada de Javier de Pamplona, una bomba de ETA asesinó a un niño de 14 años. ¿Qué tiene de controvertido aquel asesinato? ¿Qué parte necesita una nueva interpretación? La bomba estalló al servicio de unos objetivos políticos. El niño murió. Los hechos no esperan a que el Parlamento alcance un acuerdo sobre su significado.
Por ahora no se ha borrado el nombre de ETA. Se ha hecho algo más discreto: colocar su violencia en una categoría distinta de aquella a la que pertenece. Una coma separa lo que la historia había unido mediante asesinatos, secuestros, amenazas y extorsiones.
Una coma. Todavía no hace falta mucho más.
En las listas del partido de la ETA han figurado y figuran personas condenadas por delitos de terrorismo, incluidos asesinatos. ETA es una organización terrorista, no una suma de individuos que actuaban por su cuenta. Ahora, representantes del partido de la ETA intervienen, con el respaldo socialista, en una ley que establece cómo se abordará aquella historia ante las generaciones que no la vivieron.
En 1984, el Ministerio de la Verdad administraba el conocimiento; el Ministerio del Amor administraba el miedo. Las instituciones llevaban nombres que describían exactamente lo contrario de lo que hacían. El lenguaje no servía para explicar la realidad, sino para someterla a la voluntad del Partido.
Orwell describió también una habitación en la que O’Brien levantaba cuatro dedos ante Winston Smith. Winston veía cuatro. El Partido exigía cinco. El interrogador no pretendía únicamente que su prisionero pronunciara una mentira. Quería que llegara a creerla. Que renunciara a la evidencia de sus propios ojos.
Cuatro dedos. Cinco dedos.
¿Qué sucede cuando el poder pretende decidir no solo las leyes del presente, sino también las palabras con las que habrá de recordarse el pasado?
ETA asesinó. Los tribunales establecieron responsabilidades, los archivos conservaron los hechos y las familias enterraron a sus muertos.
Los jóvenes que no vivieron aquellos años leerán lo ocurrido con las palabras que otros hayan elegido. Entre ellas, «controvertido».
En el Ministerio de la Verdad, Winston corregía el pasado para hacerlo compatible con las necesidades del Partido. En Navarra se vota quién tendrá autoridad para ponerle oficialmente los adjetivos a los crímenes.
Los muertos no pueden corregir el Boletín Oficial de Navarra. El partido de sus asesinos, sí. Y eso es todo.