El carnicero de Navarra que dice adiós a toda una vida de venta ambulante: "Echo en falta el contacto con la gente"
Julio Izkue Lizasoain ha colgado el delantal oficialmente este 8 de febrero y se ha despedido de una vida entera entre cuchillos, mostradores y, sobre todo, carreteras comarcales en Navarra. A los 63 años y seis meses, ha decidido jubilarse año y medio antes de lo previsto. Y, aunque el descanso le sienta bien, ya nota el vacío: “Ha pasado mes y pico y hecho en falta a la gente mayor, a mis amigos y amigas”, reconoce, con esa pena tranquila de quien ha vivido siempre “cara a la gente”.
Su historia empieza y termina en Lorca (Tierra Estella) a 20 minutos de Pamplona, donde ha mantenido el negocio familiar que abrió su padre y desde donde ha dado servicio durante décadas con una doble rutina: carnicería y venta ambulante. El descanso lo arrancó el 24 de diciembre, pero la jubilación ya es oficial. “Me adelanto año y medio porque tengo 63 y seis meses. Con pena cara a la gente”, resume.
Lo suyo no era solo abrir una persiana y esperar clientes. Tres veces a la semana se subía a un camión pequeño y salía a repartir por los pueblos. La lista la recita casi de carrerilla: Améscoa, Iguzkiza, Azketa, Villamayor, Urbiola, Barbarin, Luquin, Zubielqui… “Luego el jueves me traían el género y el viernes vuelta a repartir con otra furgoneta. El sábado a preparar producto para la semana”, explica, dibujando una semana de las que no dejan hueco.
La otra pata del negocio era la carnicería, con un horario ajustado al milímetro. “Trabajaba más para la gente de fuera, como de San Sebastián, que venían a por chorizo”, cuenta. Abría los jueves, los viernes por la tarde y el sábado toda la mañana, hasta que decidió cerrar el local. El motivo fue tan sencillo como contundente: “No me daba la vida, porque mi mujer y mis hijos trabajan fuera”.
Detrás de ese trabajo hay una historia familiar que arrancó en 1954, cuando su padre, Julio Izcue Goñi, empezó en el oficio. Había nacido en Argentina y regresó con sus padres cuando tenía solo cuatro años, tras la emigración. La familia vivió en Arguiñano y, ya con unos 25 años, su padre se metió en el negocio ambulante gracias a un personaje curioso: “Había un teniente retirado que iba por los pueblos vendiendo de todo y le cogió al negocio”, recuerda Julio.
Su madre, Emiliana Lizasoain Corro, era de Lorca, y él nació en Alloz. Sus padres construyeron la casa en Lorca y, cuando tenía ocho años, se instalaron allí. “Todo era manual en la carnicería”, rememora. Tras la mili, trabajó en Mainate y más tarde tomó el relevo familiar. “Con 31 años más o menos tomé el relevo al padre”.
El balance de sus tres décadas como carnicero le sale con una sonrisa, pero también con emoción. “He estado muy a gusto, he conocido a mucha gente. No pensaba que la gente estuviera tan agradecida conmigo”, confiesa. Ese agradecimiento no se quedó en palabras: “Me llaman por teléfono a ver qué tal estoy y si hay algún funeral en los pueblos por donde iba me avisan para que me entere”. En su agenda de aquellos años, madrugar era ley: “Me levantaba para las 5 de la mañana para trabajar”.
En casa, el relevo no ha llegado. Sus dos hijos, Sergio y Amaya, tienen 31 y 28 años, son ingenieros y su vida va por otro camino. “Trabajan menos que yo y ganan más”, bromea, sin darle más vueltas. De pequeños jugaban “a pelota y a balonmano” y, según cuenta, la crianza tiró muchas veces de una persona clave: su mujer, Laura López Galindo, “se ha encargado de todo con ellos de chavales”. Lo que más le pesa lo dice sin adornos: “Lo que más siento es no haber estado más tiempo con ellos en esos años, pero no podía por el trabajo”.
Ahora el calendario se ha quedado, por fin, sin ruta. “Me voy a dedicar a aburrirme. Se agradece no madrugar. Es un cambio radical”, suelta entre risas. Asegura que desconectar no le ha costado: “No he tenido problema para desconectar”. Pasea “con la perrica por el campo” y se queda con lo que más valora: “Me queda el cariño de la gente”. Y aunque ya no reparte por los pueblos, sigue haciendo lo de siempre cuando baja a la ciudad: “Voy a Estella y me paro con todo el mundo. Encantado”.