"Un grupo de jugadores sanos, cada uno de su padre y de su madre, procedentes de familias, regiones y mundos distintos, pero remando juntos por el bien común. Y consiguiéndolo".
Somos campeones del mundo, chavalada. Lo hemos vuelto a hacer. Qué alegría.
Escribo estas líneas desayunando en la terraza de un hotel de Madrid. La felicidad y el buen rollo se respiran. Se sienta a mi lado un tipo, más o menos de mi edad, con la camiseta de Luis Enrique en EE. UU. 94, la del codazo de Tassotti, y nos sonreímos como dos veteranos de Vietnam que sabemos lo que cuesta esto. Después de una infancia de miserias futbolísticas, cayendo siempre en cuartos, el maleficio ha quedado roto de nuevo.
Pasan a mi lado niños con la camiseta de la selección española. La blanca y la roja. Las dos nuevas. Esto parece San Fermín: antes del chupinazo, después o durante. Hay acentos de toda España. Y de todo el mundo. Unos hablan francés; otros, inglés; alguno, alemán; también italiano. Cada uno viene de un lugar distinto, pero todos han decidido acercarse a nuestra alegría y vestirla de rojo.
España exporta felicidad a quien quiera compartirla. Y, si algo sabemos hacer los españoles, es montar desinteresadamente una juerga y conseguir que todo el que quiera participe de ella.
Somos campeones del mundo. Qué bien suena.
No renunciéis nunca a la felicidad. Jamás. No hay tantos días felices y conviene no renunciar a ninguno. Jacobo Bergareche lo cuenta perfectamente en Los días perfectos, que comienza recordando que hasta un hombre, dueño de todas las riquezas y placeres, apenas consiguió reunir unos pocos días de verdadera felicidad en su vida.
Son escasos. Llegan sin avisar. Hay que reconocerlos, defenderlos y disfrutarlos cuando aparecen. Gocemos, hermanos.
Hoy es uno de ellos.
España ha ganado con un equipo sin estrellas insoportables, sin estridencias, sin malos rollos. Un grupo de jugadores sanos, cada uno de su padre y de su madre, procedentes de familias, regiones y mundos distintos, pero remando juntos por el bien común. Y consiguiéndolo. Menuda enseñanza para quien quiera aprender. Con la discordia nunca se llegó a ningún lado. A ningún lado que merezca la pena. La discordia solo sirve para ir al infierno.
Eso es España cuando funciona: gente muy distinta y, a la vez, tan igual que no necesita dejar de serlo para construir algo juntos.
Enfrente estaba Argentina, una selección que decidió despedirse marrulleando, protestando, repartiendo leches y demostrando que no supieron ganar ni tampoco perder. Los argentinos se marcharon sin aplaudir al campeón. España respondió levantando la copa. A lo nuestro.
Y, mientras millones de personas celebraban, los aberchándales volvieron a dejar por Navarra y el País Vasco sus imágenes habituales: odio, amenazas y violencia contra gente cuyo único delito era querer ver un partido, llevar una camiseta española y pasar una noche feliz. Es lo único que tienen que ofrecer al mundo: violencia, terror y mierda. Infelicidad en mayúsculas.
Allí donde aparece una celebración española, aparecen los aberchándales intentando reventarla. Siempre el mismo matonismo. Siempre la misma necesidad de encapucharse, señalar, intimidar y agredir. No pueden soportar que los demás disfruten porque el aberchandalismo solo ofrece lo contrario: odio.
¿Qué convivencia puede construirse con una ideología que contempla a una familia viendo el fútbol y solo ve en ella un objetivo que exterminar?
Que se jodan porque no lo consiguieron. La luz vence a las tinieblas. España ganó. La gente salió a celebrarlo también en la Comunidad Autónoma Vasca y Navarra. Las plazas se llenaron de familias, jóvenes, mayores y niños. La felicidad española volvió a derrotar al odio aberchándal.
Pero no basta con celebrar. Hay que preguntarse por qué esa ideología se siente cada vez más fuerte. La respuesta se llama PSOE.
Cada pacto del PSOE con el partido de la ETA le proporciona más aire, más vuelo y más gasolina. A todos esos violentos los legitima, los blanquea y los convierte en árbitros de la política española. El PSOE los necesita para conservar el poder, repartirse sus Servinabares y sostener a Sánchez; ellos necesitan al PSOE para avanzar en su proyecto euskofascista.
Se alimentan mutuamente.
Mientras el PSOE siga apoyándose en ese mundo y fingiendo que su violencia es un fenómeno atmosférico, la violencia aumentará. Los agresores saben que sus representantes políticos son imprescindibles para la Moncloa y que nadie va a exigirles una ruptura moral verdadera con las agresiones.
Vuelve a pasar otro niño por la terraza, camino de la piscina. Habla portugués con su madre y lleva la camiseta de España.
No hay tantos días felices.
Hoy tampoco nos lo van a estropear los aberchándales. La felicidad derrotó a su rencor. Nuestra alegría es su derrota. Que les jodan, que se cuezan en su odio. España es campeona del mundo. Y eso es todo.