Debió de haber este fin de semana una manifestación contra Sánchez; es decir, contra Ábalos, contra Cerdán, contra Zapatero, contra todo el PSOE y su corrupción, ya no aislada, sino industrial. Me enteré porque el vicepresidente de Txibite, Javier Remírez, llamó “nazis” en un tuit a los asistentes. Nazis.
No sé en qué pensará Remírez cuando llama “nazis” a miles de personas, a otros representantes políticos como él, suponiendo que piense algo, que ya es mucho suponer conociendo al personaje. A mí, cuando alguien dice “nazi”, me viene a la cabeza Amon Göth en La lista de Schindler, apoyando un rifle sobre la barandilla de su balcón y disparando contra prisioneros al azar mientras desayuna. Un ser humano convertido en diana porque sí. Porque el otro tiene poder absoluto, tú no vales nada y puede sacrificarte cuando quiera. Eso era un nazi.
También aparece en esa película la niña del abrigo rojo atravesando el gueto de Cracovia entre ancianos arrastrados por las escaleras, madres separadas de sus hijos y cadáveres abandonados en mitad de la calle. Primero viva. Después, sobre un carro lleno de cadáveres camino del crematorio. Eso era el nazismo.
Si Remírez tuviera algo en la sesera, quizá entendería que llamar “nazi” a cualquiera no solo es obsceno, sino profundamente frívolo. Y que, si quiere buscar fanatismo político, deshumanización y asesinato de inocentes, no tiene que mirar tan lejos. Porque también había mucho de eso en ETA, con cuyo partido gobierna hoy el PSOE.
Un concejal, un guardia civil, un periodista, un niño que pasaba por allí. Hipercor, Vic, Zaragoza, Santa Pola. Irene Villa, destrozada para siempre con doce años por una bomba colocada bajo el coche de su madre. Remírez pertenece a un Gobierno sostenido por quienes todavía arrastran en sus filas asesinos de tiro en la nuca, coches bomba, niños mutilados y funerales escoltados por la Guardia Civil.
Por eso produce náusea escuchar a un vicepresidente navarro llamar “nazis” a miles de personas que se manifiestan contra la corrupción del PSOE.
Pero quizá lo más interesante no sea el insulto en sí, sino el automatismo. Remírez no insulta porque piense; insulta porque obedece. El PSOE ha decidido que todo el que proteste contra su corrupción debe ser expulsado del campo democrático. Y para eso necesita palabras como ultraderecha, fascista, nazi.
No importa la proporción. No importa el significado de las palabras. Solo importa la disciplina. Sales al atril más cercano, sueltas la cafrada y cumples la orden sin rechistar. Al fin y al cabo, el cargo depende de ello.
Remírez no llamó nazis a los manifestantes porque creyera que lo eran. Si lo cree, está como una cabra. Los llamó nazis porque el socialismo español ya solo sabe protegerse así: convirtiendo cualquier protesta contra su corrupción en una amenaza contra la democracia. Y eso es todo.