• lunes, 25 de mayo de 2026
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Opinión / Presidente de la Junta Local del PPN en la Zona Norte.

Pamplona, ETA y la claudicación moral

Por Juancho Extremera

“Navarra ha sufrido mucho para llegar hasta aquí. Nuestra policía, nuestros militares y nuestros ciudadanos de a pie pagaron un precio altísimo por la libertad que hoy algunos usan para blanquear un pasado de sangre”.

José Javier Arizcuren Ruiz 'Kantauri', OK DIARIO
José Javier Arizcuren Ruiz 'Kantauri', OK DIARIO

Pasear por las calles de Pamplona debería ser un ejercicio de libertad y convivencia. Sin embargo, para muchos navarros, el aire se ha vuelto pesado. La reciente imagen de José Javier Arizkuren Ruiz, alias Kantauri, caminando tranquilamente por nuestra ciudad tras el reportaje de Cake Minuesa, no es solo una provocación; es el síntoma de una democracia que parece haber perdido el norte moral.

Resulta difícil de explicar a las nuevas generaciones que el hombre que orquestó el asesinato de Jiménez-Becerril y su esposa, el que ordenó masacres y secuestros, hoy disfrute de una libertad que sus víctimas nunca recuperarán. Y lo hace sin un ápice de arrepentimiento, sin pedir perdón y sin colaborar para esclarecer los cientos de crímenes de ETA que aún duermen en el olvido de los juzgados.

Esta situación no es casual. Es el resultado directo de una política penitenciaria dirigida desde Madrid, pero ejecutada con la complicidad de quienes necesitan los votos de Bildu para mantenerse en el poder. El Ministerio del Interior ha decidido que la estabilidad de un Gobierno vale más que el consuelo de las víctimas. Se han acelerado traslados y progresiones de grado que, aunque se vistan de legalidad técnica, son percibidos por la sociedad civil como una claudicación política en toda regla.

La comparación con cualquier otra democracia europea es demoledora. ¿Imaginan a un alto mando de las SS paseando por Múnich con la complacencia del Gobierno alemán? Sería un escándalo internacional. En España, sin embargo, nos hemos acostumbrado a que los verdugos sean tratados como “actores políticos”, mientras las víctimas asisten, atónitas y asqueadas, al desmantelamiento de la justicia retributiva.

Navarra ha sufrido mucho para llegar hasta aquí. Nuestra policía, nuestros militares y nuestros ciudadanos de a pie pagaron un precio altísimo por la libertad que hoy algunos usan para blanquear un pasado de sangre. No es odio, es justicia; no es venganza, es dignidad. Permitir que los sanguinarios de ayer sean los vecinos ejemplares de hoy, sin haber rendido cuentas con su conciencia, es una mancha que este Gobierno dejará grabada en la historia de nuestra democracia. Por respeto a los que ya no están y por la salud de los que nos quedamos, esta claudicación debe cesar.

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