El conductor pamplonés ya no conduce: calcula trayectorias, hace eslalon entre baches y reza para que la suspensión aguante hasta la próxima ITV.
Debe de haber algo que los simples contribuyentes pamploneses no alcanzamos a entender. Igual es que el Ayuntamiento tiene un plan oculto para convertir Pamplona en un circuito de pruebas para amortiguadores, o quizás aspira a que la UNESCO declare nuestras calles Patrimonio Mundial del Bache. Visto lo visto, cualquier cosa es posible.
Después del ya famoso «Asironazo» en la contribución, uno pensaba ingenuamente que al menos una parte importante de ese dinero serviría para mejorar el estado de las calles. Pero parece que no. Circular hoy por Pamplona es una experiencia parecida a atravesar un país en conflicto bélico, salvando las distancias. Vas conduciendo más pendiente de esquivar cráteres que de respetar el paisaje urbano. El conductor pamplonés ya no conduce: calcula trayectorias, hace eslalon entre baches y reza para que la suspensión aguante hasta la próxima ITV.
Entiendo perfectamente que a cierta izquierda autodenominada progresista la palabra coche le produzca algo parecido a un sarpullido ideológico. Son más de bicicleta, de carriles bici y de imaginar una ciudad donde todo el mundo pueda desplazarse pedaleando felizmente bajo el sol. Muy bien. Cada uno puede tener el modelo de ciudad que quiera soñar.
El problema es que la realidad es bastante menos poética. La inmensa mayoría de los pamploneses seguimos utilizando el coche porque trabajamos, llevamos a los hijos al colegio, acompañamos a familiares mayores, hacemos compras o, sencillamente, necesitamos desplazarnos con cierta eficacia. No es una cuestión ideológica, sino práctica.
Por eso, y como humilde ciudadano que paga religiosamente sus impuestos en Pamplona, me permito hacer una sugerencia al equipo de gobierno: ya que el recibo de la contribución ha demostrado una salud envidiable, quizá no estaría mal destinar una parte importante de esa recaudación extra a reparar las calles. No para fomentar el uso del coche —no vayamos a cometer semejante pecado ecológico—, sino para que circular por Pamplona deje de parecer una prueba clasificatoria para el Rally Dakar.
Sería de agradecer que los vecinos que pagamos impuestos del siglo XXI pudiéramos disfrutar, al menos de vez en cuando, de unas carreteras del siglo XXI. Porque, de momento, entre el Asironazo y el cráterazo, al contribuyente pamplonés solo le queda confiar en que el próximo agujero no tenga nombre propio en Google Maps.
Juan Antonio Extremera Apesteguia