De lunes a lunes y sin vacaciones: la historia de la panadera de Pamplona que abre antes de las 6 de la mañana
Jennifer Cortés cumple el 4 de julio su primer año al frente de una panadería de Pamplona en la que todavía no ha podido descansar desde que decidió emprender. La comerciante colombiana, de 35 años, abre cada día antes de que amanezca y atiende a sus clientes en la capital navarra.
El negocio es la panadería Iruña, situada en la calle Serafín Olave 37, en pleno barrio de Iturrama. El local se encuentra muy cerca de otros comercios conocidos de la zona, como la tienda de frutas Virginia, que cumple ya 38 años dando servicio a los vecinos, o de la carnicería Sarriguren que ha cerrado después de 46 años.
La panadería Iruña estuvo antes en manos del extremeño Antonio Ramos Álvarez, que la regentó durante cuatro años junto a su novia, Janett Gradiz. Antonio dejó entonces el trabajo en el andamio para dedicarse a la hostelería, en una etapa anterior de este pequeño establecimiento de barrio.
Ahora es Jennifer Cortés quien sostiene cada día la persiana del local. Al hacer balance de este primer año, la comerciante reconoce que el negocio avanza con esfuerzo, pero también con buenas sensaciones. “Bien. Como todo, poco a poco. Se vende bien. Por ahora estoy yo sola”, explica sobre estos primeros meses al frente de la panadería.
Su jornada empieza muy temprano y se repite todos los días de la semana. “Abro de seis de la mañana hasta las tres de la tarde de lunes a lunes. Vengo un rato antes de las seis de la mañana y ya hay gente esperando al café y al pan”, cuenta Jennifer, que ha asumido casi en solitario el ritmo diario del establecimiento.
Para la panadera, esa espera a primera hora también es una señal positiva. “Eso es bueno, que entre gente”, asegura. Jennifer lleva ya seis años en Pamplona y antes de emprender trabajó cuidando a personas mayores y también en un bar, una experiencia que le ayudó antes de lanzarse con su propio negocio.
La comerciante admite que la panadería permite salir adelante, aunque sin grandes excesos. “Esto da para vivir poco a poco. Ahí vamos”, reconoce. En ese camino no está completamente sola, ya que su marido, Luis, también colombiano, le echa una mano de vez en cuando en el establecimiento.
Jennifer también ha encontrado en Navarra una parte importante de su vida familiar. “Casi toda la familia la tengo aquí conmigo, gracias a Dios”, explica. Su llegada a la capital navarra tuvo mucho que ver con sus tíos y su abuela, que ya vivían en Pamplona y la animaron a instalarse en la ciudad.
En el mostrador de la panadería Iruña no solo se vende pan. El local ofrece prensa, revistas, batidos, dulces, pasteles y una pequeña selección de productos latinos. “Tenemos despensa latina y de todo un poco”, detalla Jennifer, que también cuenta con una barra de cafetería para quienes quieren tomar un café con calma.
La comerciante se muestra muy agradecida con la ciudad que la ha acogido. “Me gusta mucho Pamplona. Hay buena gente. Me gustan los Sanfermines, la cultura, mucha zona verde y la montaña”, afirma. Por ahora, sin embargo, no ha podido regresar a Colombia, su país de origen.
La parte más dura de este primer año ha sido la falta de descanso. Desde que empezó no ha podido cogerse vacaciones. “Espero que en agosto me pueda coger unos días, porque no hay estudiantes y el barrio se queda más vacío”, reconoce Jennifer, que confía en poder parar unos días cuando baje el movimiento en Iturrama.
Mientras llega ese descanso, Jennifer sigue levantando la persiana cada mañana antes de las seis para servir pan, café y conversación a sus vecinos. “Lo mejor es que por la tarde tengo libre”, admite la panadera, que un año después continúa al frente de este negocio de Pamplona con la misma idea con la que empezó: avanzar poco a poco.