• viernes, 25 de septiembre de 2026
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COMERCIO LOCAL

Patxi lleva como hostelero en un pueblo de Navarra desde los 15 años, pero ahora se jubila: “La gente viene al bar a confesarse”

Ha recibido una despedida sorpresa en fiestas, mientras su mujer Mari Mar y su hijo Ricardo garantizan la continuidad del negocio.

Ricardo, Mari Mar y Patxi en el bar Patxi de Sangüesa. Navarra.com
Ricardo, Mari Mar y Patxi en el bar Patxi de Sangüesa. Navarra.com

Treinta y nueve años detrás de una barra dan para muchas historias, confidencias y amigos. Patxi Carreras Linde acaba de cerrar esa larga etapa en la localidad navarra de Sangüesa, aunque lo hace con una tranquilidad especial: el Bar Patxi se queda en manos de su propia familia.

Las fiestas patronales de 2026 han servido para regalarle una despedida difícil de olvidar. Su mujer, Mari Mar Azcárate Martínez, y su hijo Ricardo prepararon una sorpresa a la que se sumaron la comparsa de gigantes y cabezudos y el cantante navarro Chuchín Ibáñez, viejo amigo de Patxi.

 

Hubo emoción, algunas lágrimas y hasta un inesperado sombrero mexicano. “Vino Chuchín y me puso el sombrero mexicano. Somos viejos amigos. Estuvo muy bien la fiesta”, recuerda Patxi después de una jornada que puso el broche a casi cuatro décadas de trabajo.

En realidad, Patxi, de 65 años y medio, ya se había jubilado el pasado 11 de enero. Desde entonces solo aparece por el negocio para echar “una mano, lo justo”, aunque durante las fiestas ha vuelto a ponerse detrás de la barra cuando ha hecho falta.

Una vida detrás de la barra desde los 15 años

La hostelería ha sido prácticamente toda su vida laboral. Natural de Sangüesa, comenzó muy joven y asegura que solo ha conocido dos establecimientos: primero trabajó durante diez años en la cafetería-pastelería Oneca, hoy cerrada, y después llegaron los 39 años en el Bar Patxi.

La aventura comenzó casi por necesidad. El local pertenecía inicialmente a la bodega cooperativa, que lo arrendaba, hasta que apareció la posibilidad de hacerse con el negocio. Patxi y Mari Mar se habían quedado sin trabajo y vieron un cartel de traspaso.

“Nos lanzamos porque no teníamos nada”, recuerda. Empezaron de alquiler y, tres o cuatro años después, terminaron comprando el local. Lo que comenzó como una salida laboral acabó convirtiéndose en el proyecto de toda una vida.

Y no se arrepienten. “Ha sido nuestro medio de vida y es muy entretenido. El trabajo es agradable, aunque tiene lo suyo”, explica Patxi, que conoce bien la parte menos visible de estar tantas horas al otro lado de una barra.

“La gente viene a confesarse”

Cuando intenta resumir casi cuatro décadas, Patxi no idealiza el oficio. “Treinta y nueve años son muy duros. Hay que tener mucha paciencia. Es bonito y tiene que gustarte. Es muy sacrificado, pero si sabes llevarlo y te gusta el trabajo, lo llevas bien”, asegura.

También ha cambiado mucho la forma de trabajar. Durante años prepararon numerosos pinchos, aunque al terminar la jornada muchos tenían que retirarse. Con el tiempo decidieron simplificar el negocio y funcionar fundamentalmente como bar, evitando una cocina que habría exigido contratar más personal.

Actualmente ofrecen vermut los fines de semana y festivos, además de algunos pinchos fríos como gildas, aceitunas o pinchos de chaka. Para acontecimientos como bautizos o comuniones también pueden preparar aperitivos si se encargan con antelación.

Patxi reconoce que los primeros años fueron especialmente difíciles y que la actividad ha bajado desde la pandemia. Su experiencia le ha dejado una conclusión muy clara: “Si lo puedes hacer solo con la familia, es lo mejor”.

Pero hay algo que ningún balance económico puede reflejar. Son todas las historias escuchadas durante décadas mientras servía una bebida o atendía a un cliente.

“La gente viene a confesarse y te llevas un poco de cada uno cuando ya no están. Lo bueno supera a lo malo”, asegura. También ha tenido que mediar alguna vez para evitar discusiones o peleas, pero insiste en que las experiencias positivas terminan pesando mucho más.

Ricardo toma el relevo con solo 26 años

Dejar el negocio no está siendo sencillo precisamente porque la historia continúa dentro de casa. Ricardo, de 26 años, ha decidido tomar el relevo generacional acompañado por su madre, Mari Mar, que continúa atendiendo el establecimiento.

La decisión del joven tampoco ha sorprendido demasiado a sus padres. “Desde pequeño nos decía Ricardo que su vida era esto”, explican. Ahora será él quien continúe una historia familiar que comenzó hace 39 años casi por casualidad.

Mari Mar, de 65 años, todavía seguirá en el mostrador y se toma con humor que su jubilación tendrá que esperar. “Este Gobierno no me deja jubilarme con los cambios que hay en la Seguridad Social”, comenta entre risas.

A Patxi, mientras tanto, le toca descubrir una vida con mucho más tiempo libre. Y ahí reconoce que tiene un pequeño problema. “Soy el único hostelero al que no le gusta el fútbol, ni el deporte, ni la huerta, ni almorzar, ni jugar a cartas. Cualquier tonto juega al mus y yo no sé”, bromea.

Después de trabajar prácticamente sin interrupción desde los 15 años, tampoco parece tener grandes planes. “Ahora no me gusta hacer nada”, admite entre risas.

Quizá por eso separarse definitivamente de la barra cuesta un poco más. Pero Patxi y Mari Mar saben que existe una razón poderosa para mirar esta jubilación de otra forma: “Lo bueno es que hay una segunda generación”.

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