• domingo, 01 de marzo de 2026
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COMERCIO LOCAL

La navarra que celebra 38 años en su tienda de Pamplona: "Han pasado volando, pero hay que currar mucho"

No habrá relevo familiar en la tienda. “Nada. Aquí se acaba. No tengo hijos”, dice, aunque lo cuenta sin tristeza y con orgullo sereno.

Virginia Sádaba con su marido Jesús Mari Zabalza en la frutería Virginia de Pamplona. Navarra.com
Virginia Sádaba con su marido Jesús Mari Zabalza en la frutería Virginia de Pamplona. Navarra.com

Virginia Sádaba ha soplado esta semana 38 velas detrás de un mostrador que ya es casi una segunda casa en Navarra. Lo ha celebrado sin grandes alardes, como suelen hacerlo quienes han vivido el comercio desde dentro: trabajando, abriendo cada día y poniendo buena cara aunque toque apretar los dientes.

La tienda está situada en la calle Serafín Olave 33, en pleno barrio de Iturrama en Pamplona. Es una zona con mucho comercio local como el bar Scala, famoso por sus calçots.

En el mensaje que ha compartido en redes, la cifra lo dice todo: “38 años. Miles de kilos de fruta y verdura. Millones de sonrisas. Una vida entera detrás del mostrador. Gracias por hacerlo posible”. Son 38 años al frente de la tienda de alimentación Virginia Sádaba.

A sus 57 años, Virginia sigue con el mismo ritmo —o con uno muy parecido— al de cuando empezó. “El tiempo ha pasado volando. Parece que fue ayer pero ya llevamos 38 y con las mismas ganas y la misma pasión que el primer día. Nunca se quitan las ganas de hacer las cosas bien”, transmite en conversación con Navarra.com.

Ese “hacer las cosas bien” no suena a frase bonita, sino a rutina real. A madrugones, a preparar género, a estar pendiente de la calidad, a conocer a los clientes por su nombre y a sostener un negocio que depende, muchas veces, de detalles que no se ven desde fuera. “Hay que currar mucho”, resume con naturalidad.

Virginia llegó a la tienda con 19 años y se quedó. “Al acabar el COU no sabía seguir estudiando y dije: vamos a la tienda. Somos de campo (natural de Carcar). Me gusta la fruta y la verdura y aquí sigo”. Lo cuenta como quien repasa una decisión sencilla, aunque detrás haya toda una vida de persiana arriba.

Los fines de semana vuelve al pueblo para ver a su padre, Miguel Sádaba Guillén, que está a punto de cumplir 92 años. Su madre, Inmaculada Díaz de Rada, falleció de alzhéimer. “Me ayudó mucho al principio en la tienda”, recuerda. En el local queda una imagen que lo resume: una foto colgada de aquellos primeros años, “del día que empezamos”.

En el día a día le echa una mano su marido, Jesús Mari Zabalza Mutilva, que es de Muniáin de Guesalaz. La fórmula, insiste, no tiene misterio pero exige constancia: “Teniendo calidad y buenos productos tiras siempre para adelante. Para lo que queda esperamos jubilarnos aquí”.

La tienda, además, funciona a golpe de confianza. Virginia lo nota en frases que escucha a menudo y que no se compran con publicidad: “La gente me dice ‘que siga en la tienda’”. Y, cuando habla de clientela, lo hace casi como si hablara de familia. “Mi clienta favorita es María Ángeles”, comenta justo cuando ella entra por la puerta. La respuesta no tarda: “No puedo decir nada malo de ella. Tiene de todo bueno. Yo llevo comprando aquí desde que abrieron y vengo todos los días aunque solo sea para comprar un kiwi”.

En el mostrador se vende fruta y verdura, sí, pero también se vende el trabajo bien hecho. Virginia lo explica sin adornos: “La tienda va bien. Ahora estoy todo el día con la verdura pelada, que este año ha sido buenísima”. Y junto a la fruta y la verdura, en las estanterías no faltan productos que ella misma destaca como “cosas de Navarra”: miel, leche, pastas, conservas y aceite.

Después de 38 años, el balance que hace es directo: “Buenísimo total. Trabajas para ti. Lo de ser autónomo tiene sus ventajas e inconvenientes. Es duro y hay muchos gastos, pero trabajar para uno en lo que quieres y en lo que le gusta es lo más grande que hay”. También recuerda de dónde le viene esa querencia por el producto: en Cárcar, su pueblo natal, tenían campo y vendían fruta de hueso como melocotón, pavía y nectarina. “Siempre me ha gustado el tema”, afirma.

No habrá relevo familiar en la tienda. “Nada. Aquí se acaba. No tengo hijos”, dice, aunque lo cuenta sin tristeza y con orgullo sereno: “Me quedo con la satisfacción del trabajo bien hecho y el cariño de la gente, que es muy grande. Somos casi familia. Hay vecinas a las que si les pasa algo en su casa voy a ayudarlas”.

Virginia, además, nota que el barrio cambia y la clientela también. “Veo gente joven que quiere comer bien, sano. Hay familias nuevas con críos pequeños que viven por aquí”, explica. Y con la foto de su madre presidiendo el local y el trajín diario como banda sonora, mantiene la misma idea que lanzó en redes: seguir, mientras se pueda, al otro lado del mostrador. “Así que seguiremos dando guerra”.

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