“El hemiciclo ha derivado en un plató, los diputados en tertulianos y la bronca en la única gramática posible”
Algo muy serio debe de estar ocurriendo en nuestra vida pública para que dos diputados, uno del PP y otro del PSOE, conviertan la tribuna del Congreso en un escenario donde compiten por demostrar quién es más y mejor “maricón” que el otro. El primero, nada menos que el responsable de Educación del Partido Popular, proclamó con orgullo que lo era y que también lo estaba de pertenecer a su partido. El segundo, un diputado socialista del que no se conoce otra “titulación” que la de exjugador de waterpolo, reivindicó igualmente su condición de “maricón” para, acto seguido, acusar al del PP de ser una vergüenza para el colectivo LGTBI. Todo ello a voz en grito, porque el objetivo no era debatir ideas, sino exhibir el desprecio hacia el adversario.
Escuché el intercambio con una mezcla de estupor y sonrojo, preguntándome qué interés puede tener para los ciudadanos lo que un legislador haga o deje de hacer con su pareja bajo las sábanas. Pero, sobre todo, me preguntaba cómo se ha llegado a degradar la vida parlamentaria hasta estos extremos. Tal vez la explicación resida en que hemos aceptado con resignación que el hemiciclo haya dejado de ser el lugar del debate para convertirse en un escenario de representación, donde cada señoría interpreta un papel, busca el titular más estridente o el vídeo más viral y pronuncia un monólogo sin el menor interés por escuchar al contrario. Un diálogo de sordos en el que nadie pretende convencer a nadie.
Tras la debacle electoral de UCD en octubre de 1982, que dio paso a la primera mayoría absoluta de Felipe González, el Consejo de Ministros presidido por Calvo Sotelo se reunió en un ambiente de profunda desolación. Se atribuye entonces al ministro Pío Cabanillas una frase memorable: «Si en lugar de elecciones hubieran sido oposiciones, no habrían podido con nosotros». Con ella quería subrayar la elevada cualificación profesional de quienes abandonaban el Gobierno frente a quienes iban a sustituirles. Desde entonces, y con contadas excepciones, la política española ha experimentado una lenta pero constante degradación, tanto en el nivel de sus representantes como en la calidad del debate público.
Y conviene recordar que aquella generación política de la Transición estaba integrada por personas de procedencias ideológicas muy distintas, muchas de ellas enfrentadas durante décadas, que fueron capaces de sentarse a discutir sobre la Constitución, el modelo territorial, las libertades públicas, el sistema electoral o la integración de España en Europa. Discrepaban profundamente, y en ocasiones con extraordinaria dureza, pero lo hacían sobre ideas, principios y proyectos para España, sin perder el respeto al adversario ni el decoro parlamentario. Eran desacuerdos de fondo, no identidades personales convertidas en argumento, agravios elevados a espectáculo ni insultos utilizados como sustitutos de las razones.
Hoy cuesta imaginar a un ministro citando con sorna su propio currículum frente al adversario. Sería tachado de elitista, de “casta”, de no entender al pueblo. Aquel sarcasmo de Cabanillas, que hoy nos suena casi entrañable, ya anunciaba el final de una manera de hacer política basada en la competencia técnica y la altura de miras. Lo que vino después fue, en efecto, la decadencia.
Seguramente, una parte importante de la causa radique en los propios partidos políticos. Tras el franquismo, su llegada fue imprescindible para articular la convivencia democrática y canalizar la pluralidad de una sociedad que recuperaba la libertad. Pero, con el paso del tiempo, se han convertido en estructuras cerradas, dominadas por aparatos que confeccionan listas electorales, imponen una disciplina de voto férrea y exigen una sumisión absoluta al líder. Así entendido, el parlamentarismo se convierte en una ficción; uno decide y los demás votan lo que señala su dedo desde el escaño. De ahí nace ese hooliganismo parlamentario que hemos normalizado: diputados que se comportan como hinchas de sus siglas, se deshacen en aplausos al líder y actúan como si este tuviera siempre razón y la discrepancia interna fuera una forma de traición.
El diputado, convertido en empleado de partido más que en representante de ciudadanos, sabe que su escaño depende no de quien le vota, sino de quien le coloca en la lista. De ahí que el debate ya no busque convencer a nadie, sino marcar territorio ante la propia grada. Por eso ya no se discute con el contrario, se le insulta para consumo de los propios, para el corte de vídeo que circulará por las redes sociales. El hemiciclo ha derivado en un plató, los diputados en tertulianos y la bronca en la única gramática posible. Ahí está Gabriel Rufián hablando de la “mierda” de la cloaca socialista o Patxi López (“Yo con Begoña”) evocando las “hostias” que recibía su padre. Que dos señorías terminen disputándose a gritos su condición de homosexual no es una anécdota folclórica, es el síntoma perfecto de un Parlamento que ha sustituido la legislación por la performance, y la rendición de cuentas por la búsqueda pueril del aplauso fácil.
Temo que no haya solución. En la Transición, las Cortes franquistas se hicieron el harakiri al aprobar la reforma política que abría las puertas a las Cortes Constituyentes. Aquello fue un suicidio institucional ejecutado con una elegancia y un sentido de Estado que hoy resultaría imposible hasta de imaginar. No veo a nuestros políticos haciendo el menor esfuerzo por reformarse a sí mismos. Ningún aparato de partido va a desmontar voluntariamente la maquinaria de listas cerradas y disciplina férrea que le garantiza el control. Eso sería tan razonable como esperar que un gallinero vote a favor de contratar zorros como auditores.
Estando así las cosas, a nadie puede extrañar que las encuestas, incluso las de Tezanos, sitúen de forma recurrente a “los políticos, los partidos y la política” entre las principales preocupaciones de los españoles. Lo verdaderamente raro sería que no fuera así.