Especialmente controvertido ha sido el papel de Zapatero en Venezuela, donde una parte significativa de la oposición democrática terminó percibiéndolo más próximo a Maduro que a quienes padecían la persecución política, la represión y el exilio.
Tras conocerse el auto judicial que afecta a José Luis Rodríguez Zapatero, Pedro Sánchez le brindó un apoyo sin fisuras. No se conformó con defender su presunción de inocencia. Fue más allá. En un ejercicio de reivindicación política, trazó un retrato casi reverencial de su compañero de partido: el presidente que aprobó el matrimonio entre personas del mismo sexo, nos sacó de la guerra de Irak y puso fin al terrorismo de ETA.
Escuchándole, uno podría pensar que España tuvo la desgracia de perder en 2011 a un gobernante de talla excepcional. De ser así, resulta difícil explicar por qué alguien con semejante hoja de servicios abandonó la Moncloa por la puerta de atrás, renunciando a presentarse de nuevo y endosando el inevitable desastre electoral a Alfredo Pérez Rubalcaba. Será que los españoles somos un pueblo desagradecido.
Lo del matrimonio homosexual, ciertamente, figura entre sus hitos legislativos y así será recordado. Lo de sacarnos de la guerra de Irak es una simplificación propagandística que ha sobrevivido mejor que los hechos. España nunca participó en operaciones de combate. La presencia española consistió en una misión de estabilización y apoyo humanitario. La famosa fotografía de las Azores, con la mano paternal de Bush sobre el hombro de Aznar, produjo un efecto visual mucho más poderoso que la realidad.
Más discutible aún es atribuir a Zapatero la derrota de ETA. ETA fue vencida por la perseverancia del Estado de Derecho, por décadas de trabajo de policías, guardias civiles, jueces y fiscales, por la cooperación internacional y por un rechazo social creciente al terrorismo. El final de la banda se produjo durante sus años de gobierno, sí, pero aquel desenlace fue el resultado de un esfuerzo colectivo que trasciende con mucho a cualquier gobierno concreto. Y la normalización moral de aquel pasado seguirá incompleta mientras exista una fuerza política heredera de ese entorno que todavía se resiste a condenar sin matices el sufrimiento causado.
La reivindicación de la figura de Zapatero resulta más llamativa cuando se examina su legado económico. Durante años negó la crisis, habló de "desaceleración transitoria" y vio brotes verdes donde el resto del país veía cierres de empresas y destrucción de empleo. Llegó a presentar al sistema financiero español como el más sólido del mundo poco antes de que numerosas cajas de ahorro acabaran intervenidas o rescatadas. El resultado fue una economía devastada, más de cinco millones de desempleados, congelación salarial para los funcionarios y el agotamiento de buena parte de los colchones financieros acumulados durante los años de crecimiento. Zapatero negó tozudamente la realidad hasta que la realidad llamó a la puerta. Entonces tiró la toalla y dejó a otros la tarea de recoger los escombros.
No es casualidad que el 15-M irrumpiera en las plazas españolas tras siete años de gobierno socialista. Aquel movimiento expresó una indignación transversal contra una clase política incapaz de ofrecer respuestas convincentes a la crisis. Con el tiempo, buena parte de aquella rebeldía antisistema encontró acomodo institucional, ministerios, despachos oficiales y algunas residencias bastante alejadas del concepto original de una acampada reivindicativa. El trayecto desde la Puerta del Sol hasta Galapagar constituye uno de los procesos de maduración política más rápidos de la historia contemporánea.
Nadie podía imaginar que el 15-M acabaría en un chalé con piscina.
Zapatero abandonó la primera línea antes de que las urnas certificaran definitivamente su fracaso. Al dejar la presidencia anunció que regresaría a León para contar nubes. Pero la política tiene una capacidad de atracción difícil de resistir para quienes la han ejercido desde la cúspide. Terminó convertido en uno de los principales apoyos del sanchismo, respaldando sin fisuras cada uno de sus giros, rectificaciones y cambios de criterio. La fidelidad tiene recompensas, y pocas puertas permanecen cerradas para un expresidente alineado con el poder. Algunas de esas puertas aparecen descritas, negro sobre blanco, indicio sobre indicio, en el auto de imputación dictado por el juez Calama.
Especialmente controvertido ha sido el papel de Zapatero en Venezuela. Durante años cultivó una estrecha relación con el régimen chavista bajo la bandera de la mediación y el diálogo. Sin embargo, una parte significativa de la oposición democrática venezolana terminó percibiéndolo más próximo a Maduro que a quienes padecían la persecución política, la represión y el exilio. Resulta una paradoja difícil de ignorar que quien invoca constantemente la memoria histórica para denunciar los abusos de una dictadura de hace medio siglo haya mostrado tanta comprensión hacia un régimen contemporáneo acusado por organismos internacionales de graves vulneraciones de los derechos humanos.
Ahora que el faro moral del sanchismo se apaga ante el oscuro horizonte judicial que se cierne sobre Zapatero, seguramente se pregunte si no habría sido mejor cumplir aquella promesa de regresar a León a contar nubes.