Hace treinta años nos devolvían el dinero si llegábamos seis minutos tarde. Ahora lo único que queremos es poder mandar ese mensaje a casa: «Tranquilos, ya me he bajado del tren sano y salvo».
Hace treinta años nos devolvían el dinero si llegábamos seis minutos tarde. Ahora lo único que queremos es poder mandar ese mensaje a casa: «Tranquilos, ya me he bajado del tren sano y salvo».
Como la mayoría, estoy harto. Habrá alguno que no, claro, hay gente para todo. Allá su nivel de tolerancia a la putrefacción.
Harto de vivir con esta sensación de zozobra, de que todo se va a la mierda mientras los que mandan siguen preocupados solo por conservar el sillón, el coche oficial y el avión privado. Y el sueldazo, claro. Bueno, y las vacaciones en Lanzarote.
Estoy aburrido de las ruedas de prensa vacías, de las explicaciones que no explican nada, de los minutos de silencio para hacerse la foto, de los pésames institucionales cortados y pegados de la vez anterior y de esa extraordinaria capacidad que tiene el PSOE para sobrevivir a cualquier desgracia.
El otro día llegaron los del Gobierno de Sánchez al CECOPI, con sus chalecos de disfraz de carnaval, y por un momento parecían ellos las víctimas. Marlaska besó a Óscar Puente. Casi podía escucharse el mensaje: tranquilo, hombre, saldrás de esta, seguirás cobrando tu sueldazo. Quizás no de ministro, pero ya te encontrará el partido otro puesto. O incluso de ministro, qué más le da a Sánchez.
Pero, sobre todo, estoy harto de pensar que mañana puede volver a ocurrir otra tragedia. Así, tranquilamente. Como quien consulta la previsión del tiempo y descubre que el martes va a llover.
Pum. Otro. ¿Otro? Sí, otro, me dijo uno del trabajo. Así me enteré de este último. A ninguno de los dos nos sorprendió.
Mientras escribo, empiezan a conocerse las identidades de los muertos, ya asoman por las redes sociales, y se parecen tanto a nosotros, a nuestros familiares, a nuestros amigos, a nuestros compañeros de trabajo.
Ves sus fotografías y tienes la sensación de haberlos visto antes. En una terraza, en la cola del supermercado, en el ascensor de la oficina. Gente que tenía una vida, un trabajo, una familia, planes para el fin de semana. Gente que salió de casa con una maleta, un billete y la tranquilidad de quien va a hacer algo tan corriente como coger un tren.
Ya nada parece normal en la España sanchista. Ni coger un tren. Hace nueve meses nos dijeron que lo que acaba de pasar era imposible que pasara otra vez. Pues acaba de volver a pasar.
Cualquiera de nosotros podría haber ocupado uno de aquellos asientos y encontrarse de pronto en mitad de un escenario de guerra. Todos hemos cogido un AVE. Esto no es asumir riesgos gratuitos como quien hace Óscar Puenting.
Hace treinta años, cuando internet parecía una fantasía y los teléfonos móviles eran unos ladrillos que llevaban los ejecutivos en el maletero del coche, el AVE te devolvía el billete entero si llegaba seis minutos tarde. Seis minutos. Teníamos un país que presumía de puntualidad ferroviaria.
Hoy tienen que pasar más de noventa minutos para que te devuelvan todo el dinero. Cada vez cuesta más confiar en las cosas elementales que antes eran pura normalidad. Hasta aquí llegó el progresismo, como esas marcas que dejan las riadas en las paredes de las casas.
Llevamos ocho años de sanchismo y tengo la sensación de que todo lo concreto se ha ido al garete. Pero ahí siguen los mismos ministros, los mismos asesores, los mismos argumentarios, las mismas explicaciones que parecen redactadas antes de que sucedan las cosas.
A veces tengo la impresión de que el Gobierno dispone de un protocolo para cualquier catástrofe: lamentar profundamente lo ocurrido, acusar de hacerle el juego a la ultraderecha a quien pregunta y esperar a que llegue el siguiente escándalo. Lo importante es aguantar. Un día más, una semana más, una legislatura más. Que no se pierda el despacho, que no se pierda el coche, que no se pierda el avión.
No sé en qué momento empezamos a acostumbrarnos a todo esto. A los trenes detenidos durante horas, a las averías, a los retrasos, a las incidencias que se suceden como capítulos de un culebrón interminable. A que cada problema venga con una explicación tranquilizadora y la promesa de que se están tomando todas las medidas necesarias.
Es una expresión maravillosa, «todas las medidas necesarias». Sirve para una inundación, para un apagón, para una avería ferroviaria. Se pronuncia con gesto grave, se recoge el micrófono y hasta la próxima.
Nueve meses después de Adamuz hemos tenido otra tragedia ferroviaria. ¿Qué se corrigió desde entonces? ¿Qué medidas se adoptaron? Son las preguntas que importan.
Por supuesto que gobernar es complicado. Para eso existen los gobiernos, los ministerios y las personas que cobran por dirigirlos. Para ocuparse de las cosas complicadas. Para las sencillas ya nos apañamos nosotros.
Y esto no ha acabado. Lo verdaderamente inquietante es que no sabemos dónde será la próxima, pero vivimos todos con el miedo del que sabe que habrá una próxima.
Hace treinta años nos devolvían el dinero si llegábamos seis minutos tarde. Ahora lo único que queremos es poder mandar ese mensaje a casa: «Tranquilos, ya me he bajado del tren sano y salvo». Y eso es todo.