"Para ayudar a vivir con dignidad, trámites. Para ayudar a morirte, firme aquí y lo tiene. Qué casualidad. La única puerta que se abre deprisa es la que sirve para que dejes de sufrir"
No hay cosa peor que creer que tienes algo y descubrir, justo cuando más lo necesitas, que era trola. Que no hay nada. Que la red pública que creías debajo es solo un papel oficial que atraviesas camino del suelo donde vas a estamparte.
Hay gente que se pasa media vida pagando impuestos convencida de que existe un colchón para cuando llegue el desastre. Para cuando llegue la dependencia. Para cuando llegue la invalidez. El famoso Estado del bienestar con el que se les llena la boca a los malvados rojeras, que ellos sí viven muy bien de mamar del presupuesto público.
Y luego llega el momento. Y descubres que la red era un espejismo colocado para que, como un pardillo, siguieras pagando impuestos demenciales sin protestas ni preguntas. Es como tener en el garaje un coche y, cuando lo necesitas con urgencia para ir al hospital, darte cuenta de que no tiene motor, ni ruedas, ni volante. No es un coche. Es una tomadura de pelo.
Lo público es extraordinariamente rápido cuando quiere. Para cobrarte una multa. Para embargarte una cuenta. Para reclamarte un papel. Para inspeccionarte. Para recaudar. Ahí la maquinaria funciona con una precisión admirable. Ahora, en Pamplona, han llenado la ciudad de cámaras para crujirte si no llevas el cinturón de seguridad puesto. No hay retrasos, no hay problemas informáticos, no hay mesas técnicas ni procedimientos pendientes. Antes de que quieras darte cuenta, una maquinaria extractiva perfecta ya ha conseguido cazarte, procesarte, localizarte y dejarte la multa en el buzón. Para pagar tienes todas las opciones que quieras.
Pero cuando eres tú quien necesita algo, la Administración entra en una dimensión paralela donde el tiempo transcurre de otra manera. Los días se convierten en semanas, las semanas en meses y los meses en informes, estudios, reglamentos pendientes y trámites que todavía están siendo valorados por alguien en algún despacho. Y si pasas ese filtro, te dicen que sí, que bueno, pero que ahora no hay dinero. Se lo habrá llevado algún asesor de Txibite, alguna asociación para chochocharlas subvencionadas o alguna comida de sindicato.
Esta semana hemos sabido que las ayudas prometidas por el Gobierno de Txibite para los enfermos de ELA en Navarra siguen sin activarse tres meses después de haber sido anunciadas. Tres meses. Noventa días. Para la Administración quizá no sea mucho tiempo. Para quien padece una enfermedad degenerativa e irreversible, es una eternidad. Mil cuatrocientos cuarenta minutos al día agobiado porque la ayuda no llega. Y mañana otra vez. Y al otro. La angustia de no saber si tienes que esperar un día, diez, cien o nunca.
La ELA no espera. Pero eso al político le da igual. Txibite no vive de ayudarte. Vive de que la gente que no tiene ELA crea que te ayuda y siga votando convencida de esa mentira. Así de perversa es la política. El relatito famoso.
La enfermedad no entiende de relatos. No es una novela. Sigue avanzando cada día mientras Txibite calcula votos.
Y entonces aparece la solución más rápida que la izquierda sí parece tener siempre preparada desde el minuto uno: la eutanasia. Para eso no hay tanta duda, ni tanta espera, ni tanta mesa técnica. Para ayudarte a vivir con dignidad, trámites. Para ayudarte a morirte, firme aquí y lo tiene. Qué casualidad. La única puerta que se abre deprisa es la que sirve para que dejes de sufrir; es decir, para que dejes de molestar.
Cuando enfermas sales de la caverna platónica en la que vive la inmensa mayoría de la población y te das de bruces contra la realidad. Durante décadas se nos ha explicado que la función de lo público era proteger a quienes más lo necesitan. Que el Estado era el escudo. Que nadie quedaría atrás. Que cuando llegaran las desgracias verdaderas aparecería la ayuda. Sin embargo, cuando llegan, ves que detrás solo hay propaganda. Y ya no tienes fuerza para combatirla. Ya no puedes explicarle a la sociedad que era mentira, que esa red que ven cuando se asoman al vacío no existe salvo en su imaginación. Y eso es todo.