En 2026 el mundo ha evolucionado, queridos aberchándales, y la gente está hasta los cojones de vuestras pancartas plásticas, vuestras bengalas humeantes y la monstruosidad de los homenajes a vuestros asesinos por la vía pública.
Sigamos con el monotema. Total, en Pamplona tampoco hay mucho más.
¿De qué vas a hablar? ¿De que Asirón ha decidido demoler los Caídos empezando por la cuesta de Beloso? ¿De que las carreteras están hechas un potorro, con un asfalto que parece bombardeado por falta de mantenimiento de Txibite?
A sus votantes les da igual que hayan talado decenas y decenas de árboles en Beloso, que, por lo que se ve, ha alterado la consistencia del terreno. O que vayas por la autovía —en euskera, autobia— de San Sebastián dando más saltos y bandazos que en aquella barraca sanferminera donde te daban un pito, te ponían la canción de El auto nuevo —“Eeeeeeen el coche de papáááá”—, de Los Payasos de la Tele, y te sacudían más que si fueras en villavesa un día cualquiera: acelerón va, frenazo viene… pipipí.
Aprovecho estas líneas para hacer un llamamiento a los villaveseros: por favor, contención, que vamos a tener que tomar, a este paso, Biodramina en cada viaje. Gracias.
Tenemos a los aberchándales alucinando porque esta vez la gente les haya dicho basta; más gente, gente que aún seguía mirando hacia otro lado, sin querer ver lo que siempre se veía, para tener la fiesta en paz: que su Korrika, ese pack indisoluble de euskera, ikurriña y asesinos, es una puta mierda.
Una puta mierda completamente pasada de moda, de otra época, de los ochenta. Que es donde viven eternamente los aberchándales —su edad dorada—, en unos años ochenta donde eran igual de cazurros que ahora, pero nadie les tosía: quien tosía amanecía en una kuneta —kuneteros aberchándales a ritmo de un asesinato cada tres días— con un tiro en la nuca.
No les faltan ni las furgonetas viejas por la Estafeta que preceden a la carrera; pero tú, perolo, que no entres, que te multan porque contaminas. Plástico a mansalva en forma de pancartas de todo tipo, pero tú no lo uses para las bolsas de la compra; y bengalas a saco, bien de humo y fuego. Luego son los mismos que te dan la brasa con no cuidar el planeta si pasas de separar en la basura la tapa del yogur de las cáscaras de plátano y mirarte mal a cuenta de eso del cambio climático; ojo ahí. Y sus etarrillas, claro, que esto sin sus etarrillas no tendría sentido: abriendo la manada, en primera fila, que se vean.
Alucinan, digo: “¿Cómo os ponéis por lo que hemos hecho siempre? Fascistas, que sois unos fascistas porque queréis sacar rédito político a lo que es una tradición, que homenajeemos a nuestros asesinos corriendo por el euskera, ikurriña en mano. ¡Tenéis que seguir mirando para otro lado, como siempre, fascistas, por el bien de la convivencia y la paz!”. Así está el manicomio foral.
En 2026 el mundo ha evolucionado, queridos aberchándales, y la gente está hasta los cojones de vuestras pancartas plásticas, vuestras bengalas humeantes y la monstruosidad de los homenajes a vuestros asesinos por la vía pública, con el dinero de nuestros impuestos, recuerden: que eso también jode mucho.
Recíclense, casposos y horteras míos, que ya la vida y la realidad os han pasado por encima. Esto no son los ochenta, veteranos de la kale borroka pidiendo pensión. Esto ya es otra pantalla. Y eso es todo.