"Pero demasiadas veces el gesto es la coartada estética de no hacer nada. El sucedáneo sentimental de la acción".
Son bonitos los gestos. Una maravilla los gestos. Haces una cosa que no sirve para nada y, de pronto, te conviertes en mejor persona. En la mejor persona del mundo. Gestos. Política de gestos. Haz un gesto. El gesto.
Poner una bandera palestina en el balcón de tu barrio moralmente satisfecho de una capital de provincias. Colgar una pancarta en un puente para que la vean los conductores al pasar. Plantar carteles metálicos en euskera y español avisando de que Pamplona no tolerará agresiones sexistas. Hay uno, metálico y solemne, en mitad del monte, por la carretera de la fábrica de armas de Eugui, como si los osos, los jabalíes y los excursionistas extraviados fueran público objetivo de la campaña. Quizá habría que ampliar los idiomas, visto lo visto. Igual el último detenido por presuntamente intentar violar a una mujer, de origen pakistaní, según la información publicada, no terminó de entender el mensaje. La siguió, al parecer, desde la zona del hotel Tres Reyes hasta que la asaltó, amparado por la noche, en Trinitarios.
Habrá que hacer algún gesto, se dirán los profesionales del gesto. Algo. Una concentración de cinco minutos. Una declaración institucional. Una foto en la puerta del ayuntamiento. Una pancarta morada. Un minuto de silencio. Un minuto, sobre todo, muy fotografiado. Un minuto con convocatoria de prensa. Vamos a hacer el gesto, traigan sus cámaras, por favor. Con el jefe de prensa metiendo prisa: aguanten, aguanten, quince segundos más de gesto. ¿Lo tenemos, compañeros?
Los gestos se parecen un poco a lo que hago yo en las broncas de tráfico cuando no quiero comprometerme demasiado: juntar los dedos de la mano, como hacen los italianos, y agitarlos detrás del parabrisas cuando otro conductor me saca el dedo corazón. No arregla nada, no cambia nada, no evita nada, pero me permite seguir conduciendo con la conciencia un poco más divertida. A veces creo que tengo broncas en el coche solo para hacer ese gesto.
Supongo que hoy se pondrán en la puerta del ayuntamiento a hacer el gesto. O quizá no. Últimamente el aberchandalato está cansado incluso para posar. Sobre todo cuando la violencia obliga a mirar de frente las zonas oscuras de unas políticas que durante años se han vendido como bondad automática.
¿Para qué sirve el gesto de un gobernante? Para hacer creer al gobernado que se está haciendo algo. Algo útil, algo práctico, algo que tendrá consecuencias favorables para la sociedad. Pero demasiadas veces el gesto es la coartada estética de no hacer nada. El sucedáneo sentimental de la acción.
Si estás haciendo una maniobra de reanimación, no tienes tiempo de grabar un vídeo para Instagram contra los infartos. Si estás impidiendo una agresión, no estás diseñando una campaña. Si tres jóvenes oyen gritos en la noche, corren y salvan a una mujer de una presunta violación, no están haciendo un gesto. Están haciendo algo.
Ahí está la diferencia. Los gestos pertenecen al teatro. La acción pertenece a la vida.
Los gestos son la base de la pantomima política. “Yo soy como tú”, le dicen al ciudadano desde su escenario, con sus focos, sus cámaras, sus periodistas de partido, sus mascarones de tragedia griega y sus frases aprendidas. “Nos duele”, dicen. “Condenamos”, dicen. “No toleraremos”, dicen. Y el público aplaude cuando acaba la función.
Pero la mujer no estaba en un teatro. Estaba sola, de noche, en una zona oscura. No necesitaba una pancarta. No necesitaba un cartel bilingüe. No necesitaba una declaración institucional. Necesitaba que alguien oyera sus gritos y acudiera.
Y acudieron tres jóvenes. Ellos no hicieron un gesto. Ellos hicieron política real. Y eso es todo.