• miércoles, 16 de septiembre de 2026
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Opinión / A mí no me líe

El Tinder analógico de los sesentones del Molino de Caparroso

Por Javier Ancín

"A los sesenta, uno ya debería haber reunido pruebas suficientes contra la esperanza y, sin embargo, el viernes habrá hombres y mujeres que volverán a exponerse al mecanismo más antiguo y terrible del mundo".

Conforme uno se va acercando a ciertas edades comprende que todo lo importante ya estaba en el patio del colegio. Vive, pensaba entonces, ya te harás adulto y lo comprenderás todo.

Luego te haces adulto y no comprendes nada. Asistes al mundo, al menos yo, con la mayor de las perplejidades. «¿Qué cojones es esto?» es probablemente la pregunta que más veces me hago a lo largo del día.

La edad no trae conocimiento. La edad trae, como mucho, cierta lucidez para aceptar resignadamente que nadie va a tocarnos con una varita y concedernos de pronto la capacidad de entender las cosas.

A veces hay que dejar de ser un cínico y perdonar a los demás que sigan intentándolo. Por eso me ha arrancado una sonrisa melancólica leer que este viernes se reúnen en el Molino de Caparroso personas de entre 55 y 65 años para conocerse. Sin aplicaciones. Se sientan, hablan y después cada uno dice en privado a quién le gustaría volver a ver.

En los cuatro encuentros anteriores participaron 57 personas y hubo once coincidencias. Once veces alguien escribió un nombre y, en alguna parte de la misma sala, alguien había escrito el suyo.

Todo estaba en el patio del colegio.

Hay gente que aún cree. Gente que piensa que nunca es tarde, aunque a veces sea tarde realmente. Me impresiona eso. A los sesenta, uno ya debería haber reunido pruebas suficientes contra la esperanza y, sin embargo, el viernes habrá hombres y mujeres que volverán a exponerse al mecanismo más antiguo y terrible del mundo: me gusta alguien y quiero saber si yo también le gusto.

Y al final seguimos esperando que alguien escriba nuestro nombre. Debe de ser eso lo último que envejece de nosotros. Las ganas de importarle todavía a alguien que hasta hace cinco minutos no sabía que existíamos.

El Molino de Caparroso tiene un balcón sobre el Arga. Desde allí se ven las pasarelas del Club Natación, las de Secretos del corazón. En aquella película era un niño quien intentaba comprender a los adultos. Ahora son los adultos quienes siguen allí, sin haber comprendido gran cosa. Las pasarelas ya no son las mismas. Nosotros tampoco. O sí.

Al final, esos desconocidos no buscan algo muy diferente de lo que buscábamos con diecisiete años: encontrar a alguien con quien ir a merendar al Café Vienés de la Taconera, sentarnos junto a sus grandes ventanales y mirar cómo iba entrando el otoño, que tanto odiaba, mientras era inexplicablemente feliz dentro de él, comiéndome un strudel de manzana, fumando un Lucky y apurando el segundo café mélange a tu lado.

El Café Vienés tampoco existe.

Pero el viernes habrá gente que vuelva a salir a buscarlo. Aún quedan valientes.

Tengan cuidado ahí fuera. Y eso es todo.

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