• viernes, 05 de junio de 2026
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Opinión / A mí no me líe

Vivimos esperando a vivir

Por Javier Ancín

“Vivimos como si los billetes de vuelta nunca se cancelaran, como si cada día trajera garantizada su continuación”

Nadie sale de casa pensando que sale de casa para siempre.

A lo mejor deberíamos pensarlo más. No todo el rato, claro. Nadie puede vivir desayunando con una calavera encima de la mesa. Pero sí alguna vez. Quizá no vuelva. Yo. Él. Ella. Nosotros. Vosotros. Vivimos como si los billetes de vuelta nunca se cancelaran, como si cada día trajera garantizada su continuación. “Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde”, escribió Gil de Biedma. Más tarde: ahí estaba el meollo. Casi siempre comprendemos tarde que lo corriente era lo importante.

Y que el ahora puede romperse con un chasquido.

Somos la rutina aburrida que un día quedará destrozada. La misma rutina que entonces añoraremos igual que se añora el agua caliente cuando se rompe la caldera. Qué feliz era, pensaremos, aburriéndome. Qué feliz era creyendo que merecía algo mejor.

Uno no sabe que está viviendo una época feliz mientras la vive. Cree que la felicidad tiene que venir con una revelación, con un viaje, con una casa más grande, con otro trabajo, con un amor perfecto, con una cuenta corriente menos humillante, con un cuerpo distinto, con una vida corregida. Y mientras espera todo eso, desprecia la mañana vulgar, la conversación repetida, la mesa puesta, el paseo sin importancia, el mensaje que llega, la voz de siempre al otro lado de la puerta.

Luego lo arreglo, pensamos. Luego llamo. Luego pido perdón. Luego contesto. Luego viviré de verdad, cuando tenga tiempo, cuando esté mejor, cuando pase esta mala racha. Y luego algunos se jubilan y enferman. O llegan cansados. O llegan tarde. O ya no saben qué hacer con tanta vida aplazada.

El luego es muy caprichoso.

Por eso algunas noticias nos dejan quietos. No porque nos expliquen nada nuevo, sino porque nos devuelven, de golpe, una verdad antigua: no somos dueños de nada, mucho menos del tiempo. Hacemos planes como si mandáramos sobre él. Ordenamos la semana, aplazamos llamadas, dejamos abrazos para después, convertimos el presente en una sala de espera.

Vivimos esperando a vivir.

Pero sí podemos mirar con un poco más de atención lo que ya está aquí. La vida buena, muchas veces, no se parece a la vida soñada. Se parece más a alguien entrando en casa, a una tarde sin sobresaltos, a una comida normal, a un cuerpo que todavía responde, a una conversación absurda, a una luz encendida en una ventana conocida.

Nos pasamos media existencia corrigiendo mentalmente la que tenemos. A esto le falta dinero. A esto le falta amor. A esto le falta éxito. A esto le falta juventud. A esto le falta argumento. Pero también casi siempre hay algo que no estamos viendo porque nos parece garantizado. Lo garantizado es lo primero que se vuelve sagrado cuando se pierde.

Uno aprende tarde. Casi todo lo importante se aprende tarde. Que la rutina no era una cárcel, sino una forma modesta de hogar. Que el aburrimiento compartido podía ser un oasis. Que aquella llamada molesta era una presencia. Que aquel domingo sin planes era abundancia. Que aquel “hasta luego” dicho sin ganas era exactamente lo que echaríamos de menos.

Carpe diem, decían los clásicos, aunque nosotros hayamos convertido la frase en una taza de desayuno o en un tatuaje de gimnasio. Quizá era esto. Entender que la vida casi nunca se presenta vestida de gran acontecimiento. La vida suele venir en pijama.

Así que quizá convenga empezar por ahí. Por no esperar tanto. Por entender, aunque sea un momento, que salir de casa y volver no es una rutina. Es un milagro cotidiano. Y eso es todo.

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