Descorazona comprobar cómo cualquier despedida de soltero, de las muchas que se celebran en Pamplona, congrega a más gente que los actos en recuerdo de las víctimas del terror a los que periódicamente nos convocan sus familiares.
Hace unos años, el Gobierno de Navarra instaló en el paseo de Sarasate un contenedor con el lema “Deconstruir el Franquismo”, en el que se exponía “la simbología represiva” de la dictadura. La mayor parte de las 300 piezas exhibidas, con gran alharaca, eran chapicas del Instituto Nacional de la Vivienda incautadas en edificios de VPO que reproducían el yugo y las flechas originarios de los Reyes Católicos, que la Falange hizo suyos. Intuyo que habrá quienes extrañen dichas placas, pero no precisamente añorando el franquismo, sino la promoción de las hoy inexistentes viviendas sociales.
El celo con el que se persigue la oprobiosa dictadura —felizmente superada, a pesar de los desesperados intentos de unos cuantos por estirarla ad infinitum— contrasta vivamente con la tolerancia, cuando no exaltación, de otros fascismos más cercanos en el tiempo. Me refiero concretamente al encarnado por ETA, como lo prueba la impunidad con la que un niño encabezó recientemente la Korrika, contaminando las calles de Pamplona con el rostro de un criminal en su camiseta. Patxi Ruiz, que así se llama el matarife, no es un delincuente cualquiera, sino el asesino de Tomás Caballero, concejal iruindarra democráticamente elegido, legítimo depositario, por tanto, de la soberanía popular a nivel municipal.
Pocas cosas eran tan previsibles como que la Korrika serviría, una vez más, de marco a la apología del terror, pues siempre lo ha sido. No esperaba yo, eso sí, que, superando todas las cotas imaginables de la vileza, emplearan a un chiquillo para ello. Y es que los muetes acostumbran a lucir prendas con personajes que protagonizan acciones heroicas a imitar, como los salidos de la factoría Marvel, o que recuerdan a otros más locales, como nuestro entrañable Caravinagre. Me pregunto qué puede llevar a un niño —o a sus irresponsables padres— a prostituir su cuerpecito homenajeando a un homicida.
Vivimos en una sociedad enferma. Nos movilizamos por injusticias llegadas de lejanas tierras mientras callamos ante las de aquí. ¿Qué diablos nos está pasando? Descorazona comprobar cómo cualquier despedida de soltero, de las muchas que se celebran en Pamplona, congrega a más gente que los actos en recuerdo de las víctimas del terror a los que periódicamente nos convocan sus familiares.
No se entiende por qué el Estado, cuyos jueces y fiscales no mueven un solo dedo para actuar contra quienes enaltecen impunemente el terrorismo, no ampara a las sufrientes víctimas. Repugna que la insaciable ansia de poder de los socialistas pase por premiar a los infames herederos de ETA —que no tienen la menor intención de renegar de su siniestro pasado— regalándoles más poder del que jamás soñaron alcanzar. Es hiriente que Pamplona esté presidida por un títere que, como buen batasuno, va afinando su capacidad de causar dolor a las víctimas.
El asesinato de Miguel Ángel Blanco marcó el principio del fin de ETA. Fue la gota que colmó el vaso de una sociedad ahíta de violencia que dijo ¡basta! Algo así debería suceder en Navarra en reacción a lo acontecido en la última Korrika. Ni un solo euro de nuestros impuestos para financiar la macabra fiesta de exaltación del terror, descontando unos simbólicos céntimos en las declaraciones fiscales para no mancharnos las manos de sangre. Ni un solo representante de las víctimas del terrorismo en actos a los que asistan miembros de EH Bildu o del PSN, mientras no rompan con los abertzales. Ni un solo voto, sean ustedes de derechas o de izquierdas, nacionalistas o no, a quienes nos humillan restregándonos fotos de asesinos y a quienes en ellos se apoyan, pues la defensa de la dignidad humana está muy por encima de cualquier política sectorial.
La valiente María Caballero y el cobarde tándem Asirón&Abaurrea representan lo mejor y lo peor de nuestra tierra. Una sociedad que encumbra a los malos y escora a los buenos ha entrado definitivamente en fase terminal.
Amo el euskera. Mi familia paterna desciende de la regata del Bidasoa y mi abuelo Mañuel murió pronunciando sus últimas palabras en esa lengua. Yo la estudié en la ikastola y, durante mis largos años de ejercicio profesional en Euskadi, las gentes del mar y de la montaña que se sentían más cómodas dirigiéndose a mí en ese idioma así lo hicieron. También autoricé escrituras íntegramente en euskera, algo que les aseguro es muy infrecuente.
Precisamente por eso, me duele profundamente que quienes pretenden erigirse en defensores de la lingua navarrorum se pongan de perfil, en el mejor de los casos, tras lo vivido en la Korrika, pues muchos de los que, con toda la razón, vuelcan su ira ante tamaña ignominia, acaban haciéndolo contra una lengua que debería estar al margen de toda contienda política.
Zuek, Korrikaren antolatzaileok, terrorismoaren gorazarrea ez gaitzesteagatik, kalte larria eragiten diozue euskarari.