No se puede escuchar al Papa seleccionando únicamente aquello que confirma nuestras ideas previas; eso es hacer trampas al solitario, es construir un mensaje a nuestra medida y pretender que el Evangelio se adapte a nuestras preferencias políticas.
Pronto acabará el verano y dará comienzo el nuevo curso 26/27. Este será electoral: cuando menos, el cuarto domingo de mayo de 2027, el día 23, estaremos citados a las urnas para elegir a nuestros representantes municipales y forales. Y como pronto empezaremos a ver a todos los partidos políticos en clave electoral, me ha venido a la memoria la histórica intervención del papa León XIV ante el Congreso de los Diputados hace algo más de dos meses. Lo hizo el 8 de junio, para ser más exactos.
“Vengo ante todos ustedes como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica”. Con esta frase comenzó León XIV su intervención. No fue una frase protocolaria, ni una simple cortesía institucional, ni una presentación formal, sino la clave que permite comprender el sentido completo de todo su discurso. El Papa no habló como un comentarista político, ni como un observador externo de la realidad española, ni siquiera como un jefe de Estado que acude a una institución parlamentaria; habló como sucesor de Pedro, como Pastor de la Iglesia universal, como quien hoy tiene la misión de transmitir el mensaje de Jesucristo en el mundo contemporáneo, y precisamente por eso sus palabras iban dirigidas a todos los presentes, creyentes y no creyentes, pero de una manera muy especial a los cristianos cuya vocación profesional está en el ámbito de la política y de la gestión pública, en primera línea o desde la retaguardia.
Por eso me preocupó observar cómo algunos políticos intentaron interpretar su intervención de manera parcial, destacando únicamente aquellos párrafos que coinciden con sus posiciones ideológicas y pasando de puntillas sobre otros que les resultan incómodos. Esa actitud no es nueva, es una tentación permanente, también para quienes nos consideramos creyentes. No se puede escuchar al Papa seleccionando únicamente aquello que confirma nuestras ideas previas; eso es hacer trampas al solitario, es construir un mensaje a nuestra medida y pretender que el Evangelio se adapte a nuestras preferencias políticas en lugar de permitir que sea el Evangelio el que ilumine y cuestione nuestras posiciones.
Un cristiano que milita en un partido político, sea del signo que sea, no puede quedarse con la parte del discurso que le interesa y silenciar la que le interpela, no puede convertir el mensaje de la Iglesia en un catálogo de argumentos útiles para el debate partidista, no puede hacer el Evangelio a su imagen y semejanza porque entonces deja de seguir a Cristo para terminar siguiéndose únicamente a sí mismo.
León XIV, desde el humanismo cristiano más profundo, planteó preguntas que deberían acompañar el examen de conciencia de cualquier persona que tenga responsabilidades públicas: “¿Qué concepción de la persona humana inspira las leyes?” y “¿qué tipo de sociedad construyen esas leyes?”. Son preguntas profundas porque obligan a ir más allá de la táctica, del cálculo electoral, de las encuestas o de la inmediatez de los titulares.
El Papa nos recordó que “toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana”, y de esa afirmación surgen consecuencias concretas que ningún cristiano puede ignorar. Habló de la defensa de toda vida humana desde su concepción hasta su ocaso natural, recordando que no se trata de una cuestión parcial ni de un interés confesional, sino de una auténtica meta de civilización. Habló de la familia como realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad, defendió el derecho primario e inalienable de los padres a elegir la educación de sus hijos conforme a sus convicciones y también reivindicó la libertad religiosa y de conciencia como uno de los pilares de una sociedad verdaderamente libre.
León XIV denunció toda forma de discriminación por origen nacional, étnico, religioso, lingüístico o condición social, reclamó una cultura de la reciprocidad y del encuentro, recordó que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad política, que el migrante debe ser acogido conforme a su dignidad, defendió el respeto mutuo, la amistad cívica y la necesidad de construir espacios de convivencia incluso entre quienes discrepan profundamente.
Sus palabras adquieren una fuerza especial en una época marcada por la polarización. Vivimos en una sociedad donde con demasiada frecuencia se considera adversario a quien piensa diferente y enemigo a quien discrepa. Frente a ello, el Papa nos recordó que “la pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario”, nos advirtió de que las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos y afirmó algo que debería estar escrito en la mesa de cualquier cargo público: que “la firmeza no exige desprecio y la discrepancia no conlleva humillación”.
Tampoco eludió los grandes desafíos internacionales: habló de la paz, de la responsabilidad ética de los Estados y de la obligación de resolver los conflictos por vías pacíficas, alertó sobre los riesgos morales asociados al desarrollo de tecnologías militares basadas en inteligencia artificial y recordó que las decisiones sobre la vida y la muerte nunca pueden quedar abandonadas a automatismos ni desvinculadas de la responsabilidad humana.
Todo ello forma parte de un único mensaje, no son piezas aisladas que cada uno pueda utilizar según le convenga, sino que constituyen una visión integral de la persona y de la sociedad. Por eso el discurso de León XIV no admite lecturas selectivas, no hay un Papa para unas causas y otro para las demás, hay una misma defensa de la dignidad humana aplicada a todos los ámbitos de la vida social y política.
Quienes intentamos vivir nuestra vocación cristiana en el mundo de la política tenemos una responsabilidad especial: la autenticidad personal, el discernimiento, la formación de la conciencia y la fidelidad al Evangelio no son elementos secundarios, son instrumentos imprescindibles para evitar que la lógica del poder termine sustituyendo a la lógica del servicio.
La política necesita leyes, reformas, acuerdos y soluciones técnicas, pero León XIV fue más allá al afirmar que “junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral”. Quizá ahí se encuentre el núcleo de todo su mensaje, porque la búsqueda del bien común, con mayúsculas, no consiste en defender intereses particulares o partidistas, ni en imponer una ideología, sino que consiste en poner siempre a la persona humana en el centro de toda decisión.
Y para un cristiano esa tarea no admite descuentos, excepciones ni interpretaciones a la carta; el mensaje se acepta entero o se desfigura, exactamente igual que el Evangelio. Por eso no vale ser cristiano a tiempo parcial. ¡Gracias por tanto, papa León XIV!
Eradio Ezpeleta Iturralde
Criminólogo