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Opinión / A mí no me líe

Los atentados aberchándales contra la Universidad de Navarra

Por Javier Ancín

“En treinta años, al menos seis atentados contra un centro educativo. Seis. VI. Flipante. Seguimos haciendo memoria histórica mi colega y yo”.

Estos días nos hemos enterado de otra heroicidad del Gobierno vasco: liberar a uno de los etarras condenados por el coche bomba que explotó en la Universidad de Navarra en octubre de 2008.

Lo comentaba ayer con un antiguo compañero de la universidad cuando saltó la noticia. Ni siquiera nos poníamos de acuerdo sobre qué bomba había puesto exactamente este asesino.

—No, hombre, ese no es el que destrozó medio Faustino. Ese atentado es otro. El coche bomba que puso este asesino aberchándal es el que reventó el aula donde dábamos clase en primero de carrera.

¿Pero cuántos atentados contra la Universidad de Navarra han perpetrado los aberchándales para que los acabemos mezclando? Le dije a mi colega, y empezamos a enumerarlos. Al menos seis. Intentos, por lo que vimos en internet, unos cuantos más. En treinta años, al menos seis atentados contra un centro educativo. Seis. VI. Flipante.

Seguimos haciendo memoria histórica mi colega y yo. El atentado de 2008 es el del coche bomba aparcado junto al Edificio Central. El que demolió nuestra antigua Aula 18. Que no causara una matanza fue un milagro. Era una zona de paso masivo de estudiantes. Los aberchándales no avisaron. No se pudo desalojar la zona. Para los buenistas lo digo. Para los comprensivos con los terroristas. No, si avisaban siempre, dicen los que tratan de justificar sus salvajadas. Sí, claro. Por eso dejaron el coche bomba junto a una facultad llena de estudiantes sin que pudiera desalojarse la zona.

En 1980 intentaron volar el Edificio Central con explosivos y combustible. En 1983 pusieron un bombazo a un colegio mayor de madrugada, con cien alumnas durmiendo dentro. Los que van ahora de feministas, tú… je.

A nosotros nos podía haber pillado perfectamente en Historia Antigua I. O en Arte II. O en Teoría de la Historia. Peligrosísimas asignaturas que los aberchándales tenían que impedir a toda costa que nos fueran impartidas. En fin, puta gentuza.

Y le seguí explicando a esa adolescente el mundo que nos ha tocado vivir. Los dos centros donde he estudiado en mi vida fueron objetivo de los aberchándales. La Universidad de Navarra y el cole, que cometió el delito de llamarse Centro de Cultura Francesa.

—¿Contra un cole?

—Sí. En los ochenta, los aberchándales decidieron declarar la guerra a todo lo que oliera a francés. Un colegio. Un estudio de moda. Un kiosco de helados Miko. Un taller de barrio porque tenía un rótulo de Michelin. Bastaba eso para ponerte en el punto de mira. Bombazo y destrucción.

—¿De verdad pasó todo eso? —nos preguntó la hija de mi colega, que estaba escuchándonos entre asustada y ojiplática, como si fuéramos dos marcianos.

—Y más. Los aberchándales tienen en su haber la salvajada que quieras. Y sin salir de Pamplona, ojo, que el terrorismo de esa ideología llegó a asesinar a un niño en lo Viejo. Por decirte lo más cafre.

Ah, la memoria. El alikate Asirón, en su Tuiter, solo se acuerda de la guerra de los bisabuelos. De estas cosas, ocurridas en su presente y cometidas por su ideología, nunca se acuerda. Mecachis. De lo que significaba estudiar en una ciudad donde los terroristas aberchándales consideraban objetivo militar un aula llena de estudiantes no dice nunca ni Irroña.

Por eso hay que recordárselo siempre: el odio con el que los aberchándales han tratado a quienes no profesábamos su ideología. Un odio que dicen que ya no mata. Normal. Ya consiguió lo que buscaba.

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