• lunes, 23 de febrero de 2026
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Opinión / A mí no me líe

Otra mujer asesinada y Txibite se pone de perfil

Por Javier Ancín

Reflexión crítica tras el asesinato de Sarriguren que cuestiona la responsabilidad política de Txibite y la reacción del Gobierno ante la violencia contra la mujer.

Quizás soy yo, que ya me da mucha pereza todo y ya no me creo nada, pero tras el asesinato de Sarriguren del otro día, todas las condenas y concentraciones me producen un cansancio, un hartazgo, una sensación de empacho insoportable.

Vuelven a matar a una mujer y la única pregunta relevante que me interesa es siempre la misma: ¿se podía haber evitado? Y lo único que encontramos es a gobernantes que tratan por todos los medios de que esa pregunta quede sin respuesta y de que no se les asocie de ninguna manera con ese crimen.

Lo primero que le leí a Txibite fue un tuit que sonaba más a control de daños, a mí qué me cuentan, oiga, que a asunción de responsabilidades como gobernante que es, porque a veces se olvida, empezando por ella, que Txibite es la presidenta de Navarra.

Que nadie se mueva, me adhiero a la oposición como una lapa para que nadie pregunte, para que nadie nos pregunte si podíamos haberlo evitado siendo Gobierno y teniendo como tenemos una policía a nuestras órdenes. Un gobernante no tiene nada que ver con la oposición porque la oposición no tiene responsabilidades de gobierno. Si un gobernante quiere que la oposición gobierne, que se pire a su casa.

Un gobernante no es ni la oposición ni mucho menos el pueblo. Un gobernante no puede indignarse ni consternarse como lo hace un ciudadano impotente. Si quiere comportarse como el pueblo, que deje de gobernar. Un gobernante tiene que actuar, prevenir, evitar.

Yo no quiero gobernantes condenando nada, poniéndose los primeros delante de una pancarta con gesto compungido, ay, miradme, votantes, cuánto sufro, sufro tanto que parece que la víctima soy yo y no la mujer asesinada.

Yo quiero un gobernante que evite asesinatos. Y si no puede evitarlos, que salga y diga: ha sido culpa mía, tenía que haber hecho más. Tengo los medios y debería haber sabido utilizarlos. Y si esto sucede de forma habitual, que presente la dimisión y se vaya a su casa, y allí se indigne todo lo que quiera, y que pase el siguiente a ver si sabe hacerlo mejor.

Eso es un gobernante. No uno que se escaquee tras tuits de condena y manifestaciones destinadas exclusivamente a lavar su propia imagen.

Un gobernante debería huir del sentimiento. “Hazte enfermera, cabrón”, le decía Márquez a Barlés en Territorio Comanche cuando se le metía en cuadro. Estoy harto de estas políticas que solo consisten en vendernos sentimentalismo. Un gobernante tiene que ser la prosa de un prospecto de medicamento o de un libro de instrucciones de una licuadora: claro, frío, eficaz. Si un gobernante es un telefilme de sobremesa, destinado a conmover, es un mal gobernante.

Necesitamos urgentemente un Gregorio De Falco, el capitán de la guardia costera que se convirtió en símbolo de la responsabilidad con sus gritos a Francesco Schettino cuando mandó a pique el Costa Concordia. Alguien que les grite a nuestros gobernantes: “¡Vuelvan a bordo, cazzo!”. Y déjense de monsergas, que ya estamos hartos de gobernantes que solo saben salir por patas ante cualquier problema que, como Gobierno, tengan que afrontar.

Si han vuelto a matar a una mujer, claro que tienes responsabilidad por no haber sabido protegerla. Y eso es todo.

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