• lunes, 18 de mayo de 2026
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Opinión / A mí no me líe

Gora Andalucía askatuta

Por Javier Ancín

La izquierda contemporánea ya no parece obsesionada con mejorar la vida material de la gente, sino con fragmentarla emocionalmente en identidades cada vez más pequeñas y enfrentadas.

La candidata del PSOE a la presidencia de la Junta, María Jesús Montero. EFE/Julio Muñoz

Andan felices los batasunos por Twitter. “Es nuestro momento”, gritaban ayer: les ha brotado un nacionalismo a los andaluces. Por la izquierda, claro. Por el único sitio por el que todavía brota el nacionalismo en España, porque los otros nacionalismos son fachas. La prioridad nacional española es reaccionaria; la prioridad andaluza, gallega, catalana o vasca, al parecer, progresista. Una cosa es pedir prioridad nacional para los españoles y otra, muy distinta y según ellos perfectamente legítima, pedir prioridad andaluza, gallega, asturiana, catalana, vasca, leonesa o de las Chimbambas.

Si se han fijado, estos partidos nacionalistas de izquierda repartidos por todas las autonomías hablan fatal de España, pero luego cada una de las diecisiete comunidades autónomas, por separado, resulta ser lo mejor del planeta. Ya me contarán cómo se cuadra ese círculo: España es una mierda, pero las diecisiete autonomías que la componen son maravillosas. El conjunto es espantoso; las piezas, sublimes. Misterios de la geometría progresista.

Tener una frontera en España es malo. Tener diecisiete, cada una con sus males de España a cuestas —el caciquismo, el enchufismo, el derroche y el robo—, es bueno. ¡Arriba los euskopasaportes!

Pues nada: la izquierda del siglo XXI está en el cantonalismo. La alpargata, la lengua regional, los bailes autóctonos y las castas identitarias. Porque de eso va realmente el invento: burocracia local, subvención, red clientelar y una oligarquía política con poder absoluto envuelta en folclore para parecer pueblo. Todos los nacionalismos regionales acaban pareciéndose muchísimo entre sí: mismos símbolos, mismas consignas emocionales y mismo objetivo de fondo: que gobiernen siempre los mismos.

Una casta identitaria al mando y, a ser posible, sin oposición. Porque en cuanto te opones, en cuanto dices que son unos inútiles, te llaman antieuskaldún, anticatalán, antiandaluz o enemigo de la patria correspondiente. Aquí, en Pamplona, ya nos conocemos el truco. Cuando al partido de la ETA le dices que son unos inútiles porque te deforestan la cuesta de Beloso o te dinamitan ese patrimonio inmaterial de la ciudad que eran los baños del paseo de Sarasate, su tropilla pringada te responde siempre con la misma gilipollez: eres un enemigo de la patria vasca.

La izquierda, salvo conseguir que vivas mejor, te ha propuesto de todo para que sus dirigentes sigan viviendo en chalés. Incluso volver al principio: volvamos a los cantones. Volvamos a los paisitos sentimentales, a las castas locales, a los familiares colocados a dedo, a los presupuestos cautivos y a que nadie ose chistar, porque entonces serás euskarófobo, catalanófobo, andaluzófobo o lo que toque. Ya me conozco yo a mis clásicos.

En fin, qué coñazo. Con lo fácil que es, y a la vez tan complicado: una casa en propiedad, un coche para moverse libremente, un mes de vacaciones en la playa, una sanidad que funcione y una educación —mejor concertada que pública, un cheque escolar para todos y el que más chifle, capador— para que cada uno eduque a sus hijos según sus preferencias ideológicas y no según las de quien gobierna.

La izquierda contemporánea ya no parece obsesionada con mejorar la vida material de la gente, sino con fragmentarla emocionalmente en identidades cada vez más pequeñas y enfrentadas. Pongamos una frontera en Viana, con su verja y su alambre de espino y su euskopolicia aduanera, para que sus jefes sigan viviendo como Dios a base de subirte los impuestos hasta el delirio.

Si no ha funcionado la Europa de los Estados, ya me dirán cómo va a funcionar la de los ridículos paisitos sentimentales. La izquierda hace tiempo que no quiere transformar la sociedad, porque no puede; solo está interesada en parcelarla hasta el infinito para que nunca se le escape el poder, es decir, tener siempre el control de los dineros. Y eso es todo.

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