No es normal, pero desde dentro no te das cuenta. Esa sensación ideológica irrespirable a la que te somete el poder aberchándal, cuando vives en medio de ella, no la ves. El bosque solo se ve en la lejanía; desde dentro solo ves árboles. Una sucesión de banderas, pancartas, cartelería y pintadas. Para eso sirve viajar: para tomar conciencia de esa terrible selva de consignas y símbolos en la que te obligan a vivir cada instante de tu vida. Tu vida dominada por su ideología, tu vida regida por su ideología. Es su ideología lo que pretenden los aberchándales que sea tu vida, y en ello trabajan sin descanso. Toda una estructura puesta al servicio de moldearte, de someterte. No pienses, ya lo hacemos nosotros por ti.
Cuando sales fuera es cuando mejor lo ves: la excepcionalidad en la que te obligan a vivir. Lo invaden todo. Todo el espacio público está secuestrado para recordarte cada segundo su monserga, la turra aberchándal, la opresión constante. Cuando sales fuera te das cuenta de que ese relajo mental que sientes es porque el espacio común es neutro. Es decir, la gente está a sus cosas y no se dedica todo el santo día a saturarte la cabeza con ellas.
El poder se dedica a poner farolas y arreglar carreteras, no a que los suyos, sus fanáticos, te bombardeen con reivindicaciones ideológicas en cada acera. ¿Alguien se imagina que en la típica reunión de vecinos, de lo que más se tratara no fuera de arreglar el ascensor o esa filtración en el garaje, sino de darte la turra con sus presos asesinos aberchándales, ikurriñas, y que la junta te repartiera pasquines sobre lo malo que es el capitalismo?
Hoy, una manifa en el rellano para gritar contra el Estado opresor, de modo que, mientras gritas contra España, el presidente puede echarse la siesta y no dedicar ese tiempo a mejorar la vida del resto de vecinos, peleándose con la empresa que tiene que cambiar el tejado, que ha decidido usar malos materiales sin que te enteres, a ver si cuela.
Pamplona no merece ser bombardeada ideológicamente por el poder ni por su tropilla de fanáticos a cada paso. Pamplona no debería dejar de ser nunca la típica ciudad aburrida de provincias, bonita, cuidada, limpia…, donde la gente pueda desarrollar su proyecto vital en paz, feliz y tranquila, sin que nadie le dicte en qué debe pensar cada vez que sale a la calle. Una ciudad neutral es una ciudad libre.
La ideología aberchándal no prospera en la serenidad, sino en el malestar. Una sociedad feliz, una sociedad que no vive permanentemente cabreada y amargada, es una comunidad que solo quiere que la dejen en paz, no que la arrastren a aventuras políticas de chalados. Por eso necesita tensar, ensuciar, crispar: convertir la vida cotidiana en un campo de batalla mugriento.
Cuando la turra lo invade todo, el alcalde vive como Dios porque puede escudarse en ella: ahora no, que estamos concentrados en ser independientes cobrando un sueldazo; pero, cuando lo seamos, nos dedicaremos por fin a que las mujeres puedan volver tranquilas a casa sin que las violen o a que a nuestros jóvenes no les den palizas para robarles el móvil.
Todos los males quedarán resueltos, dicen, cuando seamos una provincia vasca, cuando dejemos de ser Navarra para ser Euskkkalerría, cuando saquemos de la cárcel, sin cumplir la condena, a todos nuestros asesinos aberchándales.
Mientras tanto, no arreglan nada: solo meten ruido. Y bajo ese ruido, la vida normal, la de verdad, la feliz, se muere. Y eso es todo.