Jacinto Rodríguez Minuesa mira las viejas máquinas de su taller y sabe que ha llegado el momento de despedirse. Este viernes cerrará para siempre
una tienda muy especial del Casco Viejo de Pamplona, donde los libros todavía se encuadernan a mano, como se ha hecho durante generaciones.
A sus 65 años, este artesano ha decidido jubilarse después de más de tres décadas trabajando entre papel, cartón, prensas y guillotinas. Su despedida supone también el cierre de Encuadernaciones Alfaro, un negocio familiar que ha pasado por cuatro generaciones y que se ha convertido en el último establecimiento de estas características que permanece abierto en la capital navarra.
El pequeño taller está situado en el número 2 de la calle del Carmen, muy cerca de la plaza de Navarrería. Apenas tiene 24 metros cuadrados, pero entre sus paredes se acumulan recuerdos, herramientas antiguas y miles de horas de trabajo. También el cariño de unos vecinos que llevan años entrando a saludar a Jacinto.
"Lo más especial va a ser bajar el letrero, que me va a pesar mucho", confiesa el encuadernador cuando se le pregunta cómo será su último día. No ha preparado ninguna celebración. Abrirá a las nueve y media de la mañana y, a las tres de la tarde, habrá terminado su última jornada de trabajo.
Cuatro generaciones de encuadernadores en el corazón de Pamplona
La historia de Encuadernaciones Alfaro está estrechamente ligada a la familia de su mujer. Jacinto es el yerno del último Alfaro que estuvo al frente del establecimiento y está casado con su hija pequeña. Su llegada al negocio se produjo a mediados de los años noventa, aproximadamente entre 1993 y 1995. Hasta entonces, su trayectoria profesional había transcurrido por caminos muy diferentes.
"Empecé de aprendiz de fontanero con 14 años, estuve cinco años y luego trabajé otros trece en una fundición de figuras de bronce para decoración", recuerda. La oportunidad de convertirse en encuadernador llegó por una circunstancia familiar. Tras el fallecimiento de su suegro, había que tomar una decisión: continuar con el establecimiento o cerrar sus puertas.
"Al morir mi suegro era seguir o cerrar el local. Había mucho trabajo, era el boom de los periódicos con los fascículos", explica Jacinto. Lo habló con su familia, dejó la fundición y se hizo cargo del taller. Así comenzó una etapa que se ha prolongado durante más de treinta años y que ahora llega a su final.
Por aquel entonces, la encuadernación todavía tenía una presencia importante en Pamplona. "Había igual cinco encuadernadores o seis y ahora solo quedo yo", recuerda. Su especialidad ha sido siempre la encuadernación artesana, realizada a mano, con las técnicas tradicionales que aprendió al incorporarse al negocio familiar.
El último encuadernador artesano de Pamplona se queda sin relevo
Jacinto reconoce que el oficio ha cambiado radicalmente durante las últimas décadas. La digitalización ha reducido buena parte de los encargos que antes mantenían ocupados a los talleres."Cada vez hay menos trabajo porque se digitaliza todo y cada vez hay menos trabajo de encuadernar en condiciones, como se ha hecho siempre", lamenta.
Durante años, los clientes acudían con tesis doctorales, boletines oficiales, libros de contabilidad y colecciones de fascículos que querían conservar perfectamente encuadernados. Ahora buena parte de esos documentos se consultan en pantallas y muchos libros se leen en dispositivos electrónicos. El papel ha perdido terreno y los encargos tradicionales han ido desapareciendo.
"Antes hacían tesis doctorales, encuadernaban boletines oficiales, había también libros de contabilidades... Cada vez menos. Digitalizado, libro electrónico y se acabó", resume. Para mantener una actividad de estas características, considera que habría que diversificar el negocio y ofrecer otros servicios. Sin embargo, las dimensiones de su establecimiento tampoco permiten grandes cambios. "Este local es muy pequeño. Tiene 24 metros, no se puede hacer nada", explica.
A las dificultades económicas se suma otro problema que ha resultado decisivo: el local no es de su propiedad. Se trata de un establecimiento con un contrato de renta antigua que, según explica, ya ha agotado sus posibilidades de prórroga.
"Es ya la tercera prórroga que hay y legalmente ya no se puede seguir", asegura. Por eso tampoco ha podido plantearse un traspaso. Y en la familia no hay nadie dispuesto a continuar con la actividad. "No hay relevo, nada de nada", reconoce con resignación.
Los vecinos del Casco Viejo se despiden de Jacinto con emoción
Aunque el cierre tiene una explicación económica y personal, la parte más difícil está siendo despedirse de las personas que han formado parte de su vida cotidiana. Jacinto nació en Navarra y vive en Pamplona desde los años ochenta. Después de tantos años trabajando en el Casco Viejo, se siente un pamplonés más.
"Pamplonés adoptivo y, por lo que he visto, me tienen bastante cariño, la verdad", comenta con una sonrisa. Los clientes habituales han recibido la noticia con tristeza. Algunos se preguntan dónde podrán llevar sus libros a encuadernar cuando cierre el establecimiento.
"De todo, con una pena tremenda. Y ahora, ¿dónde vamos? Es que no hay. No hay sitios para ir", cuenta Jacinto al recordar las conversaciones de estos últimos días. Pero hay pequeños gestos que explican mejor que cualquier cifra la relación que ha construido con el barrio.
Uno de sus vecinos, por ejemplo, tiene una costumbre muy particular. Acude al taller para cambiar la hoja del calendario, una tarea que se ha convertido en un pequeño ritual entre ambos.
"Tengo un vecino que lleva años viniendo a pasarme la hoja del calendario. Viene todos los días o el día anterior si es festivo. Llega y dice: 'Hola, Jacinto, te paso la hoja'", relata. Es una de esas historias sencillas que difícilmente aparecen en las cuentas de un negocio, pero que para él tienen un valor enorme.
También ha recibido regalos de despedida. Una persona le ha entregado un dibujo realizado con una técnica de tinta de inspiración japonesa, acompañado de una dedicatoria que le ha emocionado especialmente.
"El detalle es bonito, pero lo que hay detrás puesto... Impresionante", confiesa sin querer desvelar el contenido de aquellas palabras. Los mensajes de afecto se han multiplicado conforme se acerca el cierre.
"La gente va a tener unos detalles y unas palabras impresionantes", asegura. Y reconoce que despedirse de cuatro generaciones de historia familiar no está siendo sencillo. "Mucha, mucha pena. Pero tienes que ser realista. Es lo que hay", admite.
Las máquinas antiguas de Encuadernaciones Alfaro se salvarán de la chatarra
El cierre de la tienda no significará que desaparezca todo lo que ha formado parte de ella. Jacinto ha encontrado una salida para algunas de sus herramientas más valiosas. Tres máquinas antiguas del taller han sido donadas al Museo Etnográfico, que ha aceptado hacerse cargo de ellas.
Entre las piezas se encuentran una guillotina, una prensa y una tercera máquina de encuadernación. Son herramientas que han acompañado durante años el trabajo manual de la familia.
Para Jacinto, saber que se conservarán ha supuesto un gran alivio. "Las máquinas las va a coger el Museo Etnográfico, las hemos donado. Nos han cogido la guillotina, la prensa y esa otra máquina", explica.
"Ya me quedo muy a gusto, muy tranquilo. Porque, si no, iban a acabar en la chatarra", añade. El resto del material tendrá destinos diferentes. Los libros que pertenecen a la familia quedarán para las dos hermanas Alfaro, mientras que los cuadros y otros recuerdos se conservarán.
Aunque este viernes terminará su actividad profesional, Jacinto todavía tendrá que regresar muchas veces al establecimiento. Calcula que necesitará todo el mes de octubre y parte de noviembre para vaciar el local, retirar los materiales y dejarlo completamente despejado.
Será un proceso lento, con muchas horas de trabajo y probablemente con más de un recuerdo inesperado al abrir un cajón o mover alguna de las viejas herramientas.
Jacinto se jubila después de trabajar desde los 14 años
Después de toda una vida trabajando, la jubilación supondrá un cambio importante para este artesano navarro. "Primero, asimilar que después de estar trabajando desde los 14 años es un cambio radical. Pero bueno, no me voy a aburrir", asegura.
Sus planes son sencillos. Quiere disfrutar de su casa, dedicar más tiempo a su mujer y recuperar pequeñas aficiones que las obligaciones del taller han ido dejando en segundo plano. "Hacer las cositas de casa para cuando salga la mujer, que estén las cosas más o menos preparadas, y luego darme mis paseos", explica.
Uno de sus mayores deseos es recorrer con tranquilidad el Casco Viejo de Pamplona, el mismo barrio en el que ha pasado buena parte de su vida profesional. "Recorrer el Casco Viejo, que aunque llevo años aquí, ver los rincones tranquilamente y disfrutarlos", comenta.
También quiere viajar con su mujer cuando tengan ocasión y seguir haciendo trabajos manuales, especialmente con madera. Porque, aunque deje la encuadernación, Jacinto no tiene intención de abandonar su habilidad con las manos.
"Me gusta hacer cosas con la mano en madera, alguna cosilla así", señala. Y cuando le preguntan si es un manitas, responde con humor: "Bueno, manazas. Hago lo que sea, intento hacer lo que sea. Lo que sale o no sale, eso luego ya se ve".
Al mirar atrás, reconoce que el negocio también ha atravesado momentos complicados. Durante las crisis económicas hubo jornadas enteras con muy pocos encargos y épocas en las que apenas se movía el trabajo. Pero cuando le preguntan si ha sido feliz en su pequeño taller de la calle del Carmen, no tiene dudas. "Yo, sí", responde.
Y explica que, por encima de las dificultades, hay algo que siempre recordará de estos treinta años. "Por lo que es el trabajo, estar a gusto y convivir con la gente del Casco Viejo, sobre todo los vecinos y demás, eso no se paga".
Este viernes, cuando den las tres de la tarde, Jacinto Rodríguez bajará por última vez la persiana de Encuadernaciones Alfaro. Después llegará el momento que más teme: descolgar el letrero que durante tantos años ha identificado el pequeño taller de la calle del Carmen.