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Ciencia y fe: una convergencia inexistente

Por Cartas al director

Artículo firmado por Ignacio Janín

Ciencia y fe.
Ciencia y fe.

Con el título de ‘Ciencia y fe: una convergencia inevitable’, el profesor Teodoro Durá Travé publicó no hace mucho en la prensa local un artículo en el que, sin citar la fuente, hacía lo que podría tomarse por un extracto o resumen de lo que Michel-Yves Bolloré (ingeniero informático, máster en Ciencias y empresario) y Olivier Bonnassies (también empresario y licenciado en Teología) exponen y defienden a lo largo de las más de quinientas páginas de su ensayo Dios, la ciencia, las pruebas.

Este libro, que parece destinado sobre todo a reforzar la convicción de los ya convencidos (a quienes seguramente debe también su éxito comercial), tiene bastante de divulgación científica —quizá la parte más sugestiva para no iniciados— y otro tanto de pretensiones filosóficas, que no es que defrauden las expectativas del lector neutral y desapasionado —porque sería ingenuo haberlas concebido antes de leerlo—, pero que pueden resultar algo vejatorias para con su inteligencia, cuando en él se llega a considerar como científicamente probado algo que evidentemente está lejos de serlo.

Los autores vienen a decir que, si muchos de los descubrimientos científicos que sucesivamente se fueron haciendo a partir del siglo XVI aportaban por sí mismos una explicación natural a fenómenos que poco antes se atribuían a causas sobrenaturales (con lo que lo sobrenatural empezó a perder terreno), ahora —y a la inversa— el impresionante cúmulo de los que se han hecho últimamente sobre el cosmos y las complejas leyes que lo rigen llevaría a dar por descartado que el universo exista desde siempre y por acreditado que tuvo que ser creado en algún momento, de tal manera que, ante la semejanza que encuentran entre la creación del mundo narrada en el Génesis y la teoría del Big Bang, que para ellos supone su confirmación científica, dan prácticamente por demostradas tanto la creación misma como la existencia de un Dios creador.

Sin embargo, observando las cosas con más comedimiento, no es difícil comprobar que los últimos hallazgos de la ciencia en los ámbitos de la cosmología y la biología son irrelevantes y no añaden nada —ni a favor ni en contra— con respecto a la creencia o el descreimiento en lo sobrenatural que cada cual pudiera tener hace unas décadas, cuando esos hallazgos aún no se habían producido.

Para demostrar la existencia de Dios, Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles y a Platón, ya estableció en el siglo XIII el principio de que “no hay efecto sin causa”. Y para aceptar que todo requiere una causa, excepto Dios, que es la causa de todo lo demás, no era necesario esperar a que se descubrieran el bosón de Higgs y las ondas gravitacionales, ni a que se detectara la radiación de fondo cosmológico, con o sin ajuste fino. Bastaba con contemplar una noche estrellada, un almendro en flor o a un bebé dormido para, abrumados por tanta maravilla, sentirse impulsados a atribuir su existencia a un sumo hacedor.

Lo que se presenta ahora como prueba de su existencia supone únicamente añadir a lo anterior nuevos motivos de asombro, es decir, más de lo mismo, algo simplemente cuantitativo que no agrega esencialmente nada nuevo o distinto a la cuestión.

La tesis fundamental que plantea el ensayo parte del aserto de que el universo o bien existe desde siempre y es eterno, o bien fue creado de la nada por un Dios creador. Pero tal afirmación no deja de ser un sofisma. ¿Por qué esa disyuntiva entre dos únicas proposiciones, cuando es evidente que cabría pensar en otras, eventualmente basadas en causas alternativas que aún no tienen ni nombre —como no lo tenía la teoría de la relatividad hasta que fue formulada por Einstein—, porque ni siquiera nadie las ha imaginado todavía?

Pero, incluso si el cosmos surgió de la nada, ¿por qué necesariamente tuvo que ser creado por un Dios y no originado de otra manera? Son propuestas bien discutibles (algunas, simplemente inaceptables) que se han acomodado al guión para poder dar por probadas las conclusiones previamente establecidas.

Cuanto queda dicho se expone, por supuesto, contemplándolo solo desde la razón. Porque para quien tiene fe —que consiste en creer lo que no se ve o no se entiende— y cree en un Dios hacedor del universo, sobran todos los descubrimientos y todas las demostraciones. Pero quien no la tiene ha de atenerse a los dictados de su razón, que está para eso, para razonar.

La de Kant le llevó a afirmar que la existencia de Dios no puede ser probada racionalmente. Y no son precisamente los postulados que ofrece este ensayo los más incontestables para rebatir tal declaración. Para los creyentes, todo es diáfano y claro. Para los que no lo son, tan inconcebible e inexplicable resulta que haya algo que existe desde siempre como que ese algo haya aparecido un buen día a partir de la nada.

Por eso, al terminar el libro, un creyente seguirá siendo igual de creyente, pero un escéptico probablemente no dejará de serlo y, lejos de convergencia alguna, seguirá limitándose a reconocer que —al menos de momento y remedando a Antonio Machado— si el Big Bang se ha producido, nadie sabe cómo ha sido.

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