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La Policía Municipal de Pamplona, sin alma

Por Cartas al director

Carta envíada por Maite González Gabari, delegada de sección sindical del Sindicato Independiente de Policías de Navarra SIPNA.

Un agente de la Policía Municipal de Pamplona. POLICÍA MUNICIPAL DE PAMPLONA
Un agente de la Policía Municipal de Pamplona. POLICÍA MUNICIPAL DE PAMPLONA

En Policía Municipal de Pamplona se ha implantado recientemente un nuevo modelo organizativo que ha supuesto la eliminación de las tradicionales Lecturas de Servicio o briefings.

La medida no es fruto de la casualidad ni de la improvisación, sino de una planificación fría, calculada y profundamente deshumanizadora, diseñada desde despachos alejados de la realidad policial diaria.

Bajo argumentos como la mejora del servicio al ciudadano, la conciliación familiar de los agentes, la reducción de horas extraordinarias o la optimización de recursos, se ha impuesto un sistema que, lejos de modernizar la Policía, la vacía de contenido humano.

Hoy, los agentes llegan a su puesto de trabajo en tandas horarias (no vaya a ser que se reúnan en grupo y opinen sobre la cada vez más desgastada estructura de Policía Municipal de Pamplona), fichan, entran en la sala de briefing y, en vez de compañeros reunidos en grupo a la espera de la Lectura del Servicio por parte del Jefe de Sala, se encuentran únicamente con una pantalla. En ella aparece su indicativo y su sector asignado. Un clic de ratón y salida inmediata al servicio. Sin información. Sin palabras. Sin miradas. Sin personas.

Las lecturas de servicio han sido históricamente mucho más que una transmisión de órdenes e información. Eran un espacio de contacto humano imprescindible en un trabajo especialmente duro. En ellas no sólo se dictaban instrucciones: en ocasiones se producían broncas colectivas cuando tocaba y, algo no menos importante, reconocimiento público por un trabajo bien hecho. Esa broma improvisada, ese "quizás hoy toque ver algo que me va a cambiar la vida, pero tengo a estos hombres y mujeres a mi lado", ese reconocimiento grupal es una herramienta básica de cohesión y motivación en cualquier organización, y especialmente en una Policía.

La psicología social lleva décadas señalando que el contacto humano y el sentimiento de pertenencia a un grupo son necesidades básicas. Estudios clásicos y actuales coinciden en que la falta de interacción personal en el trabajo incrementa el estrés, reduce la implicación profesional y deteriora la salud mental.

En colectivos como el policial, donde la presión emocional es constante, estos espacios compartidos actúan como un auténtico factor de protección.

La Policía no es una cadena de montaje. Es un grupo humano que gestiona conflictos, violencia, sufrimiento y situaciones límite que la mayoría de la sociedad no presencia. El apoyo entre compañeros, el reconocimiento colectivo y la comunicación directa son elementos esenciales para sostener emocionalmente a quienes sostienen la seguridad ciudadana.

Mecanizar a un colectivo con un trabajo tan duro y, en muchas ocasiones, tan triste como el policial no es una mejora del servicio público: es una decisión que puede tener consecuencias graves sobre la salud mental del personal y sobre la propia calidad del servicio que se presta a la ciudadanía.

La eficiencia no puede lograrse a costa de borrar a las personas. Una Policía sin contacto humano interno es una Policía más sola, más desgastada y, a medio plazo, menos eficaz.

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