• miércoles, 12 de junio de 2024
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Opinión / In foro domestico

La reducción del deporte en jóvenes y el aumento de las peleas

Por Ángel Luis Fortún Moral

Otro elemento novedoso de la moda de esta nueva temporada de peleas callejeras es que intervienen los llamados menas.

Un joven sujeta una botella sobre una autopista. ARCHIVO
Un joven sujeta una botella sobre una autopista. ARCHIVO

Recién estrenada la primera normalidad, grupos de adolescentes quedaban para sacudirse. Entonces, la absoluta restricción de toda actividad deportiva organizada privó a toda una generación de mantener el ritmo de ejercicio físico, de tres o cuatro días semanales, al que estaban acostumbrados sus cuerpos antes de la pandemia.

Fue un fenómeno aparentemente efímero, dado que la eficaz actuación policial pudo intervenir las comunicaciones que se realizaban para organizar esas quedadas, anticiparse y frustrar las batallas. Ahí parece que quedó la cosa.

Lo que no se ha recuperado, aunque llegaron a abrirse sin restricciones hasta las discotecas, es el ritmo de actividad física, las competiciones, los encuentros y la completa dedicación a las prácticas deportivas. Algunas más o menos, pero las más numerosas, las que más jóvenes y adolescentes convocaban y mantenían desfogados se han visto muy mermadas en número y afición.

Que disculpen la hostelería y el turismo, pero a la práctica deportiva en jóvenes y adolescentes no se ha dedicado ni una décima parte del esfuerzo público y del cuidado y atención institucional. Como si el deporte fuera completamente prescindible, un lujo, olvidando que se constituye como “factor fundamental de la formación y del desarrollo integral de la personalidad”, como reconoce la Ley del Deporte.

Como factor fundamental del desarrollo integral de la personalidad la práctica deportiva queda directamente amparada por la protección especial del artículo 10.1 de la Constitución española “como fundamento del orden político y de la paz social”.

Esta declaración tan pomposa no se pierde en los ecos del templo de nuestro sistema jurídico. La Constitución impone directamente a los poderes públicos (también a los tribunales que autorizan y amparan restricciones en cadena) el deber de fomentar la práctica deportiva (artículo 43) dado su extraordinario valor como “factor corrector de desequilibrios sociales que contribuye al desarrollo de la igualdad entre los ciudadanos, crea hábitos favorecedores de la inserción social y, asimismo, su práctica en equipo fomenta la solidaridad” (Ley del Deporte)

Seguro que no tiene nada que ver. Seguro que no hay ninguna relación entre la reducción del deporte en jóvenes y adolescentes con el aumento de las peleas. Nada que ver una menor práctica deportiva y un mayor callejerismo.

Aunque las quedadas masivas aparentemente desaparecieron, este otoño-invierno se ha visualizado un fenómeno un poco distinto. Paseando por la calle, en varias ocasiones al encontrase dos grupos de chavales se comunicaban a voz en grito: “eh, que fulano y zutano han quedado para pegarse. Vamos.”

Peleas organizadas con sus normas y todo, porque al parecer en cuanto hay sangre se detiene la pelea, como en los duelos dieciochescos. Y lo más relevante; cómo no, luego esas peleas se suben a redes. También es norma aceptada por las partes. Colgadas para general regocijo en algo así como peleaspakeveas o komokundenlaspeleas de alguna de las diversas plataformas del universo digital.

Curioso que gocen de libertad absoluta estas difusiones, con la de recursos policiales y judiciales que han destinado los poderes públicos (los mismos obligados a fomentar y proteger la práctica deportiva) por chistes de dudoso gusto y poquísima gracia.

Otro elemento novedoso de la moda de esta nueva temporada de peleas callejeras es que intervienen los llamados menas. Aunque inicialmente sorprenda que resulte tan fácil la interacción con jóvenes y adolescentes nativos, se demuestra que ni son tan marginales, ni la intervención con ellos resulta tan nefasta como se vende.

Pues se retan. Los de aquí y los de no aquí. Y, claro, los niños bien de aquí no tienen ni media chufa contra jabatos que se enfrentaron cara a cara con la muerte cruzando inhóspitos territorios africanos, jugándosela en una patera o en los bajos de un camión.

Ocurre que, cuando el nativo magullado llega al nido protector, ¿cómo confesar a padre y madre que había quedado para pegarse y sólo él, criatura de sus entretelas, ha recibido? Pues que me han pegado unos desconocidos. Denuncia, porque no puede ser, y ya tenemos procesados a estos menas, que son un peligro público.

Para terminar. Va y resulta que, a estos menores sin papeles, a estos menas, también les alcanza la protección constitucional de la práctica deportiva, como a los nativos. Tal vez, para sacarlos del circuito de peleas (a los de aquí y a los de no aquí) podrían repartirse actividades y ayudas entre todas las federaciones y clubes deportivos. Seguramente no, pero a lo mejor, tal vez, resulta una eficaz alternativa y, de paso, alimentamos dos pájaros con un panecillo.

Y se cumpliría la Constitución. Uy, perdón. Que seguimos con restricciones y lo importante… ¿Quién sabe a estas alturas qué es lo importante?


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La reducción del deporte en jóvenes y el aumento de las peleas