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Opinión / A mí no me líe

Al alcalde Maya no le gustan los Sanfermines

Por Javier Ancín

A ver si lo que le pasa al alcalde Maya es lo mismo que a mí, que le aburren ya los Sanfermines y que, en su fuero interno, lo que añora es pasarlos en Salou, tranquilamente en la playa, sin jaleo.

GRAFCAV6093. PAMPLONA (NAVARRA), 07/07/2019.- El alcalde de Pamplona Enrique maya (d) saluda durante el reconocimiento que hace del recorrido del encierro antes de que de comienzo. Hoy se ha celebrado el primer encierro de estos Sanfermines del 2019 protagonizado por los toros de la ganadería salmantina de Puerto de San Lorenzo EFE/ Jesús Diges
El alcalde de Pamplona Enrique maya (d) saluda durante el reconocimiento que hace del recorrido del encierro antes de que de comienzo. EFE/ Jesús Diges

Yo hace tiempo que dejé de entender al alcalde Maya. Me pasa como a muchos de sus votantes con los que hablo, que los tiene primero desconcertados y segundo decepcionados.

Se supone que se le votó para revertir las ocurrencias de Asiron y lo que la gente ve es que ha insistido en ellas, montado a lomos de un carril bici absurdo que ni va ni viene pero que por el camino entretiene... al menos a él, que insiste con una fe inquebrantable, en seguir apostando, a costa de montar unos pifostios de tráfico morrocotudos, por una vía que está la mayor parte del día vacía.

O los Sanfermines de este año, que nos los vendieron como los mejores de la historia y van camino de ser un truño de dimensiones microcósmicas, por lo enanos, por lo ramplones, por lo deslucidos para la expectativa que teníamos. Vamos, que no hay voluntad de montar unos a la altura de las circunstancias tras dos años de suspensión forzosa de los mismos. Es decir, dos años de posible planificación tirados a la basura, que a falta de mes y medio para el comienzo, aquí no se ha presentado nada.

Que nos vamos a quedar sin el concierto chulo, guapo, de puta madre que nos prometió, como yo me quedé sin abuelas, lo saben los subsaharianos.

Uy, es que... se justifican desde el ayuntamiento. En una ciudad donde ha tocado en la plaza del Castillo, año 2008, hasta una leyenda como Chuck Berry, considerado por la revista Rolling Stone como el intérprete n.º 5 en su lista 'The Immortals', superado solo por Elvis Presley, los Beatles, Bob Dylan y los Rolling Stones no hay uy, es que... que valga.

Si no se ha montado un concierto para que quede en el recuerdo de la ciudad, que haga historia, ha sido porque no se ha querido, es decir, una vez más, por desidia.

Por no hablar de la ocurrencia castrante de no dejar en la cuesta del Labrit montar las carpas que los bares llevaban colocando desde hace décadas. Es que meten ruido... De nuevo el dichoso es que. Nos ha jodido, claro que meten ruido, de eso se trata, de meter mucho, cuanto más ruido mejor. Jolgorio en las calles, bullicio, como la canción tradicional sanferminera, bullicio y alegría, ya están los pamplonicas ansiosos de gozar. Bota de clarete y bien de música, joder... que tampoco es tan complicado. Jarana, coño, jarana.

En 1926, año de la publicación de Fiesta, libro que nunca he entendido cómo no es obligatorio en todos los colegios de Navarra, dicho sea de paso, Hemingway, tan cuidadoso con las palabras precisas, ya define los Sanfermines como una explosión. El domingo 6 de julio a las doce del mediodía explotó la fiesta, cuenta el Nobel yankee. No dieron comienzo o se inauguran y cosas así, como tranquilotas, no... la ciudad desde el minuto uno es un zambombazo.

Nada más atronador que una explosión, es decir, el ruido extremo ya forma parte indisoluble de la celebración hace al menos un siglo. Es lo que hay, la calle es tomada por la muchedumbre y sus ensordecedores cañonazos. Los Sanfermines como expresión popular son así, te gusten o no, que a lo mejor es ese el problema, que no gustan.

A ver si lo que le pasa al alcalde Maya es lo mismo que a mí, que le aburren ya los Sanfermines y que, en su fuero interno, lo que añora es pasarlos en Salou, tranquilamente en la playa, sin jaleo, sin ruido, sin dianas, sin estruendo, sin bullicio, sin jarana, sin conciertos de música, sin fuegos artificiales que hagan retumbar las ventanas, sin vida, sin nada. Y eso es todo.


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