Para morir hay dinero; para que vivas todo son trabas, todo son excusas, todo son problemas. Un lío.
El ruido es eso con lo que nos entretienen, es decir, aquello tras lo que se parapetan los que gobiernan mientras colocan a sus mujeres y queridas. Mira Coronalzorriz: qué buen novio, colocando a su amorcito a ganar sueldo en la Servinabar de Santos Cerdán, secretario de organización de su PSOE. O mira al vicepresidente Remírez, que su mujer, vaya por Dios, qué casualidad, tiene un puestazo en empresa pública: sus 60.000 € al año ya le caerán, por méritos propios, no pienses mal. Echó el currículum como podrías haberlo echado tú, fachita. Ellos siempre están ahí por méritos propios, no como los tuyos, que tus méritos nunca te dan para alcanzar esos sillones a los que acceden tan fácilmente los familiares de los que nos gobiernan.
Tratan a la sociedad, porque la sociedad se deja, poco menos que como a un pato de la Taconera al que desde arriba le tiran pan duro: vamos, patito, toma tus migajas, manifiéstate, protégeme, coge la bandera de Gaza, grita independentzia o detén el fascismo; qué más te da la causa, si te prometo además que defendiéndola serás la mejor persona del mundo.
Y debajo del ruido circula la vida, el drama de la vida, en silencio, en soledad. Ahí no hay manifas. No hay huelgas. No hay nanananananaaaaaaaa-naaaaa-naaaaaa-naaaaa.
Seguimos con lo mismo que en el artículo anterior: el Estado, cuando te vienen mal dadas, solo te ofrece la muerte. Para eso aprobaron la eutanasia, en realidad: para empujarte a ella y que dejes de incordiar. No molestes, muérete. Nosotros te matamos, con todos los papeles en regla y todas las tasas pagadas. No te preocupes. Para morir hay dinero; para que vivas todo son trabas, todo son excusas, todo son problemas. Un lío.
Las leyes progresistas siempre tienen una letra pequeña que hace imposible acceder a la ayuda. Siempre hay un requisito que no cumples, mecachis, o un problema burocrático o un retraso que hace que, para cuando te la concedan, ya no haga falta porque el dependiente está muerto.
Las leyes progresistas solo sirven para que la sociedad —la mayoría de cuyos votantes nunca necesitarán esa ley— tenga la ficción de que su ideología protege a todos los vulnerables. “Ya hay una ley de ELA”, te dicen los militantes de base cuando tratas de decirles que los enfermos están desesperados porque no se les ayuda.
Lo que hay son muchos titulares, mucha fanfarria, mucho foco, mucha pirotecnia, muchas cintas cortadas por los que nos gobiernan inaugurándola, muchos aplausos que se dan entre ellos en el Congreso cuando sale sí y, a la hora de la verdad, es otra la noticia silenciosa que pasa sin pena ni gloria: pido matarme porque el Gobierno que aprobó la ley ELA no me ayuda.
Esta noticia no creo ni que se la coloquen a Txibite sus asesores en el dosier de prensa que le pasan a diario. Porque estas noticias no hacen ruido.
Carlos Ardanaz Baigorri, navarro de Olite, 59 años, enfermo de ELA desde septiembre de 2023 y dependiente de respiración asistida, ha iniciado el procedimiento legal de ayuda médica para morir. Y eso es todo.