• miércoles, 24 de julio de 2024
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Opinión / A mí no me líe

La bella rutina navideña

Por Javier Ancín

A la vida ya solo le pido que el año que viene podamos seguir así una Navidad más. Que se repita una Nochebuena como esta, completamente irrelevante, las veces que quiera.

Llegas a un punto en la vida en la que huyes de las grandes historias, los grandes dramas, las intensidades terribles, demasiado rimbombantes para ser creídas. Que la vida va en serio, el verso de Gil de Biedma, uno lo empieza a comprender cuando descubre que la vida no es el estruendo y el destello del fuego artificial de una juerga sino la monotonía de los días que se suceden sin que aparentemente pase nada.

De la frase con la que empieza Tolstoi Ana Karenina “Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”, ya no sientes curiosidad por la infelicidad concreta, tan prestigiosa que le llevan dedicando libros y películas desde siempre, sino por la felicidad anodina, pequeña, compartida de todas las familias más o menos felices que se parecen y a la que no han prestado desde el mundo del arte mucha atención casi nunca. 

A mí me ha empezado a gustar mucho esa rutina que cuando se es joven resulta aburrida y por eso el 25 de diciembre, me levanto pronto y me voy a correr por el paseo de la playa para mirar las cosas con tranquilidad y disfrutar del cuadro con un poco de distancia. 

La felicidad está en que no pase nada, salir de casa sin hacer ruido mientras los niños y los padres -ya abuelos- duermen plácidos, los adultos prepararán café para el desayuno sin prisas y los jóvenes se han ido de bares sin hora de regreso. Ya volverán, todos nos fuimos y regresamos. Todos trasnochamos y ahora madrugamos. Todos quisimos tocar el cielo y ahora disfrutemos de tener los pies en la tierra. Me gusta correr esta mañana con la felicidad de que todo está bien: hemos conseguido llegar una vez más hasta aquí y que cuando vuelva dentro de una hora y media todo se habrá puesto en marcha de nuevo. 

A la vida ya solo le pido que el año que viene podamos seguir así una Navidad más. Que se repita una Nochebuena como esta, completamente irrelevante, las veces que quiera. Que mamá vuelva a poner el tradicional plato de cardo en la mesa y que papá corte el rosco de reyes meditando el modo de no tocar la sorpresa que la acaba por descubrir siempre, entre las risas de los demás. 

En la aparente intrascendencia está la trascendencia, la alegría de estar vivos, pero no para buscar grandes retos, sino para poder ir a por lo cruasanes del desayuno en mañanas como las de hoy, a ese sitio que sabes que abre porque quien lo abre solo quiere lo mismo: que todo siga igual, dar los buenos días a la gente del barrio otro 25 de diciembre como el mejor de los triunfos. 

Poder disfrutar con los seres queridos, familiares y amigos, en las casas de siempre, en las barras de siempre, con los abrazos de toda la vida. El lujo supremo es deleitarse en el placer de no hacer nada, solo de estar con ellos, reír con ellos de las historias que nos hemos contado mil veces ya y que me parecen más graciosas cada vez. 

Conducía ayer de vuelta a casa con un cielo azul denso pero limpio, atardeciendo, fundiéndose a rosa, cálido, y una estela de un avión parecía la estrella de Belén que nos guiaba a todos. Le di las gracias por ella al Dios en el que no creo pero creen muchos de mis familiares por dejarnos un año más disfrutar de la Navidad en paz, sin estridencias, con la armonía del tic-tac eterno del reloj de pared que había en la casa de mis abuelos, que aunque ya no existe, no ha dejado de darme las horas, de marcarme el paso, para que no me perdiera nunca. Y eso es todo.


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