• jueves, 08 de enero de 2026
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Opinión / A mí no me líe

La belleza subversiva de la Cabalgata de Reyes

Por Javier Ancín

La Cabalgata es uno de los pocos ámbitos donde el abertchandalato no han conseguido entrar. Por eso es tan bonita y, sobre todo, tan amable.

Cabalgata de los Reyes Magos por las calles de Pamplona. IÑIGO ALZUGARAY
Cabalgata de los Reyes Magos por las calles de Pamplona. IÑIGO ALZUGARAY

Cuando vives dentro no lo notas. Como la rana en el agua templada a la que van subiendo la temperatura hasta hervirla, te cueces poco a poco, sin darte cuenta. Es al salir de Pamplona cuando descubres la pesada carga ideológica en la que vivías. No porque aparezca otra cosa, sino porque desaparece. De pronto respiras. Y entiendes que aquello no era normal.

Ese es el secreto del aberchandalato: no dejar ni una grieta. Coparlo todo: las calles, lo público, lo común. Da igual la bandera que cuelgue ese mes del balcón; lo importante es crear la ficción de que la ciudad es así, de que Pamplona es Irroña y no puede ser otra cosa. Una ocupación política, estética y emocional. Una niebla constante que impide ver más allá. Esa presión ideológica no nos deja vislumbrar el horizonte.

En el aberchandalato, todo se tiñe de consignas: carteles, manifestaciones semanales, el empapelado sistemático de cada esquina. Imponer por agotamiento, para que nadie tenga fuerzas de imaginar algo distinto. El fanatismo, sorprendentemente, es incansable.

Hasta que llega el cinco de enero.

La Cabalgata de Reyes Magos es el acto público más multitudinario del año en Pamplona y, curiosamente, el menos ideológico. Ese día, la mayoría silenciosa se echa a la calle sin pancartas ni proclamas, con un niño de la mano gritando «¡Melchor!» o «¡Gaspaaaaaar!». El feísmo gris se retira y surge el color. El enfado perpetuo da paso a la alegría: una alegría sin programa, sin discurso, sin más historia que celebrar la infancia, la ilusión, la belleza y la esperanza de que este año será agradable. La vida real, vamos, que a veces se nos olvida... nos la hacen olvidar.

Eso es precisamente lo que combate a mala cara el aberchandalato cada día. Por eso necesita ocuparlo todo: para que se olvide que la ciudad puede ser distinta. Porque si se rompieran los muros ideológicos que hay que apuntalar a diario —esos impermeables de Gore-Tex—, Pamplona desbordaría color, amabilidad y buen rollo. Y una ciudad luminosa y feliz es letal para cualquier proyecto que se alimenta del odio.

El aberchándal necesita crear un infierno cotidiano de incomodidad para vender un paraíso futuro. Hacer creer que la felicidad siempre está en otra parte, nunca aquí y ahora. Por eso todo lo que toca resulta feo, asfixiante, hostil. ¿Quién querría independizarse en una sociedad bella? Nadie. La belleza es conservadora. La luz, el color, la comodidad y la alegría son subversivas frente a quien vive del paranoico cabreo, del kanpora, para conseguir una sociedad granítica y muerta.

La Cabalgata es uno de los pocos ámbitos donde no han conseguido entrar. Por eso es tan bonita y, sobre todo, tan amable. Así podría ser todo. Pero para eso habría que romper ataduras. Y ser libre cuando el poder lo controla todo no es fácil. Me hago cargo. Y eso es todo.

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