"Chapuzas, enchufes, robos, desguaces… Eso es a lo que se ha dedicado el PSOE con el asunto de los trenes desde hace ya siete años".
Pensaba ayer en ese juego en el que con bloques de madera se levanta una torre y hay que ir retirándolos, a ver a quién se le viene abajo la construcción. Al principio es fácil: vas quitando un poco de aquí, otro poco de allá y la estructura resiste. A veces haces «¡ay, ay, ay!», la cosa se menea, se cimbrea, se tambalea, pero —como me dijo una vez una amiga arquitecta— en realidad los edificios tienden a no caerse, y la cosa se asienta de nuevo. Hasta que, ya más por metafísica que por física, es imposible sostener algo en la nada, flotando: llega un punto en el que el equilibrio es imposible y todo se desploma a la vez en todas partes, como el título de la película Todo a la vez en todas partes.
Llevamos una semana de accidentes ferroviarios, todos los que quieras: desde los muy graves con muchos muertos, como el de Córdoba (Adamuz, con 45 fallecidos), otro grave con un muerto en Cataluña y varios más con daños y heridos: derrumbes, colisiones… Y entonces, para entender qué pasa, empiezas a leer un poco del tema: chapuzas, enchufes, robos, desguaces… Eso es a lo que se ha dedicado el PSOE con el asunto de los trenes desde hace ya siete años. Adif no se enteró de que uno de sus trenes, el Alvia, había sufrido un accidente y hubo que ir a buscarlo: un tercer maquinista, parado a dos kilómetros, recorrió las vías con linternas para encontrarlo.
Por eso, cuando uno repasa la cadena de siniestros de estos días y empieza a tirar del hilo —procedimientos que no se cumplen, advertencias ignoradas, empresas públicas convertidas en agencias de colocación— entiende que no se trata solo de trenes, sino de un modo de gobernar.
Hubo otro PSOE que también era corrupto, pero al menos construía cosas para corromperse; no como este, que para corromperse se ha limitado a ir sacando bloques de la estructura. Para que veamos las magnitudes de tiempo, lo que se podría haber hecho en estos siete años de sanchismo: el PSOE de González construyó la línea de AVE Madrid-Sevilla en unos tres años. 471 km con 31 viaductos y 17 túneles.
Cuando hay determinación, cuando hay que empujar todos, las cosas salen. ¿Cómo se construyeron las pirámides o las catedrales? Porque alguien se empeñó en que había que hacerlo. ¿Cómo se pudo construir la primera línea de alta velocidad en ese tiempo récord? Porque alguien decidió que había que hacerlo. El mundo y las personas tampoco somos tan complicados.
La primera vez que vi de chaval esos trenes en el apeadero de la Expo del 92 en Sevilla flipé en colores. «Por fin el presente es el futuro», pensé. Por fin parecía que íbamos a vivir en un país que discurre paralelo a su siglo.
La cosa más o menos funcionó hasta Zapatero —poco más de una década—, que con su llegada a lomos de un atentado salvaje se jodió todo para siempre. Más de 20 años llevamos en aquel cráter que el PSOE usó desde el principio como una trinchera para dividir la sociedad en buenos y malos. Resucitó la guerra civil: nos conviene tensión, es decir, que se instale el odio entre vecinos, para que nosotros nos dediquemos a lo importante: mandar y mangonear, sin que la sociedad —que está a sus odios— quiera darse cuenta mientras robamos.
Y aquí estamos. Si Calígula nombró senador a su caballo, el paroxismo de esta política socialista ha nombrado consejero de Renfe a Koldo y a la querida del ministro («enchúfame a esta que está como un tren»). Y todo se vino abajo. Y eso es todo.