Ahora dicen que no la dijo, pero la frase atribuida a G. K. Chesterton, el escritor católico inglés, sigue siendo muy buena: cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa.
Eso los ateos lo sabemos muy bien: hace falta estar constantemente vigilante, mantenerse atento, para que el hueco que deja Dios no lo ocupe cualquier gilipollez. Ese es el gran drama de nuestro tiempo: nos dijeron que mataban a Dios para crear un mundo mejor, un hombre nuevo, y lo único que han hecho es traernos más religiones, de todo tipo, y con una capacidad de destrucción total.
Lo pensaba el otro día viendo pasar La Dolorosa por delante del Ayuntamiento de Pamplona. Dejando a un lado la fe —que es una cuestión exclusivamente personal—, el recogimiento, la belleza y la elegancia del momento resultaban tan opuestos a otras creencias donde Dios ha dejado de existir para rendir pleitesía no a lo trascendente, sino a lo intrascendente.
Hace unos días, el alikate de Irroña se juntaba en ese mismo lugar para rendir culto a la violencia, al “nosotros contra ellos”, a la xenofobia, a un proyecto excluyente de sociedad: la religión aberchándal. Eso es la Korrika: una exaltación continua de asesinos ideológicos. Basta con seguir el perfil de Twitter de Covite estos días para comprobar la monstruosidad de esa carrera financiada con fondos públicos. El dios euskera, el dios ikurriña, el dios ETA: la santísima trinidad aberchándal tomando las calles para imponer y someter con su credo.
El dios del amor católico —amarás al prójimo, pondrás la otra mejilla— frente al dios del odio aberchándal: odiarás al prójimo, le romperás a tiros las dos mejillas. Los católicos pasean el dolor de las víctimas —que eso es La Dolorosa: una madre sufriente frente a un hijo crucificado—; los aberchándales pisotean el dolor ajeno causado por ellos mismos, ensalzando a sus asesinos en sus procesiones.
Porque al final no se trata de creer o no creer, sino de qué ocupa ese lugar cuando uno decide que ya no hay nada por encima de sí mismo. Y ahí es donde empieza el problema: cuando el hombre deja de mirar hacia arriba, acaba mirando demasiado hacia los lados, buscando enemigos, midiendo identidades, trazando fronteras políticas cada vez más estrechas.
No hay vacío: hay sustitución. Siempre. Y lo que estamos viendo en Pamplona no es una sociedad más libre, sino una sociedad más fanática en sus pequeños dogmas, más intolerante en sus nuevas ortodoxias, más dispuesta a señalar y excluir, incluso asesinar, al que no comulga con su credo aberchándal.
Y lo más inquietante no es que eso ocurra, sino que se normalice: que se asuma como paisaje, como folclore, como algo inevitable. Porque cuando el fanatismo deja de escandalizar, cuando la injusticia deja de incomodar, lo que se ha vaciado no es solo la idea de Dios, sino también la capacidad de distinguir entre el bien y el mal.
¿Qué es, si no, atacar una tienda de dulces porque en el nombre del local pone España?
Por eso conviene no engañarse: no han dejado de creer, simplemente han cambiado de dioses. Y los nuevos son bastante peores que los antiguos. Y eso es todo.