“Lo fastidiado es gestionar la realidad, que siempre es más sucia y cutre, apesta y es peligrosa. El alikate profesa una fe ideológica que nada tiene que ver con la realidad.”
Recuerdo cómo llegó el aberchandalato hace una década a instaurarse en Navarra, diciendo Uxue Barkos poco más o menos que morían niños desnutridos por las esquinas de Pamplona, decenas de niños. Irroña, para los aberchándales, peor que Biafra. Esa fue su campaña. Obviamente, era un bulo, pero qué más daba. Lo importante era llegar al poder a toda costa. Y llegaron. ¿Y qué hicieron? Crear Servinabar.
Hoy, la Pamplona del batasuno Asirón está completamente descontrolada, con una mendicidad y marginalidad que solo traen a sus ciudadanos inseguridad, violencia y mugre por todas partes. Solo hay que darse una vuelta por la ciudad y su periferia para ver que se les ha ido el asunto de las manos.
No tengo ni idea de cómo se soluciona, no soy político; a mí no me pagan por buscar soluciones, a ellos sí. Ellos cobran, y bastante bien, para lo poco que hacen, por solucionarlo.
Un político no está ahí para dar discursos de Miss América a favor de la paz en el mundo o de sus patrias fantasmagóricas, que solo existen en su cabeza. Y, si no saben cómo se arregla lo palpable, el día a día, que se piren a su casa, que dimitan y que pase el siguiente, a ver si lo hace mejor. La política, cuando la crearon los griegos en las polis, creo que iba de esto, no solo de robar a manos llenas.
Lo que no puedes es mantener políticas buenistas durante años, como si Pamplona pudiera solucionar los problemas del mundo. Cuando tu único mensaje es decir durante tanto tiempo que aquí todos son bienvenidos, pasa lo que pasa: que te llegan, en oleadas, manadas y manadas de cochambre que no sabes qué hacer luego con ella.
Si quieres ayudar al mundo, métete misionero y déjanos en paz a los que bastante tenemos con ir tirando mes a mes, que al final estos discursos siempre los paga el ciudadano de abajo, que no puede costearse la vidorra que disfruta gente como Asirón. Nunca los paga el que los suelta. El alikate vive en buena zona, en su chalecito con su buen muro. Con policía vigilando, protegiendo a sus hijos y su barbacoa de los domingos. Y su césped bien cortado, en el que tomar el sol, ahora que va a llegar el buen tiempo, sin que nadie le pida un cigarro, con su coche oficial que le lleva al ayuntamiento cada mañana, de puerta a puerta, sin compartir villavesa con nadie.
A mí también me gustaría que el mundo fuera como no es, ni ha sido ni lo va a ser nunca. Nos ha jodido: soltar que ojalá todos fuéramos altos, guapos y millonarios lo sabemos hacer cualquiera. Vaya gilipollez.
Lo fastidiado es gestionar la realidad, que siempre es más sucia y cutre, apesta y es peligrosa.
El alikate profesa una fe ideológica que nada tiene que ver con la realidad. Tan poco tiene que ver que durante 50 años la intentaron imponer a tiros, porque fue la única fórmula mágica que encontraron para tratar de moldearla a su gusto.
Ese es el drama de esta gentucilla aberchándal que nos gobierna: que siempre han vivido en sus ensoñaciones y, cuando les ha tocado gestionar el mundo concreto, se les ha desbordado la mierda.
¿O el iluso soy yo y el problema es que alguien gana mucho dinero llenando nuestras calles de caos?
Dame más dinero, paladas de dinero, volquetes y volquetes de dinero, pero para atenderlos, fachita…
Organizaciones, oenegés, muchas de ellas participadas por los propios políticos de esos discursos buenistas, recibiendo millones y millones de pasta pública. Pero no para vivir ellos como Dios… sino para atenderlos.
Cuantos más llegan, cuantos más nos traen, más pasta reciben, curiosamente. Quién tuviera una organización de esas para hacer el bien a costa de bolsillo ajeno… te solucionaba la existencia. Y eso es todo.