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Opinión / A mí no me líe

Por qué la izquierda odia la libertad

Por Javier Ancín

La izquierda, en el mejor de los casos, no sirve para nada. En el peor no sirve tampoco para nada pero además te encarcela, por cuestionar su modelo.

Las olas rompen en el Peine del Viento en San Sebastián. ARCHIVO
Las olas rompen en el Peine del Viento en San Sebastián. ARCHIVO

La izquierda se empeña en planificarlo todo. Las cosas tienen que discurrir como uno de los suyos las ha pensado y lo que no opere de esa forma predefinida merece una sanción y al mismo tiempo, una rectificación del modelo, que lo debilita un poco más.

Ejemplos hay mil. Los más recientes, asumiendo su bondad, por una vez no entraré ahí, la ley de las violaciones ha acabado beneficiando a los violadores y la ley de los alquileres ha terminado perjudicando a los que buscaban piso para vivir.

Alguien se sienta en una mesa, diseña por donde circulará la gente por un parque, dibuja los caminos en un plano y luego el personal no hace ni caso y crea los suyos, haciendo sendas entre el césped que les proporcionan una vida más cómoda y que no habían sido ideadas.

La izquierda destruye esos caminos, coloca vallas para impedir que se circule por esas veredas y se empeña que el universo, que tiende al caos, no solo se ordene sino que lo haga según sus deseos. La izquierda no solo elabora un sistema que no funciona, es que, además, lo va llenando de parches que aún lo hace más incomprensible, más destructivo para las personas que tienen que tiene que vivir en él.

La izquierda es un notas en mitad de un río, con los brazos abiertos, intentando detener la corriente de agua. Por eso la izquierda siempre fracasa, porque persigue un imposible. Por eso, aunque ellos claman que no es así, a la izquierda la libertad le repugna. La izquierda es una lucha constante contra la libertad porque la libertad les destroza constantemente su andamiaje.

Siempre la realidad les desborda porque la libertad siempre es más creativa, en todos los casos  encuentra la fórmula para abrirse camino, y no lo soportan porque asumirlo sería como aceptar que su ideología es un sistema fallido. La izquierda, en el mejor de los casos, no sirve para nada. En el peor no sirve tampoco para nada pero además te encarcela, por cuestionar su modelo.

Lo pensaba ayer, de nuevo, viendo las olas, las oleadas de olas del Cantábrico. Intentaba sistematizarlas, buscar su ritmo porque no tenía mucha batería en el móvil y para poder grabar la más violenta, pero siempre me pillaba enfocando hacia otra o directamente con la cámara apagada.

No hay una fórmula, vienen y van a su aire, como la bolsa de plástico que asciende y desciende y se desplaza sin reglas en la película American Beauty. El chaval no graba la anodina bolsa de plástico y sus juegos ingobernables sino que lo que registra es la libertad. Lo bello no es la bolsa, lo bello es lo que la libertad le hace hacer a la bolsa.

Por eso los que creemos en la libertad jamás podremos ser de izquierdas. No queremos idear nada, sólo buscamos hacer más cómodo el caos, como en aquella universidad que en vez de diseñar los caminos en su nuevo campus, dejó a los estudiantes durante un año que los crearán sobre el césped y, una vez se viera exactamente por donde transitaban, una vez que quedara clara hasta su jerarquía, los había más ancho y más estrechos, empedrarlos para que nadie se embarrara desde entonces yendo de edificio en edificio cuando llegaran las las lluvias del otoño. Y eso es todo.


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