• lunes, 15 de julio de 2024
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Opinión / A mí no me líe

Huir es tan sanferminero como conseguir quedarse en San Fermín

Por Javier Ancín

"Recuerdo cuando corría, sentado en el suelo de la plaza del ayuntamiento, esa hora que pasábamos de espera leyendo el periódico, debatiendo con nosotros mismos, viendo cómo lo hacían los demás, si no sería mejor doblar el lomo, cruzar los vallados e irte de de ahí a desayunar".

Un aglomerado encierro de San Fermín. IRANZU LARRASOAÑA
Un aglomerado encierro de San Fermín. IRANZU LARRASOAÑA

Vísperas de las vísperas... algunos, un número significativo, están terminando de hacer las maletas y se van. Tan tradicional como los Sanfermines son las espantadas. Los Sanfermines es hacerse hueco, buscarlo, en la fiesta y, sobre todo, en el encierro. Y si no se consigue, no queda otra que desertar. Hay gente que le puede el miedo escénico y se va, corriendo. San Fermín siempre es correr. O eso cree la gente, aunque luego las carreras no sean ni cinco minutos del día. Nueve días, ocho encierros, ni una hora de sprints. Unos siete kilómetros recorren los toros. Un corredor puede que no llegue ni al kilómetro en su tramo si completa todos los encierros. En tiempo, delante de los toros, tendrá suerte si entre todas las mañanas consigue dos minutos. Sobre esta procesión tan efímera se ha montado una mitología. Y con razón.

Un componente fortísimo de estas fiestas es querer irte, salir, no estar donde estás. Recuerdo cuando corría, sentado en el suelo de la plaza del ayuntamiento, esa hora que pasábamos de espera leyendo el periódico, debatiendo con nosotros mismos, viendo cómo lo hacían los demás, si no sería mejor doblar el lomo, cruzar los vallados e irte de de ahí a desayunar. Siempre había algún espontáneo advenedizo que ante las fotos de las cornadas del día anterior, tras quedarse pálido, luego verde, reprimiendo la náusea, se iba de allí, aliviado, plegando el periódico como quien se lo coloca bajo el brazo en el metro cuando se abren las puertas de su parada, para bajarse, poniéndose el bombín y soltando al respetable un: estáis locos. Adiós.

La huida, como sentimiento humano. Y cómo reprimirlo para que la fiesta no te pase por encima. Una vez, después del apartado, Eugenio me vio zascandileando por la puerta de cuadrillas. Miraba por la tronera como quien mira el campo abierto de una batalla de la Primera Guerra Mundial, desde la trinchera. Me la abrió, y me dejó hacer el paseíllo por la arena de Verdún o del Somme, hasta el centro del coso. Los tendidos y las andanadas estaban vacías y aún así tuve que clavarme para no huir. Impresionaba aquella mole, aquel silencio en mitad del cisco que es Pamplona.

No vas a tener este privilegio muchas más veces, aguanta, concéntrate, no te dejes llevar por el miedo, no pienses que por chiqueros puede salir un toro o que va a entrar por la puerta del callejón una manada. Esto en un par de horas estará a reventar y un torero mirará hacia arriba como cuando los gladiadores entraban en el Coliseo de Roma, aturdidos por el jolgorio, antes de centrarse en lo que les podía venir. Y deshice el camino andando todo lo más despacio que pude, que fue poco, el cuerpo quiere huir, buscando con la mirada la capilla y la enfermería como dos posibles refugios.

Ayer, que en realidad ya era hoy, 5 de julio, bajé pasada la media noche al garaje a por el libro 7 de julio que estaba releyendo y que había olvidado. Dos familias cargaban los maleteros para huir con la fresca, no esperar ni a que esto estalle, que decía Hemingway que era lo que pasaba a las doce del medio día del comienzo de las fiestas.

Huir es tan sanferminero como conseguir quedarse, quieto, apoyado en la pared, a que pasen los minutos de las diferentes cuenta atrás que hay por varios comercios de Pamplona y, clic, llegue a cero y ya la riada no te deje más que descender por ella, siendo agua o vino o sudor, camino de donde quiera depositarte, porque ya no te pertenece tu destino, sino que la fiesta lo escribe por ti.

En cualquier caso, el sol siempre sale, The sun also rises. Siempre amanece, que dice el gran Chapu Apaolaza. Mañana 6 de julio volverá a hacerlo. Y eso es todo.


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Huir es tan sanferminero como conseguir quedarse en San Fermín