• lunes, 15 de julio de 2024
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Opinión / A mí no me líe

La voz de Pepe Domingo Castaño

Por Javier Ancín

Ojalá llegar a su edad y tener las mismas ganas para, en vez de apartarte del camino, volver a empezar con esa fuerza tan desbordante las veces que haga falta. Ojalá tener la suerte de morir con muchos años siempre joven, sin haber envejecido nunca, como le ocurrió a él. Y eso es todo.

Pepe Domingo Castaño.
El recientemente fallecido Pepe Domingo Castaño.

Mucho más que de tele, que de crío solo me recuerdo cambiando de canal sin ver casi nunca nada, zapeando frenético, siempre he sido más de radio, que se cebaba, como decía mi tío abuelo, y no se alternaba casi nunca de emisora.

En mi casa es lo primero que se ponía en marcha en la cocina y lo último que se apagaba al terminar el día. En vez de desconectarla con el clic girando la rueda del volumen hasta el silencio, tirando del cable, porque mi madre siempre tuvo esa manía.

Para mí la radio es la calefacción que le da calor a la casa, hasta en verano, que el calor es con fresquito. La diferencia entre un espacio muerto o vivo es que suene una radio dentro. Llegó a ser tan barroco lo mío con ese medio, que una vez me hice con una radio impermeable para la ducha, con una ventosa que la pegaba en la pared. No funcionó bien nunca, aunque la idea era buena -como el sexo también en la ducha o desayunar en la cama, que sólo funcionan en la teoría, nunca en la práctica-, pero eso es otra historia.

Desde que vi a mi abuela en la cama con el transistor debajo de la almohada, descubrí que ya no había fantasmas ni de la oscuridad ni de la soledad. Con cuarenta duros te comprabas un chisme pequeño con altavoz y asa negra, que te acompañaba y te sosegaba por las noches, cuando de niño salen los monstruos. La radio siempre te daba cariño y protección. Las voces eran parte de tu clan.

Al hilo de todo esto que cuento, de adolescente me pasó una cosa curiosa. Unos Sanfermines, de vuelta a casa temprano, una o dos de la mañana, saliendo del jolgorio de lo viejo por Carlos III, con el gentío apretado, delante de mí escuche una voz muy familiar. No sé realmente lo que decía porque solo estaba concentrado en el timbre, que me tenía atrapado por su nitidez.

Por aquel entonces, los sonidos llegaban amortiguados por las ondas siempre nebulosas de la AM y poder escuchar una voz real de alguien que cada día estaba en tu casa era hipnótico. En un mundo anterior a internet, todo era mucho más efímero. Las cosas no dejaban tanta constancia, y ni te cuento la radio que si te la perdías ya se había ido. No podías volver a ella. Ahora hay podcast y esas cosas, y quizás no se entienda también está magia de cazar un acento, pero entonces solo existía el directo.

Aquella voz jovial y feliz tras la que yo caminé un buen rato, como si fuera el flautista de Hamelin, desviándome hasta de la ruta más corta hacia Iturrama, era la de Pepe Domingo Castaño. Podía haber dado la vuelta al mundo detrás de ella con total tranquilidad, porque era como estar en casa.

Años después, cuando el follón de la Ser y su desembarco en la Cope, le escuché la primera locución en la nueva emisora. Lo he buscado en YouTube varías veces en estos 13 años que han pasado de aquello. Tenía 67 años, la edad en la que la gente se jubila, derrengada, bastante de vuelta de todo y este transmitía lo contrario, una ilusión y una vitalidad sorprendente en su nuevo proyecto.

Ojalá llegar a su edad y tener las mismas ganas para, en vez de apartarte del camino, volver a empezar con esa fuerza tan desbordante las veces que haga falta. Ojalá tener la suerte de morir con muchos años siempre joven, sin haber envejecido nunca, como le ocurrió a él. Y eso es todo.


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La voz de Pepe Domingo Castaño