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Blog / La cometa de Miel

El sueño infinito en el cementerio de Pamplona

Por Pablo Sabalza

Todos los cementerios del mundo están llenos de gente que se consideraba imprescindible (Georges Clemenceau)

A veces, como un pájaro de aire que se mece en la rama de una nube, va y se posa, instantáneamente en sus embates, un recuerdo.

Y así fue como arrastrado por el nombre exacto de la nostalgia en una tarde plácida de primavera que me brindó Pamplona en su visita, entre aleteo y aleteo, me dejé llevar hasta el cementerio de mi ciudad.

Si hubiese nacido antes de 1808, pese a haber sido construido el camposanto entre 1805 y 1806, hubiese tenido que visitar a mis antepasados en el actual atrio de la Catedral, en la plaza de San Nicolás, en la iglesia de San Lorenzo y en la de San Cernin, pues allí era menester enterrar a los difuntos.

Apuntaba Antonio Machado en un verso que leí en cierta ocasión que no hay nada más solemne que el sonido de un ataúd al reposar en la tierra que lo acunará durante toda la eternidad.

Y es bien cierto que, tras visitar a mis abuelos (Daniel Ortiz-Roldán y Purificación Sola), ese sobrecogimiento que alberga un cementerio en ningún otro lugar del mundo se hospeda.

Vaya por delante que no soy persona que acostumbre a recorrer cementerios como espacios a descubrir y visitar, aunque bien es cierto que en las distintas ocasiones que me he desplazado a París aproveché para admirar el cementerio del Pére-Lachaise y encontrar entre nicho y nicho el descanso de Delacroix, Chopin, Balzac, George Bizet, Óscar Wilde, Edith Piaf, Molière, María Callas, Jim Morrison y el mismo Cyrano de Bergerac.

Nuestro cementerio de San José también hospeda a ilustres moradores, pues todos son célebres en sus moradas mas, si cabe, uno por encima de todos destaca del resto y ese no es otro que Pablo Sarasate.

Pero continuemos volando. Hagámonos un pequeño hueco entre las alas de los ángeles y querubines que custodian los panteones y prosigamos recorriendo las calles entre aquellos que reían y lloraban y se enfadaban como hoy lo hacemos nosotros y son ahora, físicamente, una piedra con un nombre y una fecha que los define.

Es una tarde plácida de primavera.

El gorjeo de los pájaros resbala entre los cipreses y una melodía, similar a un réquiem, envuelve mi paseo reflexivo.

Una señora adecenta una lápida y ubica distintas flores cuya fragancia quizás traspase el más allá.

Me cruzo con una pareja que habla en voz baja, como si tuviesen miedo de despertar del sueño infinito a las cenicientas y cenicientos dormidos.

Algunas hojas ruedan por el pavimento conducidas por un viento que esta tarde, plácida tarde de primavera, me acompaña melancólico.

Una chica, sentada en un banco de piedra, lee un libro, pues la vida es un momento, al fin y al cabo.

La megafonía del cementerio me alerta de que cerrarán las puertas en quince minutos.

Me apresuro. Llego a la puerta de entrada que está junto al río y descubro que está cerrada. Tengo que dirigirme a la entrada central.

El cementerio de Pamplona es inmenso y, por un instante, pienso en quedarme atrapado entre el sueño infinito de los fallecidos, entre aquellos que amaron tanto o menos de lo que yo amo, entre ese melancólico y dulce paseo al que invito a todos a concederse.

Es una tarde plácida de primavera.

Regreso al lado de mi cuerpo, aún vivo, a transitar las calles de Pamplona con el recuerdo de mis seres queridos. Aquellos similares a un pájaro de aire que se mece en la rama de una nube, y que va y se posa, instantáneamente en sus embates, en mi memoria para echarles mucho, mucho de menos.
 

*Dedicado a mi tía Mari. Descansa en Paz.

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El sueño infinito en el cementerio de Pamplona