• lunes, 20 de mayo de 2024
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Opinión / A mí no me líe

Amarga baja la muerte del bajo

Por Javier Ancín

"Ha fallecido Dani Ulecia, el bajista de El columpio asesino y yo me acuerdo de una época de Pamplona en la que crecí y me divertí. Una época, los 90 y principios del tercer milenio, donde bullía una escena musical tan interesante como minoritaria".

Dani Ulecia, bajista del grupo pamplonés "El columpio asesino". DANIEL FERNÁNDEZ
Dani Ulecia, bajista del grupo pamplonés "El columpio asesino". DANIEL FERNÁNDEZ

Vaya por delante que no lo conocía de nada, no los conozco de nada a ninguno, pero cuando se muere un músico de un grupo que te gusta mucho es como si te amputaran algo propio. No produce dolor, seamos sinceros, pero si un pellizco extraño, una estupefacción que hace que te detengas y te repases, que observes tu existencia con la banda sonora que él/ellos compusieron. No sé cómo hemos llegado hasta aquí pero sí que sé lo que sonaba.

Ha fallecido Dani Ulecia, el bajista de El columpio asesino y yo me acuerdo de una época de Pamplona en la que crecí y me divertí. Una época, los 90 y principios del tercer milenio, donde bullía una escena musical tan interesante como minoritaria. Qué buenos años fueron aquellos.

Llámalo indie, llámalo underground, llámalo como te dé la gana. Lejos de lo oficial, ese -ponle la etiqueta que quieras también- rock radikal de sota, caballo y rey, que siempre me aburrió soberanamente por monótono y mainstream, siempre tan mimado en realidad por la política; por debajo de ello, fuera del radar, hubo una primavera musical en Pamplona donde brotaron sonidos libres, es decir, de una creatividad acojonante. Podías picar lo que quisieras, que cada uno intentaba transitar una senda diferente.

Fue el canto del cisne de una ciudad que ha evolucionado hacia la nada. Solo hay un folclore ideológico con unos cencerros en el culo por sonido mas sofisticado. Pamplona hoy es un páramo cultural y musical, lo que hubo se cerró y solo ha perdurado la matraca política, una suerte de tuna para divertir a los dinosaurios que mandan.

A veces pienso qué hubiera sido de toda aquella escena con las posibilidades de internet. Todo ocurre cuando no debe. Nacieron una década antes de que pudieran expandirse, montar el escaparate sin necesidad de intermediarios ni concejalías que solo contrataban a los de su cuerda, grupos que iban de contestatarios y solo eran funcionariales. Bah, un coñazo.

Brotaban sonidos y bandas a una velocidad de vértigo, se abrían los pétalos y se marchitaban, como en esos documentales de la naturaleza donde te lo muestran a cámara rápida, antes de que pudieras aprenderte las canciones. Tiempos analógicos, tiempos de mucho acople entrañable y multipistas, electrónica embrionaria y maquetas en cinta, conciertos casi clandestinos. Cada bar era un escenario y lo que allí ocurría dejaba de existir en cuanto salías por la puerta al silencio y frío de las calles de lo viejo. No había opción a registrar todo aquello, solo se podía hacer lo que hicimos... vivirlo.

De aquel mejunje, de toda aquella sopa primigenia, de ese caldo primordial, surgió El columpio asesino, el grupo con el sonido más celestial y las letras con la métrica más precisa que un metrónomo -es flipante lo bien escrito que está todo en sus canciones- que ha dado Pamplona. Este curso, después de 25 años, han decidió dejarlo. Voy a despedirlos las veces que pueda. Los vi este enero en el Actual de Logroño y a finales de agosto los volveré a ver también en Logroño, en el festival Muwi. Es curioso cómo los están mimando mucho más los vecinos que nosotros. Nadie es profeta, con efe, en su tierra.

Solo espero que este ayuntamiento de mamarrachos que tenemos ahora en Irroña, estos Sanfermines, monten un concierto a la altura de la mejor banda, con diferencia, que ha dado la ciudad. Que tengan opción de revancha de aquel concierto suspendido a las tres canciones por un tormentón sanferminero criminal, donde salimos los que estábamos en la plaza de los Fueros nadando.

Un ferry a la deriva sin capitán, ballenas muertas en San Sebastián. Amarga baja... una baja de lo más amarga cuando un grupo que merece la pena se esfuma. Tus labios brillan bajo el gas, tus ojos gritan sin llorar. Una lluvia que siempre baja amarga, por el velo del paladar. Bailemos este último vals. Vamos hoy a divertirnos. No queda otra. Y eso es todo.


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Amarga baja la muerte del bajo