Ya hemos pasado de pantalla. Ya no somos el primer mundo, me dije. Ya somos esos sitios exóticos donde las carreteras, sin ningún tipo de mantenimiento, funcionan con el principio del “circula por donde puedas”.
Cuando estudias Historia, una de las grandes obsesiones de los alumnos es preguntar cuándo empiezan los periodos. Y una de las grandes obsesiones de los profesores es contestar que no se sabe. Que no hay una fecha exacta. Que tú no te acuestas un día renacentista, un Leonardo con sus barbuces, y te levantas barroco, un Velázquez con sus pelacos a lo Cucurella, por decirte algo.
Las cosas no funcionan así. Nadie pulsa un interruptor y cambia de época. Es decir, que del sfumato de Da Vinci a la perspectiva aérea —el aire de mejor calidad que existe, que decía Dalí— de Velázquez no se cambia de golpe: pam, toma, Las Meninas, no se olvide de pagar el IVA de la factura, don Diego, que el Estado lo primero quiere tu dinero. No. Hay un proceso. Lento, casi invisible mientras sucede. De Leonardo a Tiziano, el color y la mancha como evolución del dibujo rígido; de Tiziano a Caravaggio, con su tratamiento de la luz y ese radical claroscuro; y de Caravaggio a Velázquez, que es la perfección absoluta de la atmósfera. Vayan al Museo del Prado. Lo tienen todo ahí.
Rara vez hay un hecho traumático que cierre un periodo y abra otro de la noche a la mañana. A veces ocurre, sí, como el 11-M y la llegada de Zapatero, donde se ve bastante claro que antes íbamos tirando y después llegó la calamidad absoluta: la confrontación social, la polarización salvaje, el puto “ellos, fascistas” y el “nosotros somos los únicos buenos”. O, dicho de otra forma más prosaica, los del PSOE, para robar, al menos tenían que construir algo. A partir de Zapatero, a los del PSOE, para robar, les bastaba con destruir. Pero lo normal no es eso. Lo normal es que todo se vaya degradando poco a poco, sin darnos cuenta, como cuando una pared se va llenando de humedad y un día te cae el cascote en la cabeza.
Ayer, por ejemplo, aburrido de ir por el carril derecho de la autovía —en euskera, autobia— del Leizarán (vivo en San Sebastián, pero los gayumbos los lavo en Pamplona: soy el aberchandal perfecto, lo bueno para Euskadi, lo malo para Navarra), dando botes como uno de esos peles manteados de Goya, lleno de petachos, socavones, peligrosa gravilla y brea desgajada, decidí pasarme al carril izquierdo. Y por él estuve circulando. Básicamente porque, como está menos usado, el asfalto resiste algo mejor.
Ahí me di cuenta. Ya hemos pasado de pantalla. Ya no somos el primer mundo, me dije. Ya somos esos sitios exóticos, generalmente países socialistas tipo Cuba, que antes solo veíamos en los documentales, donde las carreteras, sin ningún tipo de mantenimiento, funcionan con el principio del “circula por donde puedas”. Búscate la vida, chaval, que la muerte viene sola. Sobre todo como te acerques a algunas cunetas que parecen sembradas de canicas, preparadas para que patines y te estampes vete tú a saber dónde.
Las carreteras de la Diputación están hechas un potorro, pero las competencias de tráfico las llevan por estandarte, bien a la vista. Que se vea quién manda. Quién pone ahora las multas. Que al final al aberchandalato es lo único que le importa: que lo sienta el ciudadano; que esto ya no es España, es Gabón-Buenas noches. Como el control de Policía Foral que me encontré pasado el peaje de Zuasti. Ahí está el gobierno de txibite, joder, míralo. Qué despliegue de conos, tú, me dije. ¡Y en domingo! Los coches con los amortiguadores reventados, pero por fin nos piden los papeloaks del beikuloak, mesedez-benz, como Juangoikoa (sic) manda. Si esto no es progreso, que suba del infierno Bolinaga y lo vea. Y eso es todo.