• martes, 28 de mayo de 2024
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Opinión / A mí no me líe

El euskera y la mosca del vinagre

Por Javier Ancín

"A los aberchándales se les está derrumbando su tinglado con el que querían hacernos creer que ellos eran diferentes"

Manifestación convocada por Kontseilua bojo el lema _Bide eman euskarari_ (Dad paso al Euskera). MIGUEL OSÉS
Manifestación convocada por Kontseilua bojo el lema _Bide eman euskarari_ (Dad paso al Euskera). MIGUEL OSÉS

Esto de las identidades étnico aberchándales surgidas al calor del racismo del siglo XIX esta ya tocando a su fin. Yo creo que lo sospechan hasta ellos, aunque actúen como si no pasara nada.

Seguimos, dicen, como si nunca fuera a caer el muro de Berlín, como si fuera a estar ahí para siempre la RDA. La izquierda española, siempre tan antidemocrática, siempre tan ciega, unos meses antes de que cayera la dictadura comunista alemana, andaba condecorando a su último jefe de estado, Honecker, en la Universidad Complutense.

En aquella visita, el tirano rojo decía que a ese régimen le quedaban siglos de existencia, que no podía tener mejor salud el invento criminal. Menos de un año después, hasta con las uñas los alemanes tiraron el muro de la vergüenza. Seguimos, estamos a punto de tocar la tierra prometida vasca, continúan diciendo, contra el precipicio de la historia, me temo, que tiene sus propios planes.

Andan apretando el acelerador los aberchándales, hasta reventar el motor si hiciera falta -en Navarra, de facto, ya solo puedes acceder a funcionario si sabes ese idioma ideológico que es el euskera y que en la calle su uso como vehículo de comunicación es residual-, porque se les acaba el chollo del idioma como primero se les acabó el chollo de la genética propia.

Somos diferentes, completamente, decían. Una raza distinta. No nos parecemos en nada a los españoles. Doctrina Sabino Arana, ya saben, los maketos contra la raza pura.

Y a ello se dedicaron durante décadas, a tratar de demostrarlo, para obtener un privilegio.

Uno de los primeros recuerdos que tengo de la carrera son las clases de Prehistoria de los sábados, por lo duras que se me hacían casi siempre tras una noche de farra. En una de esas mañanas resacosas, recuerdo que nos pusieron en un viejo proyector de bobinas una película sobre Barandiarán, un pobre curilla de pueblo enloquecido con esos asuntos, que se pegó la vida midiendo cráneos en los cementerios buscando la raza vasca. No la encontró, claro, cómo la iba a encontrar si no existe. Me dio un ataque de risa viendo al iluminado aquel que aún me dura.

Hasta hace dos teleberris los aberchándales estaban ahí, en eso, recuerden las declaraciones de Arzallus sobre que prefería un negro que hablara euskera a un español, se supone que blanco, que no.

Como lo de la raza asociada a signo externo corporal se ponía feo defenderlo, se refugiaron en una racistada igual pero más técnica: el RH negativo. Hasta que los científicos codificaron el ADN humano y se vio que cualquier persona, vascos incluidos, no es que fueran prácticamente idénticas, sino que compartíamos un porcentaje altísimo de genes con algo tan ridículo como la mosca del vinagre. Ahí ya se les pasó la tontería o mejor, se tuvieron que callar en público, refugiándose en la cosa idiomática para buscar el eterno nosotros contra ellos. Somos diferentes porque no nos entienden cuando hablamos.

Viendo lo rápido que ha evolucionado el asunto de las inteligencias artificiales, que ahora trincan un vídeo tuyo y te hacen hablar con tu propia voz en el idioma que quieran, euskera incluido, a los aberchándales se les está derrumbando su tinglado con el que querían hacernos creer que ellos eran diferentes.

Ningún idioma va a tener importancia de aquí a menos de una década. A ver qué se inventan los aberchándales para seguir vendiéndonos que ellos son mejores y por lo tanto, merecen más privilegios. ¿Las escaleras como hecho diferencial vasco?

Cualquier cosa. Y eso es todo.


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