• lunes, 22 de julio de 2024
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Opinión / A mí no me líe

Kiko Veneno, un diez. Pamplona, un muermo

Por Javier Ancín

"Con lo borona y exaltada que se muestra esta ciudad en los comentarios por las redes sociales, desde más o menos el anonimato, tras la seguridad de la pantalla, cuando siente que le miran a los ojitos, sería capaz de morir asfixiada por el corsé antes de aflojárselo un poco, algo, para disfrutar y vivir. En fin... Irroña, lo de siempre".

El cantante Kiko Veneno durante un concierto. RICARDO RUBIO / EUROPA PRESS
El cantante Kiko Veneno durante un concierto. RICARDO RUBIO / EUROPA PRESS

Todo ha cambiado en la música, los artistas son más virtuosos, sus bandas son de primera, el sonido es casi imposible mejorarlo, las luces tienen sentido, siempre al servicio de la atmósfera que cada canción pide. El producto artístico que surge es mucho más profesional, y por lo tanto, rompiendo barrera tras barrera que lo distorsionaba antes, más cercano, más humano. Hasta los horarios son mejores, más razonables, estábamos convocados a las siete de la tarde, y la puntualidad, bendita puntualidad, es inglesa. Hace décadas los conciertos se retrasaban todos, hoy no recuerdo uno que haya empezado con más de cinco minutos de diferencia sobre el horario de la entrada. Todo es mejor, menos el público de Pamplona, que es el mismo muermo de toda la vida.

La verdad es que Kiko Veneno ha montado un espectáculo muy cuidado, muy mimado, muy preciosista, para un escenario pequeño como el de un teatro, en este caso el Gayarre, donde es imposible esconderse porque se ve todo y se oye todo.

Durante dos horas hizo transitar el flamenco por un montón de estilos, obviamente rumbita pero también mucho pop, rock, hasta la psicodelia, y sorprendente algo de funky e incluso tecno discotequero…

Admirable lo versátil que es el flamenco, que empasta con todo lo que le eches, y Kiko Veneno, que sabe untar esa tostada con tanto equilibrio, que si se le cayera al suelo, para darle un disgusto a Murphy, lo haría de canto.

Sabicas presente, ese santo de la guitarra que tenemos en Pamplona, al que vienen a rendir pleitesía los músicos y aquí nos quedamos con cara de pasmo la mayor parte de las veces, casi preguntando quién es. Lo he visto en unos cuantos recitales, y me produce bastante vergüenza ajena, ponerse a loar el artista de turno la maestría del genio de la Mañueta y quedarse desconcertado porque la respuesta es nula, como si hablara de un marciano. Tenemos un guitarrista revolucionario reconocido mundialmente pero aquí no quiere conocerlo nadie.

Para mí fue un espectáculo perfecto, en este teatro coqueto, que es un poco como si nos cerraran el Louvre y nos dejaran a solas con la Gioconda sin codazos ni apreturas, o en el Prado frente a lo ojos del caballero de la mano en el pecho del Greco, o delante de la mirada dramática de los fusilados de Goya sin que nadie te metiera prisa. Un lujo.

La banda portentosa agitó el mar para que surgiera una ola en la que se subió Kiko, mucho Veneno, surfeando contundente pero delicado, por la noche de la fría Pamplona, delante de un público tan formal -Kiko se choteaba con gracia de tanto contención preguntando constantemente si estaban bien, que era como decir si seguían vivos- que parecían venidos de la comida dominical con la suegra… siendo ellos la suegra.

Solo se soltó (un poco) con Joselito, el de la voz de oro, como siempre pasa en esta ciudad de los mil demonios que me desespera, cuando ya no queda nada, cuando ya ha pasado todo, cuando ya casi ni merece la pena.

Y no, no es por ser del norte, que hace un par de años en el Jazzaldia de San Sebastián, a la misma hora, bastaron tres compases de Iggy Pop para que el Kursaal, con un público de edad similar en un horario idéntico, se pusiera patas arriba. La mayoría parecíamos Renton corriendo por los pasillos del palacio de congresos como si estuviéramos por Edimburgo al inicio de la peli Trainspotting. Lust for life.

Con lo borona y exaltada que se muestra esta ciudad en los comentarios por las redes sociales, desde más o menos el anonimato, tras la seguridad de la pantalla, cuando siente que le miran a los ojitos, sería capaz de morir asfixiada por el corsé antes de aflojárselo un poco, algo, para disfrutar y vivir. En fin... Irroña, lo de siempre. Y eso es todo.


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Kiko Veneno, un diez. Pamplona, un muermo