Y prohibir. Prohibir es todavía mejor. ¿Por qué? Porque puedo. Porque demuestro que aquí quien manda soy yo. Tú no tienes capacidad de decisión sobre ningún asunto. Soy yo quien lo controla todo: tu vida, la de tus hijos. Tú no pintas nada.
Es bonito obligar. Esto es así y punto. Te ahorras explicaciones, conversaciones y negociaciones, que a partir de cierta edad son un coñazo. Que pongas la baliza en el techo y a callar. Que me importa un carajo lo que me digas, que fuera los triángulos, que no quiero oírte, que me da igual que pienses que es un sistema de señalización mejor porque se ve a más distancia. A partir de ahora esto se hace así, entre otras cosas porque nos hemos llevado un 21 % de IVA de todas las que hemos vendido.
Y prohibir. Prohibir es todavía mejor. ¿Por qué? Porque puedo. Porque demuestro que aquí quien manda soy yo. Tú no tienes capacidad de decisión sobre ningún asunto. Soy yo quien lo controla todo: tu vida, la de tus hijos. Tú no pintas nada. Mira nuestra pantalla. Infórmate solo por canales oficiales. La verdad soy yo, aunque hoy diga lo contrario que ayer y mañana lo contrario que hoy. Lo demás es un bulo. La verdad es ahora. Escucha. Obedece. Aléjate del fango. Vota PSOE.
Como en este régimen el parlamento ya no existe —ha sido arrinconado a algo anecdótico, poco más que un estorbo—, el sanchismo tiene que entretenerse con algo, y el nuevo objetivo son las redes sociales. Andan tanteando cómo hacerlas suyas de una vez por todas, porque por ahí el corsé ideológico no aprieta lo suficiente y se escapa un hilillo de libertad. Es el único espacio ciudadano donde aún se encuentra discrepancia. El PSOE no lo puede tolerar. Hay que aplacar. Prohibir. Controlar. Eliminar. Todo tiene que estar bajo su dominio. No pienses. Y mucho menos lo expreses.
En la calle, las únicas manifestaciones son las gubernamentales. Todo es una ficción. “Contra el fascismo”, gritaban el otro día unos chalados por las calles de Pamplona, que es como gritar contra el sistema métrico decimal, contra la corriente del Golfo o contra las fases lunares. “Vito Quiles, fascista”, gritaba la masa cuando me los crucé. Por lo poco que sé, es un pavo con un micro que hace preguntas. Un pavo. Preguntas. Pues contéstale. Si tan fascista es, te será fácil responderle y que todos vean que la verdad está de tu lado. Pero no: preguntar al poder les parece fascismo, y sacan a sus pringados a gritarlo por las calles. No te salgas del carril. Solo te está permitido abrir la boca para repetir la consigna.
¿No se han fijado? Las fábricas se cierran en completo silencio. La gente, con tal de que no le llamen fascista, se va al paro sin rechistar. Los pocos que se han atrevido a levantar la voz —los agricultores—, Txibite los quiso incluso meter en la trena. También por fascistas. O nuestro poder o fascismo. Sigue votando PSOE.
Las redes sociales son solo un medio, como los libros. Prohibamos los libros porque hay libros malos. Que dejen de tener acceso al objeto, no al contenido malo. ¿Cómo metemos la cuña contra ese espacio donde la sociedad se expresa? Diciendo que es para proteger a los menores. ¿De qué? Del fascismo, que, si lo analizas un poco, ya es simplemente lo que al gobierno no le gusta: lo que se le opone, lo que pone en peligro sus planes de hacer y deshacer a su antojo, sin freno, para seguir ganando pasta. El fascismo ya es solo el descontento contra este régimen socialista donde no hay casa, ni coche, ni vacaciones, ni curro, ni vida. El sanchismo solo les ofrece a los jóvenes una cosa: oponerse al fascismo.
Salvar focas en el Ártico consumiendo botellas con los tapones fijados y gritar “soy antifascista”: ese es el parapeto de un régimen corrupto para que sus élites sigan enriqueciéndose. Hasta hace dos días, para la izquierda el entorno de los 16 años era el colmo de la madurez: querían dejarles votar, necesitaban dejarles votar, porque creían que todos esos votos caerían de su lado. Ahora ya no. Como se les han hecho fascistas —es decir, como les están pidiendo explicaciones de por qué les han montado una vida de mierda, sin futuro ni expectativas—, ahora los jóvenes son niños a los que hay que proteger. Un día antes de cumplir 16 quieren prohibirte abrir un Instagram para colgar fotos de paisajes, para expresarte; un día después, en cambio, ya eres lo bastante maduro para abortar sin avisar a nadie.
El poder ha perdido toda coherencia en su relato. Intenta imponer a la sociedad una línea temporal delirante solo para protegerse, solo para poder seguir llevándose maletas a Santo Domingo en vuelos oficiales. Por eso pisan el acelerador: para que su poder lo controle todo. Para que Zapatero deje de sentirse nervioso, como ahora, acojonado ante la posibilidad de que la poca estructura democrática que queda —parte de la policía, parte de la justicia— acabe echándole el guante a sus presuntos negocios sucios. Ellos siempre presuntos; tú siempre fascista. Si cae Zapatero, el tinglado se viene abajo. Y ese tinglado lo van a defender con uñas y dientes, porque es su medio de vida. De vidorra. Y eso es todo.